El Mundial de la excepción
El 19 de julio de 2026, en el estadio MetLife de Nueva Jersey, Donald Trump entregará la Copa del Mundo al capitán del equipo campeón. A pocos kilómetros, agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) custodiarán perímetros, accesos y zonas de afluencia.
El Mundial de la excepción
Fútbol, despojo y contrahegemonía ante 2026
Ensayo sociológico
José Raúl Dubón Huezo
Sociólogo · Consultor en investigación social aplicada
San Salvador, junio de 2026
“La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.”
Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra[1]
I. Una imagen, una paradoja
El 19 de julio de 2026, en el estadio MetLife de Nueva Jersey, Donald Trump entregará la Copa del Mundo al capitán del equipo campeón. A pocos kilómetros, agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) custodiarán perímetros, accesos y zonas de afluencia. En las inmediaciones de las once sedes estadounidenses, comunidades migrantes habrán pasado más de un año bajo amenaza de detención, deportación y separación familiar. La fiesta y el cerco serán el mismo gesto.
Esa imagen, que algunos llamarán contradictoria, condensa con precisión la naturaleza de lo que viene. El Mundial 2026 —el primero compartido por tres países, el primero con cuarenta y ocho selecciones, el más caro y mediatizado de la historia— no será solo un torneo de fútbol. Será un dispositivo. Un dispositivo de legitimación política, de extracción económica y de gestión simbólica de la desigualdad, montado sobre el deporte más popular del planeta. Será, también, un Mundial: con goles, lágrimas, héroes inesperados y noches imposibles de olvidar. Las dos cosas a la vez. Y ese es, exactamente, el problema.
Este ensayo intenta sostener esa tensión sin disolverla. No me interesa la denuncia que niega el placer del juego ni la celebración que niega el despojo. Me interesa pensar el Mundial 2026 como un objeto sociológico complejo, donde se cruzan seis procesos que merecen ser nombrados: el sportwashing y la captura político-institucional del megaevento; la economía política de la excepción; la invasión de las casas de apuestas; la corrupción estructural de la FIFA; la racionalización táctica del juego; y, frente a todo eso, la persistencia del fútbol comunitario como horizonte contrahegemónico. Ningún eje es independiente. Todos se sostienen en una misma matriz: la conversión de un bien cultural popular en una mercancía global vigilada.
Escribo desde El Salvador, desde un país que debutará en este Mundial sin haber clasificado a su selección, sino como espectador-cliente de un espectáculo organizado en el norte. Escribo también desde el barrio, desde las canchas polvosas donde se sigue jugando como si la FIFA no existiera. Esa doble pertenencia —ver desde la periferia, jugar desde la periferia— es el lugar desde el que esta crítica tiene sentido.
II. El sportwashing como categoría incómoda
El concepto de sportwashing ha hecho carrera en la última década. Jules Boykoff, politólogo de Pacific University, lo ha definido como un fenómeno mediante el cual líderes políticos usan el deporte para parecer importantes o legítimos en el escenario mundial mientras atizan el nacionalismo y desvían la atención de problemas sociales crónicos y abusos de derechos humanos en casa[2]. La definición es útil. También es asimétrica.
Críticos como Michael Skey y Simon Chadwick han advertido que el término suele aplicarse casi exclusivamente a Estados no occidentales: Catar, Arabia Saudí, Rusia, Azerbaiyán, China[3]. Londres 2012, los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, la final de la EURO en Wembley, el propio Mundial 2026: rara vez aparecen en la conversación. La pregunta es honesta y decolonial: ¿por qué la categoría nombra a Doha pero no a Washington? El propio Boykoff, en su libro más reciente, Red Card (2026), ha intentado romper esa asimetría aplicando el concepto a la administración Trump[4]. Hace bien. Pero el problema teórico permanece: si sportwashing solo sirve para nombrar a otros, es una herramienta de geopolítica, no de sociología.
Asumamos el riesgo y miremos al sur desde el sur, pero también al norte desde el sur. El 7 de marzo de 2025, Trump firmó la Orden Ejecutiva 14234 estableciendo la White House Task Force on the FIFA World Cup 2026. Él la preside. JD Vance es vicepresidente. El director ejecutivo es Andrew Giuliani[5]. En la ceremonia de la firma, Gianni Infantino, presidente de FIFA, prometió cuarenta mil millones de dólares de impacto económico y doscientos mil empleos. Describió el torneo como “tres Super Bowls cada día durante un mes”. Trump comentó que la tensión comercial entre los tres países hacía la competencia “mucho más emocionante”. Hay algo brutalmente franco en esa frase: el Mundial como negocio donde la frontera militarizada es parte del producto.
En mayo de 2026, FEMA otorgó 625 millones de dólares en seguridad a las once sedes estadounidenses, más 250 millones para sistemas antidrones, en el marco del FIFA World Cup Grant Program, creado bajo la One Big Beautiful Bill Act. El secretario del Departamento de Seguridad Nacional, Markwayne Mullin, confirmó el 12 de mayo que agentes de ICE estarían en los estadios. ICE “siempre dice control migratorio”, declaró, “siempre vamos a hacer eso”. Once días después, ACLU, Amnistía Internacional y más de ciento veinte organizaciones civiles emitieron un travel advisory advirtiendo del riesgo de “denegación arbitraria de entrada”, “arresto, detención y/o deportación”, “trato cruel, inhumano o degradante —e incluso la muerte— bajo custodia de ICE”[6].
Las cifras son frías y necesarias. Según Human Rights Watch, entre el 20 de enero de 2025 y el 10 de marzo de 2026, ICE arrestó al menos a 167.000 personas en y alrededor de las once ciudades estadounidenses sede del Mundial. En un informe previo, del 65,1% de los detenidos no tenía condenas penales[7]. El caso documentado de “Manuel”, solicitante de asilo que llevó a sus hijos de diez y catorce años a la final del Mundial de Clubes en MetLife, usó un dron recreativo para una foto familiar, fue entregado a ICE por la policía local, recluido tres meses en Delaney Hall y deportado, es la concreción del dispositivo. El Mundial como infraestructura de control. Jamil Dakwar, director del programa de derechos humanos de ACLU, lo formuló con sequedad: “FIFA ha estado rindiendo culto de boquilla a los derechos humanos mientras se acurruca con la administración Trump”.
Y luego llegó el premio. El 5 de diciembre de 2025, durante el sorteo del Mundial en Washington, Infantino entregó a Trump el primer “FIFA Peace Prize”. “Esto es lo que queremos de un líder”, dijo. “Definitivamente merece el primer Premio de la Paz de FIFA”. El gesto llegó pocos días después de que Trump calificara a inmigrantes somalíes de “basura”. Tres días más tarde, la ONG FairSquare presentó una queja formal ante el Comité de Ética de FIFA por violación del artículo 15 del Código de Ética, que exige neutralidad política[8]. Nicholas McGeehan, de FairSquare, fue directo: “La absurda estructura de gobernanza de FIFA ha permitido a Gianni Infantino violar abiertamente las reglas de la organización”.
Si la palabra sportwashing sirve para algo, sirve para nombrar esto. Y si no sirve para nombrar esto, no sirve para nada.
III. El megaevento como zona de excepción
Hay un patrón. En cada Mundial reciente —Sudáfrica 2010, Brasil 2014, Rusia 2018, Catar 2022, México-EE.UU.-Canadá 2026— los gobiernos anfitriones aprueban, por exigencia contractual de FIFA, leyes especiales que suspenden temporalmente partes del derecho nacional. Exenciones fiscales totales, garantías a patrocinadores, restricciones a la libertad de expresión comercial en las cercanías de los estadios, regímenes laborales excepcionales, prohibiciones del comercio informal en las llamadas zonas FIFA. Boykoff llamó “capitalismo de celebración” a este régimen: “alianzas público-privadas dudosas, un estado de excepción, comercialismo desenfrenado, supresión de la disidencia”[9].
Christopher Gaffney, geógrafo de la Universidad de Zúrich, ha hablado de un “modelo de negocio extractivo de FIFA” y de un “régimen de acumulación de megaeventos” que, en Brasil, produjo lo que David Harvey llamó “acumulación por desposesión”[10]. El término extractivismo, tan presente en el análisis latinoamericano sobre minería e hidrocarburos, puede aplicarse aquí con justeza: el megaevento extrae valor —fiscal, urbano, simbólico, afectivo— de los territorios anfitriones y lo concentra en una élite global de patrocinadores, derechos televisivos y burocracias deportivas.
Los números son elocuentes. FIFA proyecta ingresos récord de trece mil millones de dólares para el ciclo 2022-2026, nueve mil de ellos solo en 2026, con 4.300 millones por derechos de televisión —un veintiséis por ciento más que Catar— y mil millones en premios para las cuarenta y ocho selecciones. El informe de Bank of America Global Research, citando un estudio conjunto con FIFA y la Organización Mundial del Comercio, proyecta “hasta 40.900 millones añadidos al PIB global y más de 824.000 empleos”. Cifras espectaculares. También cuestionadas. Victor Matheson, economista del Holy Cross College, las calificó como “altamente exageradas”, “más un comunicado de prensa promocional que un análisis económico serio”[11]. Andrew Zimbalist, del Smith College, ha sido aún más rotundo: “ninguna sede se beneficiará económicamente; no obtienen los ingresos, pero sí los costos”. Un estudio de la Universidad de Toronto encontró que doce de los últimos catorce Mundiales generaron pérdidas netas para las ciudades anfitrionas.
Toronto presupuestó 380 millones de dólares canadienses. Vancouver, entre 578 y 624 millones. Los costos combinados canadienses superarían los mil millones. Chicago se retiró del proceso por temor a endeudarse. México habría comprometido más de once mil millones de dólares en infraestructura, frente a un beneficio proyectado por SECTUR de apenas tres mil millones. El Instituto de Tributación y Política Económica calculó que las exenciones fiscales requeridas por FIFA harían que Georgia pierda hasta veinticinco millones de dólares, Florida unos 7.4, Misuri 1.9 millones por partido[12]. Diez de los once estadios estadounidenses fueron temporalmente renombrados —el AT&T Stadium se convirtió en “Dallas Stadium”, el MetLife en “New York New Jersey Stadium”— para cumplir la política de “clean venue”, que exige neutralidad de marca en favor de los patrocinadores oficiales. Un detalle pequeño y revelador: el contrato privado de una entidad suiza obliga a renombrar la infraestructura pública de los Estados Unidos.
Brasil 2014 ya había mostrado el modelo en su versión más cruda. El exfutbolista y diputado Romário lo llamó “el mayor robo de la historia”, con un costo estimado en 46 mil millones de dólares. Cerca de 170.000 personas fueron desalojadas a nivel nacional, según comités populares. Al menos ocho trabajadores murieron en la construcción de estadios. El Maracaná recibió un face-lift de 500 millones mientras se demolían favelas a pocas cuadras. Las protestas de 2013, masivas, contra el gasto público en estadios frente a la precariedad de hospitales y escuelas, no fueron espontáneas: nombraban exactamente esta lógica[13].
La operación es siempre la misma: socializar costos, privatizar ganancias, suspender el derecho ordinario para acomodar a una entidad privada que, según su propio estatuto, debería organizar fútbol. La promesa de empleos y crecimiento opera como justificación ritual. La evidencia económica, una y otra vez, la desmiente.
IV. El fútbol como infraestructura de apuestas
Hay una transformación reciente que merece ser nombrada con cuidado, porque opera en la zona de penumbra entre lo legal y lo nocivo: la invasión silenciosa de las casas de apuestas. El 14 de mayo de 2018, la Corte Suprema de los Estados Unidos, en Murphy v. NCAA, anuló la Professional and Amateur Sports Protection Act de 1992 por violar la Décima Enmienda. La decisión abrió un mercado que, en seis años, pasó de unos cuatrocientos millones de dólares a más de once mil millones en ingresos brutos. En 2024, los estadounidenses apostaron 149.600 millones de dólares —un 23,5% más que el año anterior— con ingresos brutos de los sportsbooks de 13.700 millones. Para 2026, la apuesta deportiva es legal en treinta y nueve estados y el Distrito de Columbia. Dos empresas, FanDuel y DraftKings, controlan el 67% del mercado en línea[14].
La integración con el fútbol europeo lleva años de adelanto. En la Premier League 2024-25, once equipos exhiben logos de casas de apuestas; las marcas gastaron unos 135 millones de dólares solo en patrocinios de camiseta. En la Bundesliga, quince de dieciocho clubes tienen acuerdos comerciales con apuestas. Una excepción significativa: el St. Pauli de Hamburgo se convirtió, en 2023, en el primer club profesional alemán en rechazar todo patrocinio de apuestas, renunciando a varios cientos de miles de euros anuales por considerar inaceptable “el riesgo de adicción” y “la amenaza a la integridad de la competición”[15]. Un gesto solitario, pero que demuestra que el patrocinio universal no es inevitable.
Para el Mundial 2026, FIFA aplicará una política de “clean venue” que prohíbe la publicidad visible de apuestas en los estadios. Y, al mismo tiempo, ha nombrado a Kraken como “Official Crypto Exchange Supporter”, integrando mercados de predicción vía Chainlink y tokens Chiliz —dispositivos financieros sobre el juego que no existían en ningún Mundial anterior. La paradoja es nítida: FIFA prohíbe la marca visible mientras expande, sin freno, la infraestructura invisible de extracción de valor a través del juego.
Lo que está en juego —el doble sentido es exacto— no es solo dinero. Estudios revisados por pares en Public Health y en el Journal of Gambling Studies coinciden en que las apuestas deportivas se han “normalizado” como parte del fandom masculino joven. La facelessness de las aplicaciones móviles, las “apuestas gratis”, los “bonos de bienvenida” y la integración con plataformas de streaming han producido lo que un autor llamó “una nueva forma de extracción de plusvalía sobre el deseo y la ansiedad de las juventudes”[16]. En encuestas universitarias estadounidenses, más de la mitad de los estudiantes apuestan en deportes; entre varones jóvenes con amigos que apuestan, la participación supera el ochenta por ciento.
FIFA prohíbe a jugadores y oficiales toda apuesta —artículo 27 del Código de Ética, multa mínima de cien mil francos suizos, suspensión hasta tres años. Pero un veterano de los sistemas de integridad describió el acuerdo de FIFA con la firma IC360 para 2026 como “humo y espejos”[17]. La integridad del partido se vigila; la integridad del afecto del aficionado, no. El fútbol como espacio sagrado de la fiesta popular deviene, así, infraestructura para una de las formas más sofisticadas de extracción contemporánea: la apuesta como impuesto regresivo sobre el placer.
V. La corrupción no es accidente: es estructura
Conviene no caer en el reflejo moralista. La corrupción de FIFA no es un problema de manzanas podridas; es una arquitectura. Bajo João Havelange, presidente entre 1974 y 1998, FIFA construyó su modelo de “socios globales” —Coca-Cola, Adidas— que tantos beneficios reportó y tantas zonas de opacidad permitió. El colapso de la empresa suiza ISL en 2001, con deudas de unos trescientos millones de dólares, sacó a la luz un sistema sistemático de sobornos. En 2012 se confirmó que Havelange y su yerno Ricardo Teixeira habían tomado pagos millonarios.
El FIFAGate estalló el 27 de mayo de 2015. El Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó una acusación de 47 cargos en Brooklyn, imputando a catorce personas: nueve oficiales de FIFA, cuatro ejecutivos de marketing y un intermediario. Siete oficiales fueron arrestados al amanecer en el hotel Baur au Lac de Zúrich. La fiscal general Loretta Lynch describió “muy por encima de 150 millones de dólares en sobornos y comisiones” durante veinticuatro años. Richard Weber, jefe de investigación criminal del IRS, lo resumió con metáfora futbolística: “Esta realmente es la Copa del Mundo del fraude, y hoy le estamos sacando a FIFA una tarjeta roja”[18]. En diciembre de 2015 se sumaron dieciséis acusados más. Sepp Blatter y Michel Platini fueron suspendidos por ocho años. El llamado informe García —350 páginas sobre la asignación de Rusia 2018 y Catar 2022— fue suprimido por la propia FIFA, que publicó solo un resumen de 42 páginas. Michael Garcia renunció denunciando “representaciones materialmente incompletas y erróneas”.
Y, sin embargo, una década después, la pregunta inevitable es: ¿cambió algo? Miguel Maduro, exjefe del comité de gobernanza de FIFA, describió a Gianni Infantino como “un monarca supremo que hace tratos con pocas personas, y esos tratos se imponen a toda la pirámide del fútbol”. Análisis recientes han calificado al FIFAGate como “una oportunidad perdida” para la reforma estructural: el Departamento de Justicia trató a la FIFA como víctima, no como perpetradora, y no acusó a la organización en sí. La administración Trump, en su segundo mandato, pausó además la aplicación de la Foreign Corrupt Practices Act, la principal herramienta anticorrupción transnacional[19].
El “FIFA Peace Prize” a Trump, en diciembre de 2025, es el síntoma más reciente y más elocuente. La captura institucional ya no se oculta. Se exhibe. El presidente del organismo rector del fútbol mundial entrega un premio inventado al presidente del país anfitrión, en una ceremonia oficial, semanas antes del Mundial. Lo que en 2015 hubiera sido escándalo, en 2026 es protocolo.
VI. El desencanto del juego: estética y eficiencia
Hay una crítica que rara vez se cruza con las anteriores, y que merece su lugar: la crítica al fútbol mismo, al juego como se juega hoy. Pierre Bourdieu, en su breve y luminoso ensayo “¿Cómo se puede ser deportista?”, describió la transición “del deporte como práctica de una élite… al deporte como espectáculo producido por profesionales y destinado al consumo de masas”, sometido a “las leyes de la rentabilidad” y a un “verdadero management científico capaz de organizar de manera racional el entrenamiento y la conservación del capital físico”[20]. Lo que Bourdieu describe es, en términos weberianos, el desencantamiento del fútbol. La Entzauberung aplicada al gambeteador. La jaula de hierro de la eficiencia táctica.
Galeano lo dijo antes y mejor: “El viaje desde la osadía hacia el miedo, historia del fútbol en el siglo veinte, es un tránsito desde el 2-3-5 hacia el 5-4-1”. Y: “El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue”. La frase es de 1995. Treinta años después, no ha envejecido un día.
El debate clásico entre César Luis Menotti y Carlos Bilardo, en Argentina, sigue siendo la matriz interpretativa más útil. Menotti, campeón en 1978, defendía que “no se trata solo de vencer, hay que convencer”, y que “el engaño y el antifútbol son atajos que despojan al juego de su verdadera esencia y de su vínculo con la gente”. Bilardo, campeón en 1986, contestaba: “hay que ganar, ganar y ganar… cómo se haga, no me importa”[21]. Hoy se habla de “scalonismo” como síntesis. Pero el conflicto de fondo no se ha cerrado: ¿el fútbol es un juego que produce belleza y, por eso, gana; o es una máquina de optimización de resultados donde la belleza es residuo permitido?
En los últimos años, esa pregunta ha tomado una forma nueva, decolonialmente fértil: el debate entre “posicionismo” y “relacionismo”. El juego posicional, asociado a Pep Guardiola y, en su genealogía, a Johan Cruyff y al andaluz Juanma Lillo, divide el campo en zonas: los jugadores esperan en su lugar, el balón llega. El relacionismo, asociado al brasileño Fernando Diniz, prioriza las relaciones humanas en el balón: el “toco y me voy”, la “tabela”, el grupo que se desplaza junto, en racimo, sin geometría predefinida. Diniz lo dijo así: “Su forma de tener el balón —la de Guardiola— es casi la contraria a la mía… Es un juego más posicional. Mi forma de ver el fútbol es casi aposicional. Creo que tiene que ver con la cultura de cada uno”[22].
Jamie Hamilton, que acuñó el término “relacionismo” en 2022, fue más lejos: el posicionismo es “máquina”, “la priorización de la estandarización, la automatización y la repetición, un aplanamiento de la creatividad humana a través de procesos mecanizados”. La descripción es weberiana hasta la médula. Y la propuesta relacionista puede leerse, sin forzarla, como descolonización táctica: el potrero sudamericano, la gambeta, la improvisación como saber subalterno frente a la geometría europea racionalizada. No casualidad: el relacionismo brota del fútbol brasileño, donde Diniz dirige al Fluminense, y la Argentina de Scaloni —campeona en Catar— combina el potrero y la pizarra. Lo que está en disputa no es solo cómo se juega: es quién decide qué es fútbol legítimo.
Franz Hinkelammert, economista y teólogo costarricense, criticó toda su vida la racionalidad medio-fin —esa que convierte el fin en absoluto y devora al sujeto vivo en el camino[23]. El esquematismo táctico contemporáneo —el bloque bajo, la presión alta, los automatismos coreografiados— es una manifestación deportiva de esa razón instrumental. No hay aquí un rechazo nostálgico del rigor: la táctica importa, la preparación importa, el rigor importa. Lo que importa subrayar es otra cosa: cuando el entrenador desplaza al jugador como protagonista, cuando el plan elimina al sujeto que improvisa, cuando ganar deja de necesitar convencer, el fútbol se vuelve sinónimo de su contrario. Lo que perdemos no es solo el placer del aficionado. Es la dimensión humana del juego.
VII. El barrio siempre estuvo ahí
Y, sin embargo, el fútbol sigue ahí. No el de FIFA: el otro. El de las canchas polvosas. El de las ligas amateur. El de los torneos del barrio que se organizan sin permiso de nadie. El que se juega los domingos, sin transmisión, sin patrocinador, sin árbitro certificado, sin clean venue, sin VAR, sin highlights. El que existía antes de la FIFA y existirá después de ella.
Sergio Villena Fiengo, sociólogo costarricense que ha estudiado el fútbol centroamericano como pocos, ha mostrado cómo el fútbol en América Latina se ha convertido en “un poderoso instrumento funcional para estimular la integración simbólica de las comunidades imaginadas nacionales”[24]. Su concepto de “GOLonialidad del poder” —un guiño al “colonialidad del poder” de Aníbal Quijano— articula fútbol, nación y pueblos indígenas desde una mirada explícitamente decolonial. El fútbol es, simultáneamente, dispositivo de hegemonía cultural y trinchera de identidades subalternas. Las dos cosas. A la vez. Sin contradicción.
Pablo Alabarces, en Fútbol y patria (2002), formuló la paradoja con elegancia: el fútbol “se globaliza —como ninguna práctica cultural— y al mismo tiempo radicaliza su tribalismo, o su localismo, o su nacionalismo”[25]. Esa doble velocidad es importante. El mismo objeto que es capturado por la FIFA es, por debajo, un repertorio inagotable de prácticas locales que no piden permiso. La derrota del proyecto FIFA no implica la victoria del fútbol comunitario: el fútbol comunitario ya está aquí. La pregunta es si lo dejamos asfixiar.
Hay ejemplos. La red “La Voz del Sur”, fundada en octubre de 2018, articula grupos de hinchas antifascistas en toda América Latina, incluyendo —según fuentes activistas— a un colectivo del CD Águila en El Salvador. Su declaración fundacional reivindica “un fútbol indio, antifascista, antipatriarcal y anticapitalista”. En Brasil, en 2020, 47 torcidas antifascistas se manifestaron contra el bolsonarismo. En Chile, los “Antifascistas de la Garra Blanca” del Colo-Colo buscan “volver a las raíces populares del fútbol” contra “el sistema de mercado que controla el fútbol moderno”. En Argentina, la memoria de la “Democracia Corinthiana” —el Corinthians de Sócrates en los años ochenta, con autogestión y voto igualitario entre dirigentes, jugadores y empleados— sigue siendo referencia[26]. El detalle simbólico es hermoso: el club Argentinos Juniors nació como “Mártires de Chicago”, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un 1° de mayo.
En El Salvador, Ayuda en Acción documenta una década de torneos comunitarios en Suchitoto, donde hasta novecientos niños y niñas, en sesenta y dos equipos, han jugado cada año con un equipo femenino y otro masculino por comunidad[27]. El fútbol salvadoreño vive, antes que en el Estadio Cuscatlán, en las canchas de tierra de cada barrio, en sus directivas improvisadas, en sus personajes legendarios, en sus rituales del domingo. Es uno de los pocos espacios donde el placer popular se sostiene sin mediación capitalista. Eso es político, aunque no se diga.
Pero conviene resistir la idealización. “Lo comunitario” puede ser capturado también. El Estado salvadoreño, bajo el actual régimen de excepción, ha institucionalizado torneos comunitarios bajo la fase de “Reconstrucción del Tejido Social” del Plan Control Territorial. El fútbol como dispositivo de control social blando, gestionado desde arriba, en territorios donde la militarización ya hizo su trabajo. Eso no es contrahegemonía: es continuidad del Estado de seguridad por otros medios. La diferencia importa. El Movimiento de Fútbol Callejero chileno, anclado en la pedagogía de Paulo Freire, lo formula con precisión: “Creemos que el fútbol debe estar enfocado en mejorar nuestras condiciones y las de la comunidad. Si el fútbol no aporta en ese sentido, no es un fútbol transformador”. Esa es la línea. El fútbol comunitario es contrahegemónico cuando es autónomo. Cuando es organizado por el Estado o el mercado, deja de serlo, por más fútbol que tenga.
Hay otra advertencia necesaria. El informe Interpeace-POLJUVE de 2009 documentó cómo, en El Salvador, los equipos callejeros de fútbol fueron históricamente estigmatizados como “mareros”, y cómo en las zonas marginales urbanas “el espacio público es inapropiado y no existen centros de recreo para el deporte”. El fútbol de barrio salvadoreño es, simultáneamente, espacio de resistencia y territorio criminalizado. No hay romántica posible aquí: hay un campo en disputa donde el barrio juega a pesar de —no gracias a— las políticas públicas. Y juega bien.
VIII. Tensiones que no se cierran
Termino sin cerrar. Lo hago a propósito. Las tensiones que este Mundial pone sobre la mesa no se resuelven con una conclusión bien escrita.
La primera tensión es la más obvia y la más difícil: ¿cómo amar el fútbol mientras se denuncia su captura? La trampa habitual es escoger un polo. O se es purista y se rechaza todo lo que toque FIFA, lo cual condena a la irrelevancia. O se es pragmático y se acepta el dispositivo con resignación, lo cual condena a la complicidad. Ninguna salida es buena. Galeano —que era el mendigo de buen fútbol más lúcido del siglo XX— sostuvo la tensión sin disolverla: “Yo no soy más que un mendigo de buen fútbol, y cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece”. El milagro existe. La industria que lo encarcela también.
La segunda tensión es geográfica y política: ¿cómo se descoloniza el fútbol sin renunciar a su escala global? La pregunta no tiene respuesta fácil. El Mundial es uno de los pocos espacios donde una selección centroamericana puede, por noventa minutos, jugar como iguales con Europa. Renunciar a ese espacio en nombre de la pureza sería renunciar a una conquista histórica. Pero participar sin crítica del dispositivo es legitimarlo. Quizás la respuesta no esté en “salir” o “entrar”, sino en habitar el espacio con conciencia. Ver el Mundial sin perdonarle nada.
La tercera tensión es estética: ¿la racionalización táctica es un problema, o es la madurez del juego? El esquematismo defensivo —el bloque bajo, el 5-4-1, los automatismos— no es un capricho de entrenadores aburridos. Es la respuesta racional a la asimetría de recursos entre equipos. Es justicia táctica para el más débil. El problema empieza cuando esa táctica defensiva se vuelve hegemónica también para los que pueden atacar. Cuando el entrenador desplaza al jugador como protagonista, cuando el plan elimina al sujeto que improvisa, cuando ganar deja de necesitar convencer. Esa frontera es móvil. Pero es real.
La cuarta tensión es la nuestra, la del sur: ¿qué hace un sociólogo salvadoreño escribiendo sobre un Mundial que no se juega aquí, en un país que no clasificó? Una posible respuesta: este Mundial nos atraviesa igual. Atraviesa a nuestros compatriotas migrantes que vivirán bajo amenaza de ICE en las once sedes. Atraviesa a nuestras juventudes a las que las apuestas alcanzarán por aplicación móvil sin necesidad de visa. Atraviesa nuestros barrios donde la gente va a apostar, va a mirar, va a soñar con un equipo que no es el suyo. El Mundial es global porque el despojo es global. Pero también porque el placer del juego es global. Las dos cosas. A la vez. Sin contradicción.
Hay un Mundial que va a pasar en estadios renombrados, con publicidad invisible de apuestas, con FEMA y con ICE, con Infantino y con Trump, con cuarenta y ocho selecciones y miles de millones en derechos televisivos. Ese Mundial conviene mirarlo con ojos abiertos.
Y hay otro Mundial que va a pasar al mismo tiempo. En las canchas polvosas. En los torneos del barrio. En los chicos y chicas que correrán detrás de una pelota gastada, en pantalones cortos, sin patrocinador, sin transmisión, sin nada. Ese Mundial siempre estuvo ahí. Lleva más de un siglo resistiendo. No lo van a apagar.
La pregunta no es si el fútbol es del barrio o de la FIFA. La pregunta —la única que importa— es qué hacemos para que siga siendo del barrio. Sin permiso. Sin licencia. Sin clean venue. Sin transmisión por streaming cifrado. Sin Premio de la Paz. Con la pelota. Solo eso. Con la pelota.
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