El individuo que olvido ser humano
El Salvador es, en este sentido, un caso que merece una reflexión particular. Somos un país pequeño, densamente poblado, con uno de los niveles de desigualdad más persistentes de la región, y con una historia de violencia que ha dejado heridas profundas en el tejido social.
El individuo que olvidó ser humano
Notas sobre individualismo, neoliberalismo y la urgencia del otro
"El ser humano solamente se realiza en la medida en que,
al realizarse, contribuye a la realización de los demás."
— Ignacio Martín-Baró
La paradoja del ser social que se cree solo
Hay una escena que se repite con frecuencia en la vida cotidiana de cualquier ciudad latinoamericana: entramos a una tienda, a un mercado, a un autobús, y actuamos como si los demás simplemente no existieran. Evitamos la mirada, guardamos distancia emocional, calculamos nuestros propios beneficios antes de hablar. Somos, en esos momentos, perfectos individuos neoliberales: autónomos, racionales, desvinculados.
Y sin embargo, esa misma tarde, llamamos a un familiar para pedir prestado, pedimos un favor a un vecino, enviamos dinero a quien lo necesita sin pensarlo demasiado. Somos contradictorios porque somos humanos, y ser humano es, antes que cualquier otra cosa, ser con otros.
Esta reflexión parte de esa contradicción. No como dato anecdótico, sino como síntoma de algo más profundo: el efecto que tres décadas de hegemonía neoliberal han tenido sobre nuestra manera de concebir la vida en común, sobre lo que creemos que somos y sobre lo que olvidamos que necesitamos.
Treinta años de una mentira bien construida
El neoliberalismo, como proyecto político y cultural, no fue solo una política económica. Fue —y en muchos sentidos sigue siendo— una pedagogía del yo. Margaret Thatcher lo dijo con una claridad que todavía incomoda: "No existe tal cosa como la sociedad. Existen hombres y mujeres individuales, y existen familias." Esta frase no describía una realidad: la construía.
Durante los años noventa y los dos mil, América Latina fue uno de los laboratorios más activos de ese experimento. Los programas de ajuste estructural desmantelaron redes de protección social, privatizaron servicios esenciales, y reconfiguraron el Estado desde una lógica de subsidiariedad mínima. El resultado no fue solo económico. Fue subjetivo. Aprendimos, de manera gradual pero sistemática, a pensar en términos de mérito individual: el que prospera lo hace por su esfuerzo, el que fracasa lo hace por su ineptitud. La desigualdad se naturalizó porque se individualizó.
El sociólogo polaco Zygmunt Bauman documentó este proceso bajo la figura de la "modernidad líquida": una condición en la que los vínculos se vuelven frágiles, los compromisos provisionales y la solidaridad sospechosa de ingenuidad. En ese mundo, la vulnerabilidad se vuelve privada y la responsabilidad colectiva se disuelve en consumo. Compra lo que necesitas, cuídate a ti mismo, invierte en tu futuro. El otro desaparece como categoría moral relevante.
Lo que la ciencia sabe desde siempre: somos seres sociales
Y sin embargo, la biología, la antropología y la sociología llevan siglos diciéndonos lo mismo: el ser humano es, constitutivamente, un ser social. Aristóteles lo formuló con una precisión que no ha envejecido: el ser humano es un zoon politikon, un animal político hecho para la vida en comunidad. No como circunstancia accidental, sino como condición de posibilidad de su humanidad misma.
Émile Durkheim, uno de los fundadores de la sociología moderna, demostró que incluso el acto más íntimo y privado que parece existir —el suicidio— está profundamente determinado por condiciones sociales. El nivel de integración de una persona en su comunidad es el factor predictivo más robusto de su vulnerabilidad. No somos individuos que luego decidimos relacionarnos: somos relaciones que, con el tiempo, desarrollamos la ilusión de ser individuos.
Esta ilusión es políticamente útil. Ignacio Martín-Baró, psicólogo social jesuita asesinado en El Salvador en 1989, lo advirtió con lucidez en sus trabajos sobre la psicología de la liberación: la ideología individualista no es solo una descripción errónea de la realidad humana, es una herramienta de dominación. Si convencemos a las personas de que sus problemas son individuales, les quitamos la capacidad de entenderlos como problemas estructurales y de organizarse para resolverlos colectivamente. El fatalismo y la apatía no son debilidades de carácter: son consecuencias de décadas de opresión interiorizada.
El Salvador: la red que nos sostiene sin que lo sepamos
El Salvador es, en este sentido, un caso que merece una reflexión particular. Somos un país pequeño, densamente poblado, con uno de los niveles de desigualdad más persistentes de la región, y con una historia de violencia que ha dejado heridas profundas en el tejido social. Y sin embargo, sobrevivimos.
No solo económicamente —aunque las remesas familiares, que representan más del 25% del Producto Interno Bruto, son ya por sí solas una forma de solidaridad transnacional masiva— sino en términos de vida cotidiana y de dignidad. ¿Cómo? Fundamentalmente a través de redes de apoyo que operan por debajo del radar de las políticas públicas y de los indicadores macroeconómicos: la vecina que cuida a los hijos mientras la madre trabaja, el familiar que presta sin cobrar intereses, la comunidad que organiza la quiniela para que alguien pueda cubrir una deuda médica, el amigo que da posada sin preguntar por cuánto tiempo.
Estas formas de reciprocidad no son residuos premodernos ni simpáticas costumbres locales: son arquitecturas de supervivencia que sostienen a millones de personas en condiciones que ni el mercado ni el Estado logran resolver. La ironía es que este mismo país que sobrevive por sus redes —que existe como sociedad porque sus miembros se sostienen mutuamente— ha interiorizado también el discurso del individuo exitoso, del emprendedor que "salió adelante solo", del que "no le pide nada a nadie". Entramos a la tienda y miramos al suelo. El neoliberalismo ha sido tan eficaz en su pedagogía que hemos aprendido a no ver lo que ya hacemos, a no reconocer la solidaridad que practicamos como la condición misma de nuestra existencia.
La comunidad de fe: entre la paz y el compromiso
Hay otro espacio donde esta tensión se vuelve especialmente visible: los espacios de fe. En El Salvador, como en gran parte de América Latina, la vida religiosa sigue siendo un eje central de organización social y de sentido. La iglesia —sea evangélica o católica— es uno de los pocos espacios que todavía convoca regularmente a comunidades de personas dispuestas a compartir algo más que el mercado.
Y hay algo genuino en eso. La experiencia de lo sagrado —la certeza de que existe algo más grande que el yo, que hay una dimensión de trascendencia que nos convoca a dar lo mejor de nosotros— puede ser un fundamento poderoso para la solidaridad. Creer en Dios, cuando esa creencia es vivida con honestidad, implica creer en la dignidad de cada persona, especialmente de las más vulnerables. La paz que muchos encuentran en la oración es real, y no debe ser subestimada.
Pero es necesario sostener también una reflexión honesta: la fe no puede sustituir a la solidaridad concreta. El consuelo espiritual es real y necesario, pero no reemplaza al médico, al alimento, al techo, al apoyo psicológico. Los teólogos de la liberación —entre ellos el propio Ignacio Ellacuría, también asesinado en El Salvador en 1989— propusieron una visión diferente: la fe auténtica produce compromiso histórico. El amor al prójimo no es una metáfora ni un sentimiento: se ejerce en la lucha cotidiana por condiciones de vida dignas para quienes no las tienen. Creer en Dios y ser indiferente al sufrimiento ajeno es, desde esta perspectiva, una contradicción que merece ser examinada con valentía.
La empatía como acto político: el regreso al otro
¿Qué significa, entonces, recuperar la dimensión social del ser humano en un contexto como el nuestro? No se trata de un llamado romántico a volver a algún pasado comunitario idealizado. Se trata de algo más concreto y más urgente: reconocer que la empatía —la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de sentir su sufrimiento como propio— no es una virtud individual opcional. Es una necesidad estructural.
Las sociedades que cuidan a sus miembros más vulnerables no lo hacen solo por generosidad: lo hacen porque han comprendido que la precariedad de uno es la precariedad de todos. Robert Putnam, investigador de la Universidad de Harvard, documentó durante décadas cómo el capital social —la densidad de redes de confianza y reciprocidad en una comunidad— predice mejor el bienestar colectivo que la riqueza promedio. No somos más prósperos cuando somos más individualistas: somos más frágiles.
Superar treinta años de neoliberalismo no es un problema de política económica únicamente. Es un problema de imaginación moral. Necesitamos volver a imaginar que el otro —el vecino, el colega, el extraño en el autobús, la persona que pide ayuda— es parte de nosotros. No porque seamos perfectos ni porque la solidaridad sea fácil, sino porque sin ella, simplemente no sobrevivimos. El Salvador lo sabe, aunque no siempre lo diga en voz alta.
La pregunta que cada uno de nosotros puede hacerse hoy es sencilla pero exigente: ¿qué haría diferente si recordara, mientras entro a la tienda, que la persona al lado también lleva el peso de existir?
★
Nota del autor
Este texto forma parte de una serie de reflexiones personales sobre sociedad, política y vida cotidiana en El Salvador y América Latina. No pretende ser un artículo académico en sentido estricto, aunque sus argumentos están anclados en tradiciones disciplinares reconocidas: la sociología de Durkheim, la psicología de la liberación de Martín-Baró, la teoría crítica de Bauman y los aportes de la teología de la liberación latinoamericana. Su propósito es provocar una conversación, no cerrarla.
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