Thompson, Fairclough y van Dijk: hermenéutica profunda y análisis crítico del discurso Cap 10
Este capítulo cierra la tercera parte del libro, y lo hace con un movimiento deliberado que conviene declarar desde la primera línea. Los dos capítulos anteriores mostraron las dos grandes salidas a la aporía frankfurtiana del punto de vista. Foucault abandonó el concepto de ideología y ganó en amplitud descriptiva lo que perdió en filo normativo. Laclau, Mouffe y Žižek retuvieron el término reformulándolo desde el discurso y el psicoanálisis, y ganaron en potencia analítica lo que arriesgaron en anclaje material.
Parte III · Desplazamientos: del saber al discurso
Capítulo décimo
Thompson, Fairclough y van Dijk: hermenéutica profunda y análisis crítico del discurso
Este capítulo cierra la tercera parte del libro, y lo hace con un movimiento deliberado que conviene declarar desde la primera línea. Los dos capítulos anteriores mostraron las dos grandes salidas a la aporía frankfurtiana del punto de vista. Foucault abandonó el concepto de ideología y ganó en amplitud descriptiva lo que perdió en filo normativo. Laclau, Mouffe y Žižek retuvieron el término reformulándolo desde el discurso y el psicoanálisis, y ganaron en potencia analítica lo que arriesgaron en anclaje material. Los autores que este capítulo examina —John B. Thompson, Norman Fairclough y Teun van Dijk— eligieron un tercer camino, menos ambicioso filosóficamente y más productivo empíricamente: retener el concepto de ideología, reformularlo con las mejores herramientas de las tradiciones anteriores, y bajarlo del plano puramente teórico al terreno operativo del análisis concreto de textos, discursos y prácticas comunicativas. Ese camino se conoce, con distintos matices, como análisis crítico del discurso, y su versión más desarrollada tiene ya cuatro décadas de vida. Este libro toma de él su marco de trabajo. Nada de lo que sigue en la cuarta parte —el análisis del neoliberalismo como racionalidad, del populismo y la polarización afectiva, de la posverdad y las plataformas digitales— sería posible sin las herramientas que este capítulo presenta. Por eso su tono es distinto al de los anteriores: menos combativo, más constructivo, deliberadamente pedagógico. No hay aquí un adversario teórico al que refutar, sino un marco al que el libro se afilia, con las precauciones que se dirán al final.
De la teoría al método: el análisis crítico del discurso como tercera vía
La aparición del análisis crítico del discurso a mediados de los años ochenta y su consolidación en los noventa no fue una casualidad ni una moda académica. Respondía a una insatisfacción compartida por investigadores procedentes de disciplinas distintas —la sociología, la lingüística, la teoría de los medios, la psicología social— con las herramientas disponibles para pensar la ideología después del gran auge teórico de las décadas anteriores. Foucault había ofrecido un aparato conceptual poderoso pero difícil de traducir en investigación empírica sobre textos concretos; su vocabulario era filosófico y sus análisis, cuando descendían al detalle, se movían en escalas históricas amplias que no daban a los investigadores del presente inmediato las herramientas para analizar un discurso periodístico, un discurso político, un manual escolar. Laclau y Mouffe, por su parte, habían producido una teoría del discurso brillante en su alto vuelo pero con un déficit análogo: ¿cómo se opera con articulaciones y cadenas de equivalencias cuando el material a analizar es una columna de opinión, un debate parlamentario, un discurso presidencial? La teoría existía, pero faltaban los procedimientos. Y las tradiciones marxistas más clásicas, que sí habían proporcionado a veces análisis empíricos —el estudio de los diarios burgueses en los años treinta, los análisis de la propaganda fascista de la primera Escuela de Fráncfort—, arrastraban limitaciones conceptuales que las tres partes anteriores de este libro examinaron.
El análisis crítico del discurso nace, en este contexto, con una apuesta doble. Por un lado, aspira a integrar las mejores aportaciones de esas tradiciones en un marco articulado: la crítica marxista de la ideología, la analítica foucaultiana del discurso, la teoría gramsciana de la hegemonía, la reflexividad bourdieusiana, la lingüística funcional de Michael Halliday, la semiótica social, la sociología de los medios. Por otro lado, aspira a producir herramientas operativas: procedimientos concretos que un investigador pueda aplicar a un texto o a un conjunto de textos para identificar los mecanismos por los cuales el sentido se organiza al servicio del poder. Su antecedente inmediato fue la llamada lingüística crítica, que un grupo de investigadores británicos de la Universidad de East Anglia —Roger Fowler, Bob Hodge, Gunther Kress, Tony Trew— había desarrollado a fines de los setenta en un libro pionero titulado Lenguaje y control (Fowler et al., 1979). Allí ya se sostenía que el lenguaje no es un vehículo neutro de contenidos sino una práctica social que constituye a los sujetos, distribuye posiciones, produce efectos de poder, y que la lingüística podía dar herramientas para hacer visible esa dimensión política del uso ordinario del lenguaje. La lingüística crítica se apoyaba, para hacerlo, en la lingüística funcional sistémica de Michael Halliday (Halliday, 1978), que ofrecía un modelo del lenguaje como sistema de opciones significativas: cada elección gramatical o léxica excluye otras posibles, y esas exclusiones no son inocentes.
De ese suelo germinaron, en los años ochenta, las tres corrientes principales del análisis crítico del discurso que este capítulo va a examinar. Norman Fairclough desarrolló en la Universidad de Lancaster una síntesis entre lingüística funcional y teoría social crítica que se consolidó con su Lenguaje y poder (Fairclough, 1989) y siguió elaborándose en obras posteriores. Teun van Dijk, desde Amsterdam y más tarde desde Barcelona, produjo una versión sociocognitiva del análisis, atenta a la mediación de la cognición entre el discurso y la estructura social, cuya formulación más completa está en Ideología. Un enfoque multidisciplinario (van Dijk, 1998). Ruth Wodak, en Viena, desarrolló un enfoque histórico-discursivo particularmente atento a la reproducción del racismo y el antisemitismo en los discursos institucionales europeos. Y en paralelo a estas tres corrientes lingüísticas, el sociólogo británico John B. Thompson producía en Cambridge una obra que sin pertenecer estrictamente al análisis crítico del discurso ofrece su formulación teórica más sistemática y su articulación más rigurosa con la tradición filosófica de la teoría de la ideología. A ella se dedicará el próximo apartado.
Merece anotarse, antes de entrar en el detalle, un rasgo compartido por todas estas variantes que las distingue de las tradiciones vecinas y explica el carácter de este capítulo. El análisis crítico del discurso no se propone construir una gran teoría de la ideología ni resolver de una vez el problema del punto de vista; se propone dotar a la investigación crítica de instrumentos operativos que un analista situado, con proyectos concretos y sobre materiales identificables, pueda aplicar y evaluar. La modestia filosófica es su virtud: no aspira a decir la última palabra sobre la naturaleza del poder o de la subjetividad, sino a proporcionar procedimientos que permitan sacar a la luz cómo, en un texto determinado, el sentido se configura de manera que sostiene o cuestiona determinadas relaciones sociales. Esta modestia no debe confundirse con timidez teórica. El análisis crítico del discurso hereda y presupone las grandes tradiciones examinadas en los capítulos anteriores; su especificidad es que las traduce en método, no que las ignore. Y precisamente por eso este libro lo toma como marco operativo: no por rechazar los altos vuelos teóricos, sino porque una teoría de la ideología que no se traduce en procedimientos analizables sobre materiales concretos corre el riesgo de convertirse en una filosofía autorreferencial que no le sirve a nadie fuera del gremio filosófico.
Thompson: la ideología como sentido al servicio del poder
Entre los tres autores centrales de este capítulo, John Brookshire Thompson ocupa un lugar particular. Sociólogo británico formado en Cambridge, discípulo intelectual de Anthony Giddens y traductor y comentarista de Paul Ricoeur, Thompson publicó a lo largo de los años ochenta y noventa un conjunto de obras que ofrecen quizás la reformulación más equilibrada y utilizable del concepto de ideología en la teoría social contemporánea. Su primer libro sobre el tema, Estudios en la teoría de la ideología (Thompson, 1984), es una discusión rigurosa con Habermas, Bourdieu, Ricoeur y Giddens que fue afinando su posición. Pero es su obra mayor, Ideología y cultura moderna (Thompson, 1990), la que ofrece la síntesis que este libro adopta como marco. Su tesis fundamental puede formularse en una fórmula que Thompson repite con insistencia y que este libro va a hacer suya: la ideología es sentido al servicio del poder.
Merece descomponer esta fórmula con detalle, porque su aparente sencillez esconde un trabajo teórico considerable. Cada uno de sus tres términos —sentido, servicio, poder— ha sido escogido para resolver problemas que las formulaciones anteriores del concepto arrastraban. Al hablar de sentido, y no de creencia, de conciencia ni de ideas, Thompson desplaza la ideología del terreno mental hacia el terreno simbólico. La ideología no reside primariamente en las cabezas de los individuos, sino en las formas simbólicas —textos, discursos, imágenes, prácticas comunicativas— que circulan en la vida social. Esta precisión es fundamental porque libera al concepto de la asociación con la falsa conciencia y con el psicologismo que la tradición había arrastrado. La ideología no es lo que la gente piensa; es cómo el sentido se organiza en las formas simbólicas que la gente produce, recibe y transmite. Y esas formas simbólicas son analizables: se dejan estudiar, se dejan comparar, se dejan describir con procedimientos identificables.
Al hablar de servicio, y no de reflejo ni de expresión, Thompson conserva el filo crítico que Mannheim y sus herederos amenazaban con perder. La ideología no es cualquier forma simbólica ni cualquier configuración de sentido; es la que se pone al servicio de una relación de poder. No toda forma simbólica es ideológica: existen formas simbólicas que cuestionan el orden, que ofrecen resistencia, que imaginan alternativas, y no llamarlas ideológicas sería absurdo si el concepto tuviera aún carga negativa; pero llamarlas del mismo modo que a las que legitiman el orden es perder toda capacidad discriminatoria. Thompson conserva por eso la asimetría: ideológico es el uso del sentido que sirve a la reproducción de la dominación, no el uso del sentido en general. Con lo cual salva la crítica sin recaer en el par verdad-ilusión que Foucault le había criticado a la tradición marxista clásica. La cuestión ya no es si el discurso ideológico dice o no la verdad; la cuestión es si sirve o no a una relación asimétrica de poder.
Y al hablar de poder, y no de clase o de economía, Thompson mantiene la vinculación con la dominación sin encerrarla en un molde particular. El poder puede tomar formas económicas, políticas, coercitivas, simbólicas; puede ejercerse en el Estado, en la empresa, en la familia, en la escuela, entre géneros, entre grupos étnicos, entre generaciones. La teoría de la ideología no necesita elegir de antemano cuál de estas dimensiones es la única relevante; le basta con analizar, en cada caso concreto, cómo las formas simbólicas contribuyen a sostener las relaciones asimétricas que existen en la situación estudiada. Esta apertura del concepto de poder no debilita la teoría; la vuelve más precisa y más aplicable a la enorme variedad de las relaciones sociales contemporáneas.
La contribución de Thompson que este libro más aprovechará, sin embargo, no es solo la definición general, sino la analítica que la sigue. Thompson identifica cinco modos generales de operación de la ideología, y a cada uno le asigna un conjunto de estrategias típicas de construcción simbólica. El primero es la legitimación: el conjunto de procedimientos por los cuales una relación de poder se presenta como justa y digna de apoyo. Sus estrategias características son la racionalización —presentar la relación de poder como consecuencia lógica de premisas incontestables—, la universalización —hacer pasar el interés particular por el interés de todos, tal como Marx lo había descrito— y la narrativización —contar una historia que da al orden vigente el aire de un desenlace natural o merecido. El segundo modo es la disimulación: procedimientos por los cuales la relación de poder se oculta, se desplaza o se niega. Sus estrategias incluyen el desplazamiento —atribuir a un término lo que corresponde a otro—, la eufemización —usar palabras suaves para procesos duros, como cuando se llama flexibilización a la precarización—, y el tropo —el uso de figuras retóricas, especialmente la metáfora, que reencuadran la percepción de la relación.
El tercer modo es la unificación: procedimientos por los cuales se construye la ilusión de una identidad colectiva que borra las diferencias reales entre quienes están dentro de ella. Sus estrategias son la estandarización —imponer un marco común que uniforma— y la simbolización de la unidad —producir símbolos, banderas, mitos y rituales que representan a la colectividad como una. El cuarto modo, complementario del anterior, es la fragmentación: procedimientos por los cuales se dividen o expulsan sujetos que, unidos, podrían resistir la dominación. Sus estrategias incluyen la diferenciación —enfatizar las divisiones internas entre potenciales aliados— y la purga del otro —construir enemigos internos o externos sobre los cuales descargar la hostilidad. Y el quinto modo, quizás el más sutil y más denso teóricamente, es la cosificación: procedimientos por los cuales un proceso histórico y contingente se presenta como una realidad natural, eterna e inmodificable. Sus estrategias incluyen la naturalización —hacer aparecer como natural lo que es social—, la eternalización —hacer aparecer como eterno lo que es histórico—, la nominalización —convertir procesos en cosas mediante el uso de sustantivos abstractos, como cuando se dice el mercado en lugar de las decisiones de tales o cuales actores— y la pasivización —usar el modo pasivo del verbo para hacer desaparecer al agente responsable de una acción.
Esta tipología es la aportación operativa más rica que la teoría de la ideología ha producido en las últimas décadas. Ofrece un vocabulario preciso para analizar cualquier texto y sacar a la luz los mecanismos por los cuales su organización simbólica sostiene una relación de poder, sin exigir del analista una comparación con una verdad supuesta a la que el texto se opondría. Basta con identificar los procedimientos y con reconstruir el contexto social en el que operan. Y esta identificación puede hacerse con rigor, contrastarse con otros analistas, evaluarse por sus resultados. La teoría de la ideología, con Thompson, deja de ser una discusión filosófica sobre el estatuto epistémico de las creencias y se convierte en una herramienta operativa que un investigador situado puede aplicar a los materiales del mundo que le interesa comprender.
A esta analítica Thompson añade un marco procedimental más amplio que llama hermenéutica de profundidad, y que toma explícitamente de Paul Ricoeur. El marco distingue tres momentos de todo análisis riguroso de las formas simbólicas ideológicas. El primero es el análisis socio-histórico: la reconstrucción del contexto social, institucional y temporal en el que las formas simbólicas se producen, circulan y son recibidas. Sin este análisis, el análisis textual queda flotando; con él, adquiere su sentido concreto. El segundo momento es el análisis formal-discursivo: el estudio de las formas simbólicas en cuanto tales, con las herramientas de la lingüística, la semiótica y el análisis narrativo. Es aquí donde entran los cinco modos y sus estrategias, junto con todo el arsenal técnico que las corrientes lingüísticas del análisis crítico del discurso han desarrollado. Y el tercer momento es la interpretación o reinterpretación: la síntesis final en la que el analista propone una lectura del significado ideológico del material estudiado, es decir, del modo en que sus formas simbólicas se relacionan con las relaciones de poder identificadas en el análisis socio-histórico. Cada momento condiciona a los otros y ninguno basta por sí solo. Es el marco procedimental que este libro adopta y que ordena todo lo que sigue.
Fairclough y la escuela de Lancaster: tres dimensiones del análisis
Si Thompson ofrece la teoría, Norman Fairclough ofrece la caja de herramientas lingüísticas más desarrollada para operar sobre textos concretos. Fairclough, formado en Lancaster en el cruce entre la lingüística funcional de Halliday y la teoría social crítica de Habermas, Bourdieu y Foucault, es el nombre más asociado a la corriente del análisis crítico del discurso propiamente dicha. Sus obras principales —Lenguaje y poder (Fairclough, 1989), Discurso y cambio social (Fairclough, 1992), Análisis crítico del discurso (Fairclough, 1995) y Analizando el discurso (Fairclough, 2003)— han definido el vocabulario técnico y los procedimientos que buena parte de la investigación empírica emplea hoy en distintas lenguas. Su aportación más específica es el modelo tridimensional que permite pensar cada acontecimiento discursivo simultáneamente en tres planos y hacer entre ellos los cruces analíticos necesarios.
El primer plano es el del texto en sentido estricto: sus rasgos lingüísticos concretos, la elección de palabras, la estructura de sus oraciones, la organización de sus párrafos, sus recursos retóricos, sus figuras, sus modalidades. Fairclough retoma aquí toda la gramática funcional de Halliday y la pone al servicio de la crítica: cada elección lingüística es una opción entre alternativas, y las opciones que un texto realiza dicen algo sobre lo que ese texto hace socialmente. El estudio de estas opciones incluye, entre otras cosas, el análisis del vocabulario y las estrategias de nombramiento; el análisis de la gramática y en particular de la transitividad —quién aparece como agente de qué acciones, quién como paciente, qué acciones se transforman en procesos sin agentes—; el análisis de la modalidad, esto es, del grado de compromiso con las proposiciones —lo que se presenta como cierto, probable, necesario, deseable—; el análisis de la cohesión y de las relaciones lógicas entre partes del texto; y el análisis de la organización global —qué se pone al principio, qué al final, qué se explicita y qué se presupone.
El segundo plano es el de la práctica discursiva: la manera en que el texto se produce, se distribuye y se consume. Aquí se estudia quién produjo el texto, en qué condiciones institucionales, con qué recursos, siguiendo qué convenciones; a través de qué canales se distribuyó; y quién lo recibe, cómo, con qué expectativas previas y con qué usos. Este plano incluye también el análisis de la intertextualidad —los otros textos que resuenan en el texto analizado, las voces ajenas que incorpora, transforma, cita o silencia—, y el análisis del orden del discurso, expresión que Fairclough toma explícitamente de Foucault para designar la configuración articulada de tipos discursivos y géneros textuales que rigen un ámbito social determinado en una época dada. En una universidad, por ejemplo, coexisten discursos académicos, discursos administrativos, discursos gerenciales, discursos publicitarios; cómo se articulan, cuáles predominan, cuáles se hibridan es una cuestión del orden del discurso, y sus cambios históricos son analizables.
El tercer plano es el de la práctica social: el contexto sociocultural más amplio en el que el acontecimiento discursivo se inscribe, con sus relaciones de poder, sus jerarquías institucionales, sus configuraciones ideológicas. Es el nivel en el que se conecta el análisis textual y discursivo con la teoría social propiamente dicha, incluida la teoría de la ideología en el sentido de Thompson. La virtud del modelo de Fairclough es que ofrece un puente sistemático entre los tres planos: no analiza el texto por el texto ni el contexto por el contexto, sino que trabaja siempre en la interfaz, mostrando cómo las opciones lingüísticas concretas están relacionadas con las prácticas discursivas de una institución y con las relaciones de poder de una sociedad, y cómo, a la inversa, esas relaciones de poder se sostienen mediante prácticas discursivas que se realizan en textos particulares.
La contribución particular de Fairclough a la teoría de la ideología ha estado, además, en el análisis del discurso neoliberal y de sus transformaciones, cuestión que este libro reencontrará en la cuarta parte. En una serie de estudios sobre la retórica del thatcherismo británico, sobre el llamado nuevo laborismo de los años noventa y sobre las transformaciones del discurso universitario y del discurso empresarial, Fairclough mostró cómo la instalación de la racionalidad neoliberal en las democracias occidentales fue, en buena medida, una operación discursiva: la absorción del vocabulario empresarial por sectores que antes le eran ajenos —la educación, la salud, la administración pública, el arte—, la traducción de las relaciones sociales al lenguaje del cliente, del rendimiento, de la competencia, de la eficiencia; la construcción de una nueva figura del sujeto como emprendedor de sí mismo. Sus análisis mostraron que estos desplazamientos no se produjeron por casualidad ni por evolución natural, sino mediante operaciones simbólicas identificables, cuyos mecanismos podían sacarse a la luz.
Merece registrarse, para no idealizar el planteamiento, que la propuesta de Fairclough ha recibido críticas serias, y no de sus adversarios políticos sino desde el interior mismo de la lingüística. Henry Widdowson ha sostenido, en un debate prolongado con Fairclough, que el análisis crítico del discurso corre el riesgo de convertirse en un procedimiento circular en el que el analista encuentra en el texto solo lo que su marco ideológico le lleva a buscar; que su carácter selectivo —qué textos se eligen para analizar, qué rasgos se destacan, cuáles se pasan por alto— no siempre se justifica con rigor, y que la interpretación termina imponiéndose sobre la evidencia empírica en lugar de derivar de ella. La crítica de Widdowson tiene un núcleo válido, y el propio Fairclough, en sus obras posteriores, ha respondido a ella insistiendo en la necesidad de una mayor transparencia sobre los procedimientos de selección y en la exigencia de que las interpretaciones críticas se contrasten con lecturas alternativas del mismo material. Este libro toma nota de la crítica: cualquier análisis ideológico riguroso debe reconocer que sus lecturas son interpretaciones situadas, sometidas al mismo escrutinio reflexivo que el marco general reclama. La respuesta a Widdowson no es abandonar el análisis crítico, sino ejercerlo con la vigilancia epistemológica que este libro defiende desde su segunda parte.
Van Dijk y el cuadrado ideológico: la mediación cognitiva
La tercera pieza del marco operativo que este libro adopta la aporta Teun van Dijk, cuya contribución al análisis crítico del discurso tiene un rasgo distintivo: la mediación cognitiva. Van Dijk, formado inicialmente en la lingüística textual y en la psicología del discurso, sostiene que ni las teorías puramente lingüísticas ni las puramente sociológicas del discurso pueden explicar del todo su funcionamiento ideológico, porque falta entre ambas un nivel: el de la cognición social. Los discursos operan sobre los sujetos y por los sujetos porque activan, transforman y reproducen ciertas representaciones mentales compartidas —creencias, actitudes, marcos, modelos— que están inscritas en la memoria social y que constituyen el eslabón entre el texto individual y la estructura social. Este planteamiento, expuesto de manera sistemática en Ideología. Un enfoque multidisciplinario (van Dijk, 1998) y refinado en obras posteriores como Discurso y poder (van Dijk, 2008), aporta a la teoría de la ideología algo que las otras corrientes del análisis crítico habían dejado en penumbra: cómo los discursos ideológicos se anclan en la mente de quienes los reciben y por qué su eficacia es a la vez cognitiva y social.
Van Dijk define las ideologías como representaciones sociales fundamentales compartidas por los miembros de un grupo, que organizan sus creencias más específicas y guían sus prácticas discursivas y sociales. No son creencias individuales ni contenidos particulares; son marcos generales que orientan lo que un grupo cree, valora y hace, y que se manifiestan en el discurso mediante estrategias identificables. Su definición, más neutra en apariencia que la de Thompson —van Dijk habla de ideologías de cualquier grupo, incluidos los que resisten la dominación, y no reserva el término solo para las que sirven al poder—, es en la práctica compatible con la lectura thompsoniana: van Dijk mismo ha dedicado la mayor parte de su obra a analizar cómo las ideologías dominantes se reproducen en los discursos de las élites, y su trabajo empírico sobre el racismo, la xenofobia y el elitismo europeo es una crítica frontal de las ideologías al servicio del poder. La aparente neutralidad de la definición es solo una precaución analítica que permite reconocer el carácter ideológico de todo discurso sistemático sin renunciar a la crítica sustantiva de los que efectivamente sostienen la dominación.
Entre las herramientas que van Dijk ha aportado, la que este libro adopta con más entusiasmo es la que él llama cuadrado ideológico, y que ofrece una descripción precisa del funcionamiento de la mayoría de los discursos polarizados. Todo discurso ideológicamente cargado, sostiene van Dijk, tiende a operar sobre cuatro movimientos simultáneos, que se combinan de manera reconocible: enfatizar las cosas positivas de nosotros; enfatizar las cosas negativas de ellos; mitigar o silenciar las cosas negativas de nosotros; mitigar o silenciar las cosas positivas de ellos. Estos cuatro movimientos no son excluyentes; se despliegan a la vez, y su combinación explica por qué los discursos polarizados producen la sensación de que el mundo se divide de manera nítida en dos campos, uno bueno y otro malo, cuando el análisis muestra que la nitidez es efecto de una operación simbólica y no descripción de una realidad.
El cuadrado ideológico se ejecuta mediante estrategias específicas que van Dijk ha catalogado con detalle en su trabajo empírico sobre el discurso mediático y político. Al lado positivo del nosotros se le atribuyen adjetivos favorables, se le concede el papel de agente de acciones justas, se le narran sus éxitos con detalle, se le reconocen matices y complejidades. Al lado negativo del ellos se le atribuyen adjetivos desfavorables, se le presenta como agente de acciones dañinas, se le narran sus fracasos con abundancia de datos, se lo homogeneiza y se le niegan matices. Las cosas negativas del nosotros, cuando aparecen, se explican por circunstancias, se atribuyen a excepciones individuales, se contextualizan hasta neutralizarlas, o simplemente se silencian. Las cosas positivas del ellos, cuando resultan imposibles de ignorar, se minimizan, se atribuyen a suerte o a excepciones que confirman la regla, o se instrumentalizan como coartada. En cada uno de estos cuatro movimientos operan las estrategias que Thompson había ordenado en su tipología general: la disimulación protege al nosotros, la fragmentación divide al ellos, la unificación cohesiona al nosotros, la cosificación naturaliza las diferencias.
Un aporte añadido de van Dijk que este libro toma con particular interés es su insistencia en el papel de las élites en la producción y difusión de los discursos ideológicos. Contra cierta lectura populista de la teoría de la ideología que se ha extendido en las últimas décadas —según la cual la dominación se sostiene por la manipulación que las élites ejercen sobre las masas ingenuas—, van Dijk propone una versión más matizada. Las élites simbólicas —académicas, políticas, mediáticas, empresariales, jurídicas— tienen un control preferencial sobre los recursos discursivos de la sociedad: escriben en los diarios, dan las conferencias públicas, elaboran los textos escolares, redactan las leyes, dirigen las empresas y las instituciones culturales. Ese control no equivale a manipulación consciente ni a conspiración; equivale a un acceso desigual a los medios de producción del discurso, que hace que las visiones del mundo de las élites tengan más probabilidades de convertirse en las representaciones compartidas por la sociedad entera. Este planteamiento retoma, sin nombrarlo así, la vieja tesis marxiana según la cual las ideas dominantes de una época son las ideas de la clase dominante porque esta controla los medios de la producción intelectual; pero la refina, la actualiza a las condiciones de las sociedades mediatizadas contemporáneas, y la vuelve empíricamente analizable mediante el estudio de quién habla, con qué frecuencia, en qué medios, con qué recursos discursivos.
Merece registrarse un aspecto adicional del pensamiento de van Dijk que su trabajo sobre el racismo institucional europeo ha vuelto particularmente productivo. La ideología del grupo dominante, sostiene, rara vez se expresa como afirmación explícita de la superioridad propia y de la inferioridad ajena; en la mayoría de los discursos contemporáneos, especialmente en los públicos e institucionales, esas afirmaciones directas están sancionadas socialmente y no aparecen. Lo que aparece, en cambio, son formulaciones aparentemente neutrales o incluso favorables al grupo dominado —el famoso No soy racista, pero...— que, al analizarse con los procedimientos del análisis crítico del discurso, revelan la operación del cuadrado ideológico con una economía retórica considerable. La atenuación superficial no elimina el mensaje profundo; lo vehicula bajo una forma que resulta socialmente aceptable. Esta observación ha resultado imprescindible para analizar los racismos contemporáneos, los xenofobismos institucionales y las diversas formas de discriminación que operan hoy sin declararse. Y ha resultado igualmente productiva para analizar los discursos de la clase dominante económica en las sociedades contemporáneas, que rara vez se presentan como defensa explícita de sus propios intereses y casi siempre invocan el bien común, la eficiencia general, la modernización.
Con estas tres piezas —la definición y tipología de Thompson, las tres dimensiones y las herramientas gramaticales de Fairclough, el cuadrado ideológico y la cognición social de van Dijk— el libro tiene ya un marco operativo suficiente para analizar cualquier discurso ideológicamente cargado. Antes de sopesar sus límites, sin embargo, conviene mostrar el marco en acción sobre un ejemplo concreto. Es lo que se propone el próximo apartado.
El marco en acción: análisis de un fragmento discursivo
Considérese, a modo de ejercicio, un fragmento discursivo tipo, del género que puede encontrarse casi a diario en los editoriales económicos, en los discursos de los organismos multilaterales, en los pronunciamientos de los ministros de finanzas o en las columnas de los analistas de política pública en cualquier país latinoamericano. El fragmento, deliberadamente construido para este ejemplo pero indistinguible en su forma de mil textos reales, dice así: «Las reformas necesarias para garantizar la sostenibilidad fiscal exigen sacrificios compartidos. El mercado ha reaccionado con preocupación ante las señales de indisciplina, y los inversionistas esperan medidas responsables. El gobierno debe recuperar la confianza mediante ajustes que devuelvan la competitividad al país. La modernización del Estado es un imperativo que ningún dirigente responsable puede eludir». Un lector desprevenido leerá el párrafo como una sensata exposición técnica sobre las decisiones necesarias en materia económica. El analista formado en las herramientas de los apartados anteriores verá algo distinto, y conviene mostrar qué.
En el nivel textual, el análisis empieza por examinar la gramática y en particular la transitividad. La primera oración presenta un sujeto abstracto —las reformas necesarias— y le atribuye la acción de exigir sacrificios compartidos. La operación es doble. Por un lado, nominaliza un proceso: no se dice que ciertos actores han decidido tomar ciertas medidas, sino que existen reformas que tienen la propiedad de exigir cosas, como si tuvieran voluntad propia. La nominalización es una de las estrategias que Thompson clasificaba bajo la cosificación: transforma un proceso histórico y decidido por sujetos identificables en una cosa cuyo agente ha desaparecido. Por otro lado, el adjetivo necesarias predetermina la discusión: las reformas no son propuestas, opciones, alternativas discutibles, sino necesidades incontestables. Aquí opera una segunda estrategia de la cosificación, la eternalización, que hace pasar por indiscutible lo que es una elección política concreta entre otras posibles. Y una tercera: la presuposición, que da por sentado que las reformas son necesarias antes de que la discusión sobre esa necesidad pueda siquiera plantearse. Al lector que quiera objetar se le exige, ya de entrada, cargar con la prueba de por qué no serían necesarias, cuando en un debate honesto sería a los defensores de las reformas a quienes correspondería demostrar su necesidad.
El siguiente movimiento léxico es la aparición del mercado como agente. El mercado ha reaccionado con preocupación. Esta figura, tan naturalizada en el discurso económico contemporáneo que casi ha perdido su carácter metafórico, esconde una operación ideológica de manual. En sentido estricto, el mercado no reacciona ni se preocupa: los que reaccionan son actores concretos —fondos de inversión, calificadoras de riesgo, grandes bancos, tenedores privados de deuda— que tienen nombre, posición e intereses precisos. Al hablar del mercado como si fuera un sujeto colectivo con estados de ánimo, el discurso naturaliza y despersonaliza esos intereses privados. Las decisiones concretas de actores identificables se convierten en fenómenos objetivos, como el clima. La estrategia es de nuevo la cosificación —naturalización— combinada con lo que Thompson llamaba disimulación —desplazamiento: se atribuye a un ente abstracto lo que corresponde a actores particulares—.
Sigue el verbo esperar aplicado a los inversionistas, que ejecuta una operación análoga. Los inversionistas son ahora nombrados, lo que representa un mínimo avance respecto del mercado abstracto, pero el verbo esperar los presenta en un papel casi pasivo, como si su rol fuera aguardar a que otros hagan lo correcto. En rigor, los inversionistas no esperan: exigen, presionan, condicionan, participan activamente en la producción de la crisis a la que luego reaccionan. La modalidad del verbo elegido oculta esa agencia y la sustituye por una expectativa aparentemente inofensiva, lo cual reencuadra la relación de poder: quien exige aparece como quien espera, y quien es objeto de la exigencia aparece como quien tiene el deber de responder. La estrategia es la disimulación —eufemización— combinada con una transformación de la transitividad que borra el ejercicio efectivo del poder.
La frase el gobierno debe recuperar la confianza mediante ajustes es aún más ilustrativa. El sujeto es el gobierno, es decir, una entidad política representativa; el verbo modal deber convierte una decisión política en una obligación imperativa, sin especificar ante quién existe esa obligación. La frase presupone que la confianza —de nuevo un sustantivo abstracto y sin sujeto de referencia— ha sido perdida, y que la única vía para recuperarla es la vía de los ajustes, palabra a su vez eufemística que suele designar recortes concretos que afectan a poblaciones concretas. Al examinar el conjunto, se percibe que el gobierno queda subordinado a una obligación externa cuyo emisor no se identifica, y que los ajustes se presentan como el medio evidente e incuestionable de esa obligación. Toda la deliberación política —quiénes ganan, quiénes pierden, qué alternativas hay, qué valores están en juego— desaparece bajo el peso de una necesidad técnica.
En el nivel de la práctica discursiva, un análisis riguroso preguntaría en qué medio circula este fragmento, quién lo produjo, con qué autoridad, para qué público. Su forma reconocible —lenguaje técnico, sintaxis impersonal, ausencia de la primera persona, densidad de nominalizaciones— lo inscribe en el género del análisis experto, un género que en las democracias mediatizadas ocupa un lugar privilegiado en la construcción del sentido común económico. Ese género tiene sus productores especializados —columnistas económicos, economistas de organismos multilaterales, técnicos de bancos privados—, sus canales de difusión —secciones económicas de los diarios de referencia, informes de consultoras, boletines de bancos centrales—, y sus rituales de legitimación —el título académico del firmante, la referencia a datos estadísticos, el uso de un vocabulario técnico que produce el efecto de precisión científica—. Su recepción, en fin, se dirige a un doble público: por un lado, los actores decisorios que ya están familiarizados con el marco y esperan encontrar en él la confirmación de sus propias premisas; por otro, el gran público al que el género informa y al que, al mismo tiempo, forma en los criterios con los cuales se supone que hay que juzgar los asuntos económicos.
En el nivel de la práctica social, finalmente, el fragmento se conecta con la historia larga de la instalación del neoliberalismo como racionalidad hegemónica en América Latina desde los años ochenta. Su vocabulario —competitividad, sostenibilidad fiscal, confianza de los mercados, modernización, responsabilidad, disciplina, imperativo— es el vocabulario del ajuste estructural que las instituciones financieras internacionales impusieron en las décadas anteriores y que se ha convertido, por reiteración incesante en los medios y en los sistemas educativos, en el sentido común económico del continente. Un análisis crítico del discurso completo tendría que mostrar cómo ese vocabulario se instaló, contra qué otros vocabularios lo hizo, quién ganó y quién perdió con su instalación, y qué relaciones de poder concretas sostiene hoy. Es el trabajo que la cuarta parte de este libro va a acometer en el capítulo dedicado al neoliberalismo.
Lo que este ejercicio breve muestra, con un fragmento apenas, es que el marco operativo del análisis crítico del discurso permite hacer visible la operación ideológica de un texto sin necesidad de contraponerle una verdad supuesta ni de acusar de mentira a quien lo produce. Basta con analizar sus opciones lingüísticas concretas, con conectarlas a las prácticas discursivas de su género y a las relaciones de poder que ese género sostiene, para que el texto revele su función. La ideología no está en un error escondido en el fondo del párrafo; está en la organización misma de sus procedimientos gramaticales, léxicos y retóricos, y esos procedimientos se dejan analizar. No hay allí magia teórica ni salto metafísico: hay un trabajo empírico riguroso que produce resultados discutibles y contrastables. Es precisamente esta operatividad la que este libro valora en el análisis crítico del discurso y la razón por la cual lo adopta como marco.
Balance de la corriente y cierre de la tercera parte
Es hora de sopesar, para cerrar el capítulo y la tercera parte, qué toma este libro del análisis crítico del discurso y qué le añade, y qué lugar ocupa esta corriente en el conjunto de la argumentación. Los aportes son considerables y algunos de ellos ya han quedado indicados a lo largo de la exposición.
En primer lugar, el análisis crítico del discurso ofrece la mejor definición operativa del concepto de ideología que la teoría social contemporánea posee: la definición de Thompson según la cual la ideología es sentido al servicio del poder. Esta definición conserva el filo crítico de la tradición marxista, evita el par verdad-ilusión que Foucault había impugnado con razón, se libera del psicologismo asociado a la noción de falsa conciencia, y ofrece un criterio identificable —el servicio a las relaciones asimétricas de poder— que permite discriminar entre configuraciones simbólicas y no tratarlas a todas como equivalentes. Es la definición que este libro adopta como suya, con las precisiones que se han ido añadiendo en los capítulos anteriores y que se sistematizarán en la conclusión.
En segundo lugar, el análisis crítico del discurso proporciona una analítica de los mecanismos de la ideología, sistematizada en los cinco modos y sus estrategias de Thompson, en las tres dimensiones y el instrumental gramatical de Fairclough, y en el cuadrado ideológico y las herramientas sociocognitivas de van Dijk. Esta analítica, que ninguna otra corriente había producido con la misma sistematicidad, permite al analista situado enfrentar un material concreto con procedimientos identificables, aplicar herramientas técnicas específicas, y llegar a resultados contrastables. Sin ella la teoría de la ideología sigue siendo una discusión filosófica de altos vuelos; con ella se convierte en un programa de investigación que puede rendir frutos y ser evaluado por los suyos.
En tercer lugar, el análisis crítico del discurso ofrece un marco procedimental para articular el análisis empírico con la teoría social crítica. La hermenéutica de profundidad de Thompson, con sus tres momentos socio-histórico, formal-discursivo e interpretativo, y el modelo tridimensional de Fairclough, con sus tres planos texto-práctica discursiva-práctica social, son propuestas convergentes que dan al investigador crítico un mapa de cómo articular el estudio del detalle textual con la comprensión de las relaciones de poder que ese detalle sostiene. Este libro adopta esos marcos y los combinará con las herramientas específicas que la cuarta parte introducirá.
En cuarto lugar, el análisis crítico del discurso ha demostrado su fecundidad empírica en un número considerable de campos que resultan del máximo interés para este libro y para su contexto de escritura: el análisis del racismo institucional, especialmente en van Dijk; el análisis del discurso neoliberal, especialmente en Fairclough; el análisis del discurso mediático y de la construcción de la opinión pública en Thompson; el análisis del discurso del populismo autoritario contemporáneo, en investigaciones más recientes de todas estas corrientes. Cada uno de esos campos será materia de la cuarta parte, y el marco operativo desarrollado por estos autores es el que permitirá abordarlos con precisión.
Los límites del análisis crítico del discurso, sin embargo, son también reales y honestidad obliga a enunciarlos. El primero es la tendencia al textualismo si el analista pierde de vista la articulación con la dimensión material y económica. La atención meticulosa al detalle lingüístico puede convertirse en una fascinación con los textos que descuida las condiciones materiales de su producción y sus efectos concretos en la vida de las personas afectadas. Fairclough y Thompson han sido especialmente cuidadosos en este punto, y sus obras contienen todos los llamados de atención necesarios; pero la fascinación puede aparecer en las investigaciones aplicadas cuando los procedimientos se ejecutan con virtuosismo sin volver a articularse con el contexto socio-histórico. El correctivo no es abandonar el análisis textual, sino no confundirlo con el análisis completo: es un momento necesario pero insuficiente de un programa más amplio.
El segundo límite es el que Widdowson y otros críticos han señalado: el riesgo de circularidad en la interpretación crítica. Si el analista sabe de antemano qué relaciones de poder busca sacar a la luz, puede seleccionar los textos y los rasgos que confirmen su hipótesis y pasar por alto los que la desmientan. El correctivo aquí es la reflexividad explícita —declarar la posición desde la que se analiza, someter las lecturas propuestas al contraste con lecturas alternativas, distinguir con claridad los datos textuales de las interpretaciones sociales— y la exigencia metodológica de que los análisis críticos sean tan rigurosos, contrastables y falibles como cualquier otro trabajo empírico. Es la exigencia que la primera parte de este libro formuló como vigilancia epistemológica, y que el análisis crítico del discurso necesita incorporar sin reservas.
El tercer límite, quizás el más importante desde la perspectiva de este libro, es que el análisis crítico del discurso ha trabajado menos la dimensión afectiva y libidinal de la ideología que la corriente examinada en el capítulo anterior. Las herramientas de Thompson, Fairclough y van Dijk son excelentes para analizar cómo el sentido se organiza al servicio del poder, pero no siempre capturan por qué los sujetos se apegan afectivamente a esas configuraciones de sentido incluso cuando saben que los perjudican. La respuesta que Žižek ofrecía —la ideología funciona como fantasma que organiza el goce— no está presente en la caja de herramientas del análisis crítico del discurso, y su integración es una tarea que la investigación contemporánea apenas empieza a acometer. Este libro se propone hacerlo en los capítulos finales al analizar la polarización afectiva y la posverdad, articulando las herramientas del análisis crítico del discurso con la sensibilidad psicoanalítica del capítulo noveno.
El cuarto límite, en fin, atañe a las diferencias internas entre las tres corrientes. Thompson trabaja desde la sociología con una atención especial a los medios de comunicación; Fairclough desde la lingüística funcional con un anclaje en la teoría social crítica; van Dijk desde la lingüística textual y la psicología cognitiva. Sus vocabularios no siempre coinciden, sus procedimientos varían en el detalle, sus preferencias metodológicas divergen. El libro no zanja las disputas internas del análisis crítico del discurso; asume que el marco es plural, integra los aportes que le parecen más productivos de cada corriente, y trabajará con esa síntesis pragmática en la cuarta parte.
Corresponde, para terminar, cerrar la tercera parte del libro con una mirada de conjunto. La Parte III examinó los grandes desplazamientos que la tradición sufrió después de que Althusser llevara la máscara marxista a su límite. Mannheim generalizó la sospecha hasta volverla reflexiva y formuló la paradoja que atraviesa toda esta historia. Foucault propuso abandonar el concepto de ideología y sustituirlo por el poder-saber y el régimen de verdad. Laclau, Mouffe y Žižek retuvieron el término reformulándolo desde el discurso y el psicoanálisis. Thompson, Fairclough y van Dijk lo mantuvieron y le proporcionaron el marco operativo del análisis crítico del discurso. Estos cuatro desplazamientos no son excluyentes; el mejor análisis contemporáneo los articula, y este libro se ha propuesto mostrar cómo. De Mannheim toma la reflexividad radical; de Foucault, la analítica del poder productivo, del régimen de verdad y de la gubernamentalidad; de Žižek y Laclau, la dimensión afectiva y la lógica de las equivalencias; de Thompson, Fairclough y van Dijk, el marco operativo y las herramientas concretas para analizar textos y prácticas.
Con este equipaje se cierra el recorrido de las tradiciones y se abre la parte del libro dedicada a herramientas para el presente. El próximo capítulo introducirá el enfoque morfológico de Michael Freeden, con el que este libro ha comprometido su primera apuesta desde la introducción: desmontar el eje izquierda/derecha y sustituirlo por una anatomía de los conceptos que permita analizar las ideologías por su estructura interna y no por su ubicación en un plano. Los dos capítulos siguientes aplicarán todo el marco desarrollado hasta ahora al análisis de los grandes fenómenos ideológicos del presente: el neoliberalismo como racionalidad, el populismo, la polarización afectiva y la posverdad. Y la quinta parte reencuadrará todo lo anterior desde el Sur, con el pensamiento latinoamericano de la ideología y con el examen reflexivo de la posición desde la cual este libro se ha escrito. La caja de herramientas está montada; queda usarla.