Raúl Dubón
Ideasreflexión

La ética no va al final:

En la práctica de la investigación social aplicada, la ética tiende a ser tratada como una condición de acceso al campo —el consentimiento informado, el anonimato de los participantes, la aprobación institucional— antes que como una dimensión constitutiva del diseño metodológico.

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TRILOGÍA DE ARTÍCULOS METODOLÓGICOS EN CIENCIAS SOCIALES APLICADAS — ARTÍCULO 3 DE 3

La ética no va al final:

decisiones metodológicas como decisiones morales en la investigación social aplicada

Resumen

En la práctica de la investigación social aplicada, la ética tiende a ser tratada como una condición de acceso al campo —el consentimiento informado, el anonimato de los participantes, la aprobación institucional— antes que como una dimensión constitutiva del diseño metodológico. Este artículo argumenta que esa concepción es insuficiente: cada decisión metodológica —qué se pregunta, cómo se pregunta, a quién, desde qué posición, con qué propósito y con qué uso posterior de los datos— entraña una dimensión ética que no puede delegarse a un capítulo del protocolo. A partir de los debates sobre ética situada (Abad, 2016), las relaciones de poder en el campo (Scheytt y Pflüger, 2024; Frontiers, 2024), la posicionalidad del investigador (Goundar, 2025) y la colonialidad del saber en América Latina (Quijano, 2000; de Sousa Santos, 2010), se propone un marco de ética metodológica integrada organizado en torno a cuatro momentos del proceso investigativo: el diseño, la producción de datos, el análisis y el uso. El artículo concluye con criterios orientadores para una práctica investigativa que trate la ética no como requisito formal sino como postura sostenida a lo largo de todo el proceso, coherente con los valores de rigor, innovación y responsabilidad social que articulan la presente trilogía.

Palabras clave: ética metodológica integrada; ética situada; posicionalidad; relaciones de poder; colonialidad del saber; investigación social aplicada; América Latina.

1. Introducción

En los procesos de investigación social aplicada, la sección de ética del protocolo suele redactarse al final. No es casualidad: refleja una concepción en la que la ética es externa al núcleo metodológico, una condición de legitimidad que se satisface antes de entrar al campo y que, una vez satisfecha, deja de operar activamente. Esta concepción produce lo que Abad (2016) denominó ética vacía: el cumplimiento formal de procedimientos que no están conectados con las decisiones reales del proceso investigativo ni con sus consecuencias efectivas para las personas y comunidades involucradas.

El argumento central de este artículo es que la ética no es una sección del protocolo, sino una dimensión constitutiva del proceso metodológico. Esto significa que cada decisión de diseño —qué pregunta se formula, qué enfoque se adopta, quién participa, cómo se producen y analizan los datos, y cómo y para qué se usan los resultados— tiene una dimensión moral que no puede delegarse a un consentimiento informado firmado antes del trabajo de campo. La ética integrada no sustituye los procedimientos formales de protección de los participantes: los supone y los trasciende.

Este artículo es el tercero y último de una trilogía orientada a fortalecer la cultura metodológica en investigación social aplicada. El primero argumentó que el rigor es una postura epistémica antes que un trámite procedimental. El segundo argumentó que la innovación metodológica genuina requiere validación epistemológica antes que adopción reactiva. Este tercero completa el argumento al mostrar que ninguna práctica investigativa puede ser verdaderamente rigurosa ni genuinamente innovadora si no incorpora la ética como dimensión integradora del proceso. Los tres valores —rigor, innovación, ética— no son independientes: se condicionan mutuamente y se sostienen en una misma disposición hacia el conocimiento responsable.

El artículo se organiza en cuatro momentos: el estado del debate sobre ética en investigación social; los cuatro momentos éticos del proceso investigativo; la posicionalidad como condición ética del diseño; y una propuesta de criterios para una ética metodológica integrada en contextos aplicados.

2. Ética en la investigación social: del protocolo a la postura

2.1 Los límites de la ética burocrática

La regulación ética de la investigación social tuvo su origen histórico en la bioética clínica, con sus principios de autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia. La traslación de esos principios a las ciencias sociales produjo un andamiaje institucional —comités de ética, protocolos de consentimiento, declaraciones de confidencialidad— valioso en términos de protección formal de los participantes, pero con limitaciones estructurales para capturar la complejidad ética de la práctica investigativa social. Como ha documentado la literatura crítica latinoamericana reciente (Muñoz Martínez, 2025), la ética formulada desde el Norte Global para las ciencias de la salud tiende a ser universalista, cuantitativa y clínica, y es poco sensible a las relaciones de poder que atraviesan la producción de conocimiento social en contextos de desigualdad estructural.

Uno de los efectos más visibles de esta herencia burocrática es la concentración de la evaluación ética en el momento de entrada al campo: la firma del consentimiento informado opera como un rito de paso que parece clausurar la dimensión ética del proceso. Sin embargo, las decisiones con mayor peso ético en muchos estudios sociales no se toman en ese momento: se toman en el diseño de la pregunta de investigación, en la selección del enfoque analítico, en la interpretación de los datos, en la redacción de los hallazgos y en el uso posterior de los resultados. Todas estas decisiones tienen consecuencias directas para las personas y comunidades investigadas, y ninguna de ellas está cubierta por un formulario de consentimiento.

2.2 Hacia una ética situada

La propuesta de ética situada (Abad, 2016) representa un avance conceptual relevante para la práctica investigativa. Frente a la ética vacía —cumplimiento formal sin conexión con las decisiones reales del proceso—, la ética situada propone una ética que emerge de las condiciones concretas de cada investigación: del tipo de relación que se establece con los participantes, del contexto de poder en que se produce el conocimiento, de las consecuencias previsibles de los hallazgos para quienes contribuyeron a generarlos. La ética situada no rechaza los procedimientos formales; los contextualiza e interroga su suficiencia.

Scheytt y Pflüger (2024) documentaron, a partir de investigación etnográfica en organizaciones, cómo las relaciones de poder en el campo no son estáticas ni se agotan en el momento del acceso: atraviesan el proceso investigativo completo, desde la negociación del acceso hasta la redacción de los hallazgos. Sus hallazgos son consistentes con los de una revisión sistemática reciente sobre desafíos éticos en sociología cualitativa (Frontiers, 2024), que identificó que el poder en el proceso investigativo es multilateral y multidimensional: no se reduce a la asimetría entre investigador y participante, sino que incluye las jerarquías dentro de las organizaciones investigadas, las relaciones entre el investigador y el mandante, y las posibles consecuencias de los hallazgos para distintos actores con intereses divergentes.

2.3 Colonialidad del saber y ética de la investigación en América Latina

El debate sobre ética en la investigación social en América Latina no puede desvincularse de la discusión sobre la colonialidad del saber. Quijano (2000) mostró que la colonialidad del poder opera también como colonialidad epistémica: la jerarquización de los conocimientos, la imposición de categorías y métodos producidos en el Norte global como estándares universales, y la subalternización de las formas locales de producción de saber no son fenómenos del pasado colonial sino estructuras vigentes que atraviesan la práctica investigativa contemporánea. Esta dimensión tiene implicaciones éticas directas: investigar comunidades latinoamericanas con marcos conceptuales y metodológicos que no reconocen ni integran sus propias categorías de comprensión de la realidad no es solo un problema epistemológico, es un problema moral.

De Sousa Santos (2010) propuso la ecología de saberes como respuesta a esta tensión: un principio de coproducción de conocimiento que reconoce la validez de formas de saber no científicas y que establece relaciones de reciprocidad antes que de extracción entre el investigador y las comunidades con que trabaja. Esta propuesta no implica abandonar el rigor científico, sino situarlo en un horizonte ético que reconoce que la investigación social no es un acto neutro: es siempre un acto político con consecuencias distributivas sobre quién produce el conocimiento, quién lo posee y quién se beneficia de él.

3. Los cuatro momentos éticos del proceso investigativo

La propuesta de ética metodológica integrada que este artículo desarrolla se organiza en torno a cuatro momentos del proceso investigativo: el diseño, la producción de datos, el análisis y el uso de los resultados. En cada uno de estos momentos se toman decisiones con consecuencias éticas que van más allá del cumplimiento de los procedimientos formales de protección de los participantes.

3.1 El diseño como acto moral

Las decisiones de diseño son las primeras decisiones éticas de una investigación, y frecuentemente las más determinantes. La pregunta de investigación no es una elección neutral: define qué dimensiones de la realidad social se vuelven visibles y cuáles permanecen invisibles, qué actores son constituidos como sujetos de conocimiento y cuáles como objetos, qué problemas se tratan como prioritarios y cuáles se marginalizan. Formular la pregunta de investigación desde las necesidades y categorías de los mandantes, sin consultar a las comunidades que serán investigadas, es una decisión ética antes que metodológica: establece desde el inicio una relación de extracción antes que de reciprocidad.

Del mismo modo, la selección del enfoque metodológico tiene implicaciones éticas que trascienden su pertinencia epistemológica. Un diseño que privilegia la cuantificación de fenómenos sociales complejos no solo puede ser epistemológicamente insuficiente: puede producir una representación de las comunidades investigadas que las reduce a variables, que no captura sus propias categorías de comprensión de su situación y que, al presentarse con la autoridad de los números, puede ser más difícil de cuestionar por quienes tienen mayor poder. La elección del enfoque es, en este sentido, una elección sobre quién tiene la última palabra sobre la realidad social investigada.

3.2 La producción de datos: consentimiento, poder y reciprocidad

El momento de producción de datos es el que más atención ha recibido en la literatura sobre ética de la investigación, y en el que los procedimientos formales —consentimiento informado, anonimato, confidencialidad— están más desarrollados. Sin embargo, incluso en este momento, los procedimientos formales son condición necesaria pero insuficiente. El consentimiento informado genuino requiere que los participantes comprendan efectivamente para qué se utilizarán los datos que proporcionan, qué consecuencias puede tener su participación para ellos y para su comunidad, y que tengan capacidad real —no solo formal— de negarse o retirarse sin consecuencias adversas. En contextos de alta asimetría de poder entre investigadores y participantes, esta capacidad real no puede darse por supuesta.

Las relaciones de poder en el campo son, como documentaron Scheytt y Pflüger (2024), multilayered: no se reducen a la díada investigador-participante sino que incluyen las jerarquías internas de las organizaciones o comunidades investigadas, la relación entre el investigador y quienes facilitan el acceso al campo (gatekeepers), y la relación entre el mandante y los sujetos de la investigación. El investigador que entra a un campo a través de una autoridad institucional produce, quiéralo o no, una condición de participación condicionada: los sujetos pueden percibir que su negativa a participar tendría consecuencias dentro de su propia organización o comunidad. Reconocer esta dinámica no la elimina; pero ignorarla produce un consentimiento que es formalmente informado y sustantivamente coercitivo.

La reciprocidad en la producción de datos es un principio que va más allá de la no maleficencia. Hall (2017) propuso el principio de justicia y bienestar social como cuarto principio ético de la investigación social, que incluye el involucramiento colaborativo de la comunidad y el beneficio mutuo entre investigadores y participantes. Esta orientación no implica que la investigación deba ser siempre participativa en sentido estricto, pero sí que el investigador debe poder articular qué valor tiene la investigación para quienes contribuyen a ella, más allá de los beneficios que produce para el mandante o para la comunidad académica.

3.3 El análisis: interpretación, representación y honestidad

El análisis es el momento en que el investigador ejerce mayor poder sobre los datos: decide qué enfatiza y qué omite, qué categorías organiza los hallazgos, qué voces se citan y cuáles se silencian, qué interpretaciones se presentan como fundamentadas y cuáles como marginales. Estas decisiones son, simultáneamente, decisiones epistemológicas y decisiones éticas. La honestidad analítica —la disposición a presentar los datos de manera que no los subordine a las conclusiones que el investigador o el mandante desearían obtener— es un imperativo ético que se articula directamente con el rigor epistémico desarrollado en el primer artículo de esta trilogía.

La representación de los sujetos investigados en el análisis plantea una cuestión ética específica: el investigador habla sobre personas y comunidades que generalmente no tienen acceso a lo que se escribe sobre ellas ni capacidad de cuestionar las interpretaciones que se hacen de sus palabras, prácticas o situaciones. Esta asimetría no desaparece en la investigación aplicada —donde los informes rara vez se comparten con las comunidades investigadas— y puede agravarse cuando los hallazgos se utilizan para justificar decisiones de política que afectan directamente a esas comunidades. El análisis ético no requiere que el investigador renuncie a su capacidad interpretativa; requiere que la ejerza con conciencia de sus consecuencias y con la disposición a reconocer los límites y la parcialidad de su perspectiva.

3.4 El uso de los resultados: responsabilidad más allá del informe

El cuarto momento ético es el menos discutido en la literatura metodológica convencional y posiblemente el de mayor impacto práctico: el uso de los resultados. En la investigación por encargo, el investigador entrega un informe y, en la mayoría de los casos, pierde control sobre la manera en que los hallazgos serán utilizados. Sin embargo, la responsabilidad ética del investigador no termina con la entrega del informe. Si los resultados se utilizan para justificar decisiones que perjudican a las comunidades investigadas, si se extraen de contexto para sostener argumentos que los datos no respaldan, o si se manipulan para legitimar posiciones predeterminadas, el investigador tiene una responsabilidad epistémica y ética que no queda cubierta por el cumplimiento de los términos de referencia del encargo.

Esta dimensión de la responsabilidad sobre el uso de los datos adquiere especial complejidad en el contexto latinoamericano, donde la investigación social aplicada está frecuentemente financiada por actores —agencias internacionales, Estados, empresas— con intereses que no siempre son coincidentes con los de las comunidades investigadas. La guía ética elaborada por investigadores bolivianos (Alemán y Jiménez, 2021) propone que cada elemento del proceso investigativo —desde el proyecto hasta la difusión de resultados— debe pensarse a partir de su impacto en los sujetos involucrados. Esta orientación es exigente, pero es la única coherente con una concepción de la investigación social como práctica con consecuencias reales para personas reales.

4. La posicionalidad del investigador como condición ética del diseño

La posicionalidad del investigador —su trayectoria, su adscripción institucional, su posición en las jerarquías de clase, género, etnia, generación y disciplina— no es un dato biográfico sin consecuencias metodológicas. Es una condición que moldea activamente lo que el investigador puede ver, lo que puede preguntar, a qué tiene acceso y cómo interpreta lo que observa. Reconocer la posicionalidad no equivale a invalidar el conocimiento producido: equivale a precisar las condiciones bajo las cuales ese conocimiento es posible y señalar sus límites inherentes.

Goundar (2025) documentó, a partir de su propia práctica investigativa, que la posicionalidad es una herramienta de protección contra la parcialidad que puede ser cuestionada al concluir el estudio. Esta observación invierte la lógica habitual: la reflexividad sobre la posicionalidad no debilita la investigación, la fortalece, porque hace explícito el marco desde el cual se producen las afirmaciones y permite que otros investigadores evalúen la solidez de las interpretaciones con mayor precisión. Un investigador que ignora su posicionalidad no produce un conocimiento más objetivo; produce un conocimiento que asume como universal lo que es particular y que presenta como neutro lo que está situado.

En el contexto latinoamericano, la dimensión de la posicionalidad que más frecuentemente se omite es la que Quijano (2000) denominó la colonialidad del saber: la posición del investigador formado en tradiciones del Norte global que investiga realidades del Sur sin mediar críticamente los marcos conceptuales con las condiciones específicas del objeto de estudio. Esta forma de posicionalidad no implica mala fe; es frecuentemente invisible precisamente porque los marcos conceptuales hegemónicos se presentan como universalmente válidos. La reflexividad sobre la posicionalidad colonial requiere, por tanto, un esfuerzo activo de desnaturalización de los propios supuestos epistemológicos y de apertura a categorías de comprensión que emergen de las tradiciones intelectuales de la región.

5. Criterios para una ética metodológica integrada en investigación social aplicada

A partir del análisis anterior, se proponen seis criterios para una ética metodológica integrada en la investigación social aplicada. Estos criterios no son procedimientos adicionales que se incorporan al protocolo: son disposiciones que deben estar presentes como orientación a lo largo de todo el proceso investigativo.

El primero es la pregunta ética del diseño: ¿a quién beneficia esta investigación y a quién puede perjudicar? Esta pregunta debe formularse antes del diseño, no después. No exige que la investigación sea neutra —no existe investigación social neutra— sino que el investigador reconozca explícitamente el mapa de intereses en que opera y las consecuencias previsibles de los hallazgos para los distintos actores involucrados. Si el investigador no puede responder a esta pregunta con honestidad, es señal de que la reflexión ética no ha comenzado todavía.

El segundo criterio es el consentimiento sustantivo, no solo formal. El consentimiento informado no es un fin en sí mismo: es un instrumento al servicio del respeto a la autonomía de los participantes. Un consentimiento es sustantivo cuando los participantes comprenden efectivamente para qué se usarán los datos que proporcionan, cuáles son las consecuencias posibles de su participación y cuáles son sus opciones reales de negarse o retirarse. En contextos de alta asimetría de poder, garantizar este tipo de consentimiento requiere esfuerzos activos de los investigadores que van más allá de la presentación de un formulario.

En el contexto centroamericano, Achío Tacsan (2003) advirtió que la traslación acrítica del modelo biomédico de evaluación ética a las ciencias sociales produce procedimientos formalmente correctos que resultan sustantivamente inadecuados para capturar los dilemas específicos de la investigación social en contextos de alta asimetría estructural. Esta observación, formulada desde Costa Rica pero pertinente para toda la región, refuerza la necesidad de un consentimiento que sea sustantivo antes que meramente procedimental.

El tercer criterio es la reflexividad sobre la posicionalidad. El investigador debe ser capaz de explicitar cómo su posición —disciplinar, institucional, social, cultural— afecta lo que puede ver, lo que puede preguntar y cómo interpreta lo que observa. Esta reflexividad debe ser documentada de manera que esté disponible para quienes evalúan los hallazgos y para quienes puedan querer replicar o contestar el estudio.

El cuarto criterio es la honestidad analítica. Los hallazgos deben presentarse de manera que refleje lo que los datos dicen, con independencia de si eso es lo que el mandante esperaba encontrar o lo que el investigador hubiera preferido encontrar. Cuando los hallazgos son incómodos para alguno de los actores involucrados en la investigación, la tentación de suavizarlos, reencuadrarlos o simplemente omitirlos es una tentación ética que el investigador debe reconocer y resistir.

El quinto criterio es la responsabilidad sobre el uso de los resultados. El investigador debe establecer, desde la fase de negociación del encargo, condiciones mínimas sobre el uso de los hallazgos: que no se extraerán de contexto, que no se utilizarán para justificar decisiones que los datos no respaldan, que se informará a las comunidades investigadas sobre los principales hallazgos que les conciernen. Este criterio no siempre puede garantizarse en su totalidad en contextos de investigación por encargo, pero su explicitación desde el inicio del proceso establece un marco de expectativas que tiene valor por sí mismo.

El sexto criterio, que articula todos los anteriores, es la reciprocidad como horizonte. La investigación social que no reconoce ninguna obligación de devolución hacia quienes contribuyeron a la producción del conocimiento —ya sea en forma de información sobre los hallazgos, de participación en la interpretación, o de beneficios tangibles derivados de los resultados— opera desde una lógica de extracción que es epistemológicamente empobrecedora y éticamente insostenible. La reciprocidad no significa que toda investigación deba ser participativa o comunitaria; significa que el investigador reconoce que quienes producen el conocimiento con él tienen derechos sobre ese conocimiento que van más allá de la protección de su anonimato.

6. Discusión

Los criterios propuestos en este artículo dialogan con tradiciones éticas diversas pero comparten una premisa fundamental: que la ética en la investigación social no puede reducirse a la aplicación de principios universales a situaciones particulares. Abad (2016) mostró que la ética vacía es, en última instancia, una forma de irresponsabilidad disfrazada de cumplimiento: satisface las exigencias formales del campo sin asumir las responsabilidades sustantivas que se derivan de la intervención del investigador en la vida de las personas y comunidades. Los criterios propuestos apuntan, por el contrario, a una ética que emerge del proceso mismo: que se reformula a lo largo del trabajo de campo, que reconoce las tensiones y dilemas sin resolverlos artificialmente, y que acepta la incomodidad como parte constitutiva de la práctica investigativa responsable.

La articulación de la ética con el rigor epistémico y la innovación metodológica —los temas de los dos artículos anteriores de esta trilogía— no es un ejercicio retórico. Existe una relación de condicionamiento mutuo entre los tres valores. Un diseño sin rigor epistémico produce hallazgos que pueden ser éticamente dañinos precisamente porque parecen sólidos sin serlo: una evidencia metodológicamente decorada que justifica decisiones con consecuencias reales. Una innovación metodológica sin validación epistemológica puede reproducir, en nuevas formas técnicas, las mismas asimetrías de poder que la investigación comprometida intenta superar. Y una práctica sin reflexión ética integrada puede ser metodológicamente rigurosa en sentido técnico y producir, sin embargo, un conocimiento que no reconoce sus propias condiciones de producción ni sus consecuencias para quienes contribuyeron a generarlo.

Una tensión que merece reconocimiento explícito es la que existe entre los criterios propuestos y las condiciones estructurales de la investigación por encargo en América Latina. Los mandantes no siempre comparten los mismos valores éticos que los investigadores; los plazos y los formatos de los informes rara vez están diseñados para facilitar la reciprocidad con las comunidades investigadas; y las relaciones de dependencia económica entre investigadores y financiadores pueden crear presiones que dificultan la honestidad analítica. Estas tensiones son reales y no deben subestimarse. Pero reconocerlas no equivale a rendirse ante ellas: equivale a identificar con precisión dónde están los márgenes de acción del investigador y a decidir, con plena conciencia, cómo actuar dentro de esos márgenes.

Finalmente, la perspectiva latinoamericana que atraviesa este artículo no es solo una contextualización geográfica: es un posicionamiento epistemológico y ético. La colonialidad del saber (Quijano, 2000) y la ecología de saberes (de Sousa Santos, 2010) no son propuestas de interés exclusivo para investigadores de la región; son aportes al debate global sobre las condiciones éticas de la producción de conocimiento social que tienen relevancia más allá de su contexto de origen. La investigación social aplicada en América Latina puede contribuir a ese debate global no solo importando marcos conceptuales, sino también exportando una tradición de reflexividad ética forjada en condiciones de desigualdad estructural que ha producido herramientas intelectuales de valor universal.

7. Conclusiones

La ética no va al final. Va en el diseño, en el acceso al campo, en la producción de los datos, en el análisis, en la redacción de los hallazgos y en el uso de los resultados. Una práctica investigativa que relega la ética a una sección del protocolo —satisfecha antes de entrar al campo y olvidada después— no está siendo ética en un sentido sustantivo. Está siendo, en el mejor de los casos, formalmente correcta.

Los seis criterios propuestos —la pregunta ética del diseño, el consentimiento sustantivo, la reflexividad sobre la posicionalidad, la honestidad analítica, la responsabilidad sobre el uso de los resultados y la reciprocidad como horizonte— no constituyen una ética perfecta ni un conjunto de reglas que eliminan los dilemas. Constituyen una disposición: la disposición a tratar cada decisión metodológica como una decisión con consecuencias morales, a reconocer las asimetrías de poder en que opera la investigación sin naturalizarlas, y a sostener estándares de responsabilidad incluso cuando los incentivos del campo presionan en dirección contraria.

Con este tercer artículo concluye la trilogía metodológica. Su argumento conjunto puede resumirse en una proposición: la investigación social aplicada puede ser rigurosa, innovadora y éticamente comprometida de manera simultánea, y estas tres condiciones no están en tensión sino en articulación. El rigor epistémico —del primer artículo— establece la coherencia entre el problema, la pregunta y el análisis. La innovación fundamentada —del segundo— amplía el alcance explicativo del diseño sin perder esa coherencia. La ética integrada —de este tercero— ancla el proceso en una responsabilidad con las personas y comunidades cuya realidad se investiga. Una cultura metodológica que asuma estas tres condiciones como dimensiones complementarias no es solo una aspiración académica: es la base de una práctica investigativa que produce conocimiento socialmente relevante con integridad intelectual y responsabilidad humana.

Referencias

Abad, B. (2016). Investigación social cualitativa y dilemas éticos: De la ética vacía a la ética situada. Empiria. Revista de Metodología de Ciencias Sociales, (34), 101–120. https://doi.org/10.5944/empiria.34.2016.16524

Achío Tacsan, M. (2003). Los comités de ética y la investigación en ciencias sociales. Revista de Ciencias Sociales (Universidad de Costa Rica), I(99), 85–95.

Alemán, N., y Jiménez, A. (2021). Guía de consideraciones éticas de investigación social y de comunicación. Universidad Católica Boliviana San Pablo.

Bourdieu, P. (1975). La spécificité du champ scientifique et les conditions sociales du progrès de la raison. Sociologie et Sociétés, 7(1), 91–118.

de Sousa Santos, B. (2010). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Ediciones Trilce / Extensión Universitaria, Universidad de la República.

Goundar, P. R. (2025). Researcher positionality: Ways to include it in a qualitative research design. Methodological Innovations, 18(1). https://doi.org/10.1177/16094069251321251

Hall, W. (2017). Ethics in social research. En P. Leavy (Ed.), The Oxford handbook of qualitative research (2.ª ed., pp. 95–122). Oxford University Press.

Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En E. Lander (Comp.), La colonialidad del saber: Eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas (pp. 201–246). CLACSO.

Muñoz Martínez, R. (2025). La ética en la investigación social, sus ausencias, urgencias y posibilidades: Propuestas críticas desde América Latina. Salud Colectiva, 21, e5759. https://doi.org/10.18294/sc.2025.5759

Scheytt, C., y Pflüger, J. (2024). Conducting qualitative research in organizations ethically: Organizationality as a heuristic to identify ethical challenges. Methodological Innovations, 17(1). https://doi.org/10.1177/16094069241237548

Schleytt, T., y cols. (2024). Ethical challenges in qualitative sociology: A systematic literature review. Frontiers in Sociology, 9, 1458423. https://doi.org/10.3389/fsoc.2024.1458423

Nota de cierre de la trilogía

Este artículo es el tercero y último de la Trilogía de artículos metodológicos en ciencias sociales aplicadas. Los tres artículos comparten una convicción articuladora: que la investigación social aplicada rigurosa, innovadora y éticamente comprometida no es una aspiración inalcanzable, sino el resultado de una cultura metodológica que trata estas tres condiciones como dimensiones complementarias de un mismo compromiso con la producción de conocimiento socialmente relevante. Los artículos que integran la trilogía son:

Artículo 1: El rigor como postura epistémica: hacia una cultura metodológica en la investigación social aplicada.

Artículo 2: Innovar sin improvisar: criterios para la adopción de métodos emergentes en la investigación social aplicada.

Artículo 3: La ética no va al final: decisiones metodológicas como decisiones morales en la investigación social aplicada.


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