LA CRISIS DEL SUJETO HISTÓRICO CLÁSICO Laclau, Gorz y Hardt-Negri ante el agotamiento del proletariado fordista
Este artículo examina tres diagnósticos fundamentales acerca de la crisis del sujeto histórico clásico elaborados por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, André Gorz, y Michael Hardt y Antonio Negri. El punto de partida compartido de los tres marcos es el reconocimiento del agotamiento del proletariado
LA CRISIS DEL SUJETO HISTÓRICO CLÁSICO
Laclau, Gorz y Hardt-Negri ante el agotamiento del proletariado fordista
Raul Dubón
Investigador independiente | raul.dubon95@gmail.com
Propuesta para: Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales / Íconos (FLACSO Ecuador)
Resumen
Este artículo examina tres diagnósticos fundamentales acerca de la crisis del sujeto histórico clásico elaborados por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, André Gorz, y Michael Hardt y Antonio Negri. El punto de partida compartido de los tres marcos es el reconocimiento del agotamiento del proletariado industrial fordista como actor privilegiado de la transformación social, agotamiento que cada autor diagnostica desde coordenadas epistemológicas distintas: el posestructuralismo discursivo en Laclau y Mouffe, la economía política posfordista en Gorz, y la teoría del trabajo inmaterial en Hardt y Negri. El artículo reconstruye con fidelidad conceptual cada uno de esos marcos, identifica sus convergencias y divergencias mediante un análisis comparativo sistemático, y demuestra que los tres comparten tres silencios estructurales que limitan su operatividad para el análisis del capitalismo latinoamericano: la colonialidad como dimensión co-constitutiva del capitalismo histórico en el continente, la especificidad territorial de las formas de desposesión en el capitalismo neoliberal, y la heterogeneidad histórico-estructural que el capitalismo latinoamericano nunca logró homogeneizar. El argumento central no es que estos marcos sean incorrectos sino que son insuficientes, y que esa insuficiencia es teóricamente productiva porque señala con precisión los conceptos adicionales que una teoría del sujeto histórico operativa para América Latina en el siglo XXI debe incorporar desde el pensamiento decolonial y el materialismo del Sur Global.
Palabras clave: sujeto histórico; posmarxismo; proletariado fordista; Laclau-Mouffe; colonialidad; heterogeneidad estructural; América Latina
Abstract
This article examines three fundamental diagnoses of the crisis of the classical historical subject developed by Ernesto Laclau and Chantal Mouffe, André Gorz, and Michael Hardt and Antonio Negri. The shared starting point of all three frameworks is the recognition of the exhaustion of the Fordist industrial proletariat as a privileged agent of social transformation — a diagnosis that each author approaches from distinct epistemological coordinates: post-structuralist discourse theory in Laclau and Mouffe, post-Fordist political economy in Gorz, and the theory of immaterial labour in Hardt and Negri. Through a systematic comparative analysis, the article reconstructs each framework, identifies its convergences and divergences, and demonstrates that all three share three structural silences that limit their analytical utility for Latin American capitalism: coloniality as a co-constitutive dimension of historical capitalism in the continent, the territorial specificity of dispossession under neoliberal capitalism, and the historical-structural heterogeneity that Latin American capitalism never managed to homogenise. The central argument is not that these frameworks are wrong but that they are insufficient, and that this insufficiency is theoretically productive — it identifies precisely the additional concepts that any theory of the historical subject adequate for twenty-first-century Latin America must incorporate from decolonial thought and Global South materialism.
Keywords: historical subject; post-Marxism; Fordist proletariat; Laclau-Mouffe; coloniality; structural heterogeneity; Latin America
1. Introducción: la pregunta que el siglo XX no pudo responder
¿Quién puede ser sujeto histórico en el capitalismo del siglo XXI? Esta pregunta, que parece filosóficamente antigua, adquiere una urgencia política inmediata cuando se la confronta con el estado actual de los movimientos de transformación social en América Latina. Las izquierdas latinoamericanas, los movimientos indígenas, los sindicatos en proceso de rearticulación, los colectivos feministas y las comunidades ecoterritoriales comparten una interrogante implícita que sus prácticas no siempre logran articular teóricamente: ¿sobre qué base colectiva es posible construir una política transformadora cuando la fragmentación es la norma, la precarización es estructural y la subjetividad neoliberal ha colonizado incluso las formas de autocomprensión de los subalternos? Esta pregunta es el eje que organiza el presente artículo.
El pensamiento crítico europeo de las últimas cuatro décadas ha ofrecido tres respuestas influyentes a esta interrogante, elaboradas por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (1985), André Gorz (1980) y Michael Hardt y Antonio Negri (2000, 2004). Estas tres respuestas comparten un punto de partida: el reconocimiento de que el proletariado industrial fordista ya no puede cumplir el papel de sujeto histórico universal que el marxismo clásico le había asignado. La clase obrera masculina, estable, concentrada en grandes complejos fabriles, organizada sindicalmente y portadora de una identidad política relativamente cohesionada fue el sujeto que el marxismo clásico construyó como protagonista de la historia. Ese sujeto no desapareció —la explotación no desapareció— pero dejó de ser el actor mayoritario ni el que organizaba políticamente a los demás.
El objeto de estudio del artículo es, por tanto, doble: por un lado, los tres diagnósticos posmarxistas de la crisis del proletariado fordista como sujeto histórico clásico; por otro, los silencios estructurales que esos diagnósticos comparten respecto a la realidad latinoamericana. La pregunta de investigación que guía el análisis puede formularse con precisión: ¿en qué medida los tres marcos posmarxistas europeos más influyentes para pensar la crisis del sujeto histórico —Laclau-Mouffe, Gorz y Hardt-Negri— resultan suficientes para comprender la constitución y las formas de acción colectiva de los sujetos transformadores en el capitalismo latinoamericano del siglo XXI, y cuáles son los límites estructurales de su operatividad analítica en ese contexto?
El argumento central del artículo tiene tres movimientos. El primero es reconstructivo: se trata de reconstruir con fidelidad conceptual cada uno de los tres marcos, sin simplificarlos ni reducirlos a caricaturas. El segundo es comparativo: se identifican las convergencias y divergencias entre los tres marcos mediante un análisis sistemático que va más allá de la yuxtaposición. El tercero, y más importante, es crítico-productivo: se señalan los tres silencios estructurales que los marcos comparten —colonialidad, territorio y heterogeneidad histórico-estructural— no como defectos que invaliden los análisis, sino como indicadores precisos de los conceptos adicionales que cualquier teoría del sujeto histórico del siglo XXI en América Latina debe incorporar para ser analíticamente operativa.
La relevancia de este análisis excede el debate académico. En un momento en que los movimientos sociales latinoamericanos —desde las comunidades indígenas que resisten el extractivismo en Guatemala y Honduras hasta los movimientos feministas plurinacionales del Cono Sur, pasando por las luchas campesinas por la reforma agraria en Brasil— buscan marcos de inteligibilidad para sus propias prácticas transformadoras, la evaluación rigurosa de las herramientas teóricas disponibles no es un ejercicio de erudición sino una contribución a la praxis política. Si esas herramientas son insuficientes, es políticamente urgente saber exactamente en qué son insuficientes y qué habría que añadirles. Ese es el propósito del presente artículo.
2. Estado del arte: el debate posmarxista y sus interlocutores
El debate sobre la crisis del sujeto histórico clásico tiene su origen inmediato en la confluencia de dos crisis de los años setenta y ochenta: la crisis del capitalismo fordista —desindustrialización, reestructuración productiva, ofensiva neoliberal del capital contra los sindicatos— y la crisis del marxismo como proyecto político y como programa teórico. La derrota de las izquierdas europeas ante el ascenso del thatcherismo y el reaganismo, seguida del hundimiento del "socialismo realmente existente", creó la condición de posibilidad para una revisión profunda de los fundamentos del pensamiento crítico. Perry Anderson (1976) había diagnosticado el "marxismo occidental" como una tradición filosóficamente sofisticada pero políticamente impotente, desconectada de los movimientos reales; su diagnóstico se volvió más urgente cuando esos movimientos comenzaron a retroceder. Los tres textos fundacionales analizados en este artículo son respuestas directas a esa doble crisis.
La recepción de Hegemonía y estrategia socialista (1985) de Laclau y Mouffe fue inmediatamente polémica. Desde el marxismo, Norman Geras (1987) acusó a los autores de un "post-marxismo sin apologías" que equivalía al abandono del materialismo histórico; la respuesta de Laclau y Mouffe fue que el materialismo histórico nunca fue otra cosa que el esencialismo de clase que ellos criticaban, y que la renovación de la política emancipatoria requería prescindir de ese esencialismo. El debate Laclau-Wood, que se extendió a lo largo de los años ochenta y noventa, constituyó la discusión más rigurosa y productiva sobre los fundamentos del pensamiento político de izquierda en ese período. Ellen Meiksins Wood (1986) señaló que el abandono de la clase como categoría analítica no producía más libertad política sino la disolución de cualquier criterio para distinguir una articulación transformadora de una que simplemente reorganizaba el poder entre élites.
Farewell to the Working Class (1980) de Gorz es, en comparación, un texto menos frecuentemente citado en los debates teóricos latinoamericanos, aunque su diagnóstico sociológico es de una precisión empírica que los textos más filosóficos no igualan. La "no-clase de los no-trabajadores" que Gorz identifica —trabajadores precarios, intermitentes, sin identidad laboral estable— anticipa con cuarenta años de antelación los debates contemporáneos sobre el trabajo en plataformas digitales, la gig economy y las consecuencias de la automatización sobre el empleo. Standing (2011) actualizaría este diagnóstico con el concepto de "precariado", y los debates sobre el ingreso básico universal retoman directamente la propuesta política de Gorz sobre la separación del ingreso y el empleo. Sin embargo, la recepción latinoamericana de Gorz ha sido crítica precisamente porque la "desindustrialización" que él describe como origen de la no-clase no corresponde a la historia del capitalismo en la región, donde la informalidad estructural es anterior al fordismo y no su producto.
La trilogía de Hardt y Negri —Imperio (2000), Multitud (2004), Commonwealth (2009)— tuvo una recepción extraordinariamente amplia, tanto en los círculos académicos como en los movimientos sociales globales del inicio del siglo XXI. El concepto de "multitud" fue adoptado por activistas del movimiento altermundialista como marco de autocomprensión, y la propuesta de "lo común" como horizonte político conectó con debates preexistentes sobre los bienes comunes (Ostrom, 1990) y con las luchas concretas de comunidades que defendían el agua, la tierra y el conocimiento. Sin embargo, las críticas rigurosas no tardaron en aparecer. Harvey (2003) señaló que el Imperio desterritorializado de Hardt y Negri no tiene existencia empírica: los Estados Unidos mantienen cientos de bases militares en decenas de países, y el control territorial sigue siendo fundamental para la acumulación capitalista. Žižek (2006) criticó la indefinición empírica del concepto de multitud, y Dardot y Laval (2009) señalaron la paradoja más profunda: si el trabajo inmaterial produce espontáneamente lo común, ¿por qué los trabajadores inmateriales no forman movimientos transformadores de manera masiva?
Desde el pensamiento latinoamericano, la recepción del debate posmarxista europeo ha sido simultáneamente receptiva y crítica. Quijano (2000) demostró que la categoría de clase con la que el posmarxismo dialoga ya era insuficiente para América Latina antes de la crisis fordista, porque ignoraba la racialización constitutiva del trabajo colonial desde el siglo XVI. Santos (2014) advirtió que la renovación teórica europea reproducía la "arrogancia epistémica" que caracteriza al pensamiento occidental: seguía pensando la emancipación desde categorías producidas en el Norte Global, sin interrogar el propio punto de enunciación. Zavaleta Mercado (1986), desde Bolivia, elaboró el concepto de "heterogeneidad histórico-estructural" para dar cuenta de una formación social donde coexisten, sin homogeneizarse, formas de producción y organización correspondientes a distintas épocas históricas —lo que hace que ni el sujeto del marxismo clásico ni el del posmarxismo europeo sean reconocibles en la realidad latinoamericana.
El debate permanece abierto y políticamente urgente. Los movimientos sociales latinoamericanos del siglo XXI —el zapatismo en México, la CONAIE en Ecuador, el MST en Brasil, los movimientos feministas plurinacionales— han producido prácticas de articulación política y de construcción de sujetos colectivos que ninguno de los tres marcos europeos puede explicar completamente. El análisis comparativo y crítico de esos marcos que este artículo ofrece no pretende cerrar el debate sino identificar con precisión qué herramientas conceptuales son aún útiles, cuáles necesitan ser corregidas, y cuáles deben ser reemplazadas por otras elaboradas desde la experiencia histórica específica de América Latina.
3. Marco teórico: el sujeto histórico entre estructura y articulación
El concepto de "sujeto histórico" que este artículo emplea requiere una clarificación teórica previa. No se trata del sujeto filosófico de la modernidad occidental —el individuo autónomo, racional, propietario de sí mismo— sino del actor colectivo cuya posición en las relaciones sociales y cuya práctica política tiene la capacidad de impulsar transformaciones estructurales en el orden social existente. En el marxismo clásico, ese actor era el proletariado industrial, cuya posición en las relaciones de producción lo constituía simultáneamente como el sujeto más explotado por el capitalismo y como el sujeto con la posición más estratégica para transformarlo. La crisis del sujeto histórico clásico no es la desaparición de la explotación sino el agotamiento de esa coincidencia entre posición estructural e identidad política transformadora.
El concepto de fordismo que estructura el análisis de este artículo no remite únicamente a la técnica de producción en serie que Henry Ford implementó en Detroit en 1913. Remite, en sentido amplio, a un régimen de acumulación que articuló, durante aproximadamente cuatro décadas en las economías centrales (1945-1975), producción masiva, consumo masivo, Estado de bienestar y un modelo específico de sujeto político: el trabajador masculino adulto, con contrato estable, organizado sindicalmente, con identidad laboral fuerte y acceso a servicios públicos. Es ese sujeto —no el proletariado abstracto de los Manuscritos económico-filosóficos— el que los tres marcos posmarxistas examinados declaran agotado como base del sujeto histórico clásico. Comprender con precisión qué fue el fordismo es condición para comprender con precisión qué entró en crisis.
El marco comparativo que el artículo emplea para analizar los tres diagnósticos posmarxistas opera en tres niveles. El primero es ontológico: ¿qué tipo de entidad es el sujeto político para cada marco? El segundo es causal: ¿qué factores producen el agotamiento del sujeto clásico y qué fuerzas generan el sujeto alternativo? El tercero es político-estratégico: ¿qué horizonte de transformación propone cada marco y qué tipo de práctica articulatoria requiere ese horizonte? Analizar los tres marcos en estos tres niveles simultáneamente permite identificar no solo sus conclusiones sino sus premisas, y por tanto los puntos en que sus diferencias son irreductibles y los puntos en que sus tensiones son productivamente complementarias.
4. Tres diagnósticos de la crisis
4.1 El orden fordista y su sujeto: arqueología de un agotamiento
Para entender la crisis del sujeto clásico es necesario entender primero con precisión cuál fue el orden que entró en crisis. El orden fordista no fue solo una técnica de producción; fue una forma de organización social total que articuló, en las economías centrales entre 1945 y 1975, producción masiva con consumo masivo, seguridad laboral con acumulación privada, y Estado de bienestar con control político de la clase trabajadora. En ese orden, el trabajo industrial de tiempo completo era la norma dominante del empleo masculino. El trabajador fordista tenía contrato estable, salario creciente vinculado a la productividad, acceso a servicios públicos y organización sindical que le permitía negociar colectivamente. Su identidad social giraba en torno al trabajo: ser metalúrgico, minero, textil o automotriz no era solo una ocupación sino una identidad social fuerte que organizaba la solidaridad, la cultura y la política.
Este sujeto —el obrero fordista— era el que el marxismo clásico tenía en mente cuando hablaba del proletariado como sujeto histórico. No todo el proletariado abstracto, sino ese segmento específico: varones adultos, concentrados en industrias de producción masiva, organizados sindicalmente, con identidad de clase relativamente homogénea. La "clase en sí" definida por la posición objetiva en la producción y la "clase para sí" consciente de sus intereses y organizada para defenderlos coincidían, con todas las mediaciones necesarias, en ese sujeto histórico específico. Lo que el fordismo dejaba fuera era enorme: el trabajo doméstico no remunerado mayoritariamente femenino, el trabajo informal y precario mayoritariamente en el Sur Global, el trabajo campesino, el trabajo de los migrantes racializados. El sujeto del marxismo clásico era, en buena medida, la abstracción del segmento más organizado, más visible y más privilegiado de la fuerza de trabajo.
Lo que ocurrió en la segunda mitad del siglo XX no fue la refutación teórica de esa respuesta sino su vaciamiento histórico. El capitalismo se transformó: la automatización eliminó empleos industriales estables, la externalización y la subcontratación fragmentaron los grandes centros productivos, la flexibilización del trabajo impidió la formación de identidades laborales estables, la individualización de los contratos debilitó la organización sindical. A esa transformación económica se sumaron otras: la emergencia de nuevos movimientos sociales que no se organizaban en torno al trabajo —feminismo, ecologismo, antirracismo— y que planteaban demandas que el marxismo clásico no sabía integrar; la debacle del socialismo realmente existente, que desacreditó la idea del Estado como instrumento central de la transformación; y la consolidación del neoliberalismo como sentido común que reorganizó las subjetividades de manera más profunda y duradera que cualquier política económica previa.
Esta arqueología del fordismo y su crisis es indispensable para el análisis comparativo de los tres diagnósticos, porque cada uno de ellos responde a una dimensión diferente del mismo proceso de desestructuración. Laclau y Mouffe responden a la crisis de la identidad política de clase —la demostración de que la posición en la estructura productiva no determina la identidad política. Gorz responde a la crisis de las condiciones sociales de la identidad de clase —la destrucción de las bases materiales que hacían posible el sujeto obrero colectivo. Hardt y Negri responden a la emergencia de un nuevo tipo de trabajo —el trabajo inmaterial, cognitivo y afectivo— que el marxismo clásico no había conceptualizado y que parece generar un sujeto político diferente. Los tres diagnósticos son, en ese sentido, complementarios antes que contradictorios: cada uno ilumina una dimensión del agotamiento del sujeto clásico que los otros no ven con la misma claridad.
4.2 Laclau y Mouffe: hegemonía sin ancla material
La ruptura más radical con la concepción clásica del sujeto histórico proviene, paradójicamente, de un libro que se reclama heredero de la tradición marxista. Hegemonía y estrategia socialista (1985) de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe comienza con una arqueología del concepto de hegemonía en el pensamiento marxista —de Kautsky a Gramsci— cuyo objetivo es mostrar que las contradicciones del marxismo no son errores contingentes sino consecuencias necesarias de sus premisas fundantes. La premisa fundamental que Laclau y Mouffe impugnan es el esencialismo de clase: la idea de que la posición en la estructura económica determina la identidad política. Esa premisa, argumentan, es teóricamente insostenible porque presupone que las identidades sociales son entidades constituidas antes de la política, cuando en realidad se constituyen a través de la política.
El argumento central es ontológico: no existe ningún sujeto histórico predeterminado por la estructura económica. Los sujetos políticos no preexisten a la política —se construyen a través de ella, específicamente a través de prácticas de articulación hegemónica. La articulación es, en la teoría de Laclau y Mouffe, la práctica que establece relaciones entre elementos discursivos de tal modo que la identidad de cada uno queda modificada como resultado de la práctica articulatoria. Los elementos que se articulan —demandas de trabajadores, de feministas, de ecologistas, de comunidades racializadas— no tienen contenido político predeterminado. Su contenido político emerge de la articulación misma. Una demanda de mejora salarial puede articularse en una cadena de equivalencias anticapitalista o puede articularse en una cadena que reproduce el orden existente: el resultado depende del trabajo político de articulación, no de ninguna determinación estructural previa.
La noción de cadena de equivalencias es central para comprender cómo opera la hegemonía en este marco. La hegemonía funciona construyendo una equivalencia entre demandas heterogéneas: haciendo que las demandas de los trabajadores, las feministas, los ecologistas y las comunidades indígenas se sientan como partes del mismo proyecto político, aunque provengan de posiciones de sujeto completamente diferentes. Esa equivalencia no refleja ninguna unidad objetiva preexistente —es una construcción política que requiere trabajo activo de articulación discursiva alrededor de un "significante vacío": un término que unifica la cadena precisamente porque carece de contenido positivo propio. "El pueblo", "la patria", "el cambio" son significantes vacíos que pueden articular demandas heterogéneas sin unificarlas en torno a un programa determinado.
Las consecuencias para la teoría del sujeto histórico son de largo alcance y no pueden ser ignoradas por ninguna teoría política seria. Primera: la identidad política de los trabajadores no se desprende automáticamente de su posición en las relaciones de producción; requiere trabajo político de articulación que puede producir identidades transformadoras o conservadoras. Segunda: los nuevos movimientos sociales —feminismo, ecologismo, antirracismo— no son periféricos respecto a un sujeto histórico "verdadero" sino expresiones de múltiples ejes de subordinación que el capitalismo produce y que tienen la misma legitimidad política que la lucha de clases en el sentido tradicional. Tercera: la transformación social no la produce un agente ya constituido antes de la política sino que emerge del proceso mismo de articulación hegemónica.
Sin embargo, la teoría de Laclau y Mouffe tiene limitaciones que su propia sofisticación no puede resolver. La primera y más importante es la siguiente: al disolver el anclaje material del sujeto en la articulación discursiva, la teoría pierde la capacidad de especificar qué articulaciones son más probables en condiciones estructurales concretas. Si cualquier articulación es posible en principio, no hay herramienta teórica para distinguir una articulación que produce transformación real de una que simplemente reorganiza el poder entre élites. La segunda limitación es específicamente latinoamericana: el campo discursivo donde ocurre la articulación hegemónica en el Sur Global no es simplemente "político" en el sentido de Laclau —está estructurado por la colonialidad. Las identidades que se articulan son identidades ya marcadas por quinientos años de colonización racial que determinan qué posiciones son disponibles para qué sujetos, qué lenguajes son legítimos y cuáles están subalternizados.
4.3 Gorz: la no-clase del posfordismo europeo
André Gorz llega a la misma conclusión que Laclau y Mouffe —la clase obrera clásica ya no puede ser el sujeto histórico privilegiado— pero por un camino completamente diferente: no desde la filosofía del lenguaje y el postestructuralismo, sino desde la economía política y la sociología del trabajo. Farewell to the Working Class (1980) es un diagnóstico brutal y empíricamente anclado. Gorz no dice que la clase obrera debería dejar de ser el sujeto histórico por razones teóricas. Dice que ya ha dejado de serlo por razones materiales: el capitalismo posfordista ha destruido las condiciones sociales de su identidad colectiva. Lo que emerge en su lugar es lo que Gorz denomina la "no-clase de los no-trabajadores": un conjunto heterogéneo de personas precarizadas, desempleadas intermitentes y trabajadores de servicios sin continuidad laboral que no comparten ni el tiempo, ni el espacio, ni la identidad que hacían posible el sindicato industrial.
Para comprender el diagnóstico de Gorz es necesario entender qué hacía al proletariado fordista un potencial sujeto histórico. Esas condiciones eran cuatro: trabajo estable y continuo que permitía organizaciones sindicales duraderas; concentración espacial en fábricas y barrios obreros que producía solidaridad y cultura de clase; identidad laboral fuerte que organizaba la vida entera —los tiempos, las sociabilidades, los horizontes de futuro; y un proyecto político relativamente coherente —el socialismo, en sus diversas versiones— que daba sentido histórico a esa identidad. La reestructuración capitalista posfordista destruyó sistemáticamente esas cuatro condiciones. La automatización eliminó empleos industriales estables. La externalización y la subcontratación fragmentaron los grandes centros productivos. La flexibilización del trabajo —temporal, part-time, a domicilio, por proyecto— impidió la formación de identidades laborales estables. La individualización de los contratos debilitó la organización sindical.
La propuesta política de Gorz —reducir radicalmente el tiempo de trabajo heterónomo y ampliar la esfera autónoma— tiene una actualidad que su momento histórico no permitió apreciar plenamente. Escrito en 1980, Farewell to the Working Class anticipa con cuarenta y cinco años de antelación los debates contemporáneos sobre la automatización, el ingreso básico universal y las consecuencias de la inteligencia artificial sobre el empleo. La pregunta central de Gorz —¿quién se apropia del tiempo liberado por la automatización: el capital o los trabajadores?— es una de las preguntas políticas más urgentes de los años veinte del siglo XXI. La distinción entre "trabajo heterónomo" —definido por objetivos externos, subordinado a la lógica de la ganancia— y "actividad autónoma" —definida por los propios actores, orientada a la realización de la vida— prefigura debates sobre los límites del trabajo como forma dominante de vida social que ningún pensamiento crítico contemporáneo puede ignorar.
Pero el diagnóstico de Gorz tiene limitaciones que se hacen visibles desde América Latina con particular claridad. La más importante es que la "no-clase" que describe es un producto de la crisis del fordismo europeo —y en América Latina nunca existió fordismo en ese sentido pleno. La informalidad estructural latinoamericana no es el resultado de la desindustrialización posfordista: es la forma histórica originaria del capitalismo colonial, previa a cualquier fordismo que pudiera entrar en crisis. El campesino guatemalteco que trabaja tierras comunales bajo presión del extractivismo, el vendedor ambulante bogotano, la trabajadora doméstica peruana no son "ex-obreros fordistas que se volvieron precarios": son sujetos cuya condición tiene quinientos años de historia que el fordismo nunca tocó y que la posfordización tampoco puede explicar. La segunda limitación es la ausencia sistemática de las dimensiones de género y colonialidad del trabajo. La "esfera autónoma" que Gorz propone como alternativa al trabajo heterónomo presupone sujetos con tiempo libre disponible —pero en el capitalismo patriarcal y racial ese tiempo libre no se distribuye igualmente.
A pesar de estas limitaciones, el aporte de Gorz al debate sobre el sujeto histórico no puede descartarse. Su insistencia en las condiciones materiales de la identidad colectiva —la idea de que la subjetividad política no flota libre sobre las condiciones de vida sino que emerge de ellas— es un correctivo necesario al voluntarismo articulatorio que puede derivarse de la lectura de Laclau. Y su diagnóstico de la precarización como destrucción de las bases del sujeto colectivo sigue siendo analíticamente potente: la pregunta sobre cómo se construye solidaridad política entre sujetos cuyas condiciones de trabajo son radicalmente heterogéneas, intermitentes y fragmentadas es una de las preguntas prácticas más urgentes para los movimientos sociales latinoamericanos del siglo XXI.
4.4 Hardt y Negri: la multitud entre la inmanencia y el esencialismo
Michael Hardt y Antonio Negri construyen en la trilogía Imperio (2000), Multitud (2004) y Commonwealth (2009) la propuesta más ambiciosa del debate posmarxista: una teoría del nuevo sujeto histórico que emerge del capitalismo posfordista, que identifica su carácter específico, que propone el horizonte político que puede articularlo, y que conecta esa teoría con una concepción de la soberanía y el poder global en el siglo XXI. El punto de partida es el diagnóstico del cambio en la forma del trabajo: el capitalismo posfordista ha producido una transformación cualitativa en la naturaleza del trabajo dominante. El trabajo fordista era trabajo manual y mecánico, producción de objetos físicos en la línea de ensamblaje. El trabajo posfordista es trabajo inmaterial: cognitivo —producción de conocimiento, software, análisis—, comunicativo —producción de relaciones, afectos, redes— y afectivo —cuidado, enseñanza, servicio, atención.
Esta transformación tiene una consecuencia que Hardt y Negri consideran decisiva para la teoría del sujeto histórico: el trabajo inmaterial produce inherentemente lo que llaman "lo común" —conocimiento, lenguaje, afectos, relaciones que no pueden ser apropiados individualmente sin destruir su valor. El valor de una idea aumenta cuando se comparte, no cuando se acapara. El valor del lenguaje depende de que todos lo usen, no de que nadie lo controle. El capitalismo del siglo XXI acumula apropiando este común producido colectivamente: convirtiendo el conocimiento en propiedad intelectual, las relaciones en datos mercantilizados, el afecto en producto cultural comercializable. La multitud es el sujeto histórico de este proceso: no el pueblo homogéneo, no la masa indiferenciada, no la clase obrera con posición compartida en la producción industrial, sino una multiplicidad de singularidades que producen en común y son explotadas en común, aunque lo hagan desde posiciones, identidades y trayectorias radicalmente diferentes.
La noción de lo común como horizonte político es, en opinión de muchos analistas, el aporte más duradero de la trilogía al debate. En Commonwealth, Hardt y Negri elaboran la propuesta política más concreta: lo común —el agua, la tierra, las semillas, el conocimiento, el lenguaje, el código— no debe ser privatizado, como propone el capitalismo, ni estatizado, como propuso el socialismo del siglo XX. Debe ser gestionado por quienes lo producen y usan. Esta propuesta conecta directamente con las luchas reales de las comunidades que defienden el agua y el territorio en América Latina, con los movimientos por el acceso abierto al conocimiento, con las prácticas de autogestión en las fábricas recuperadas argentinas. Lo común no es un concepto abstracto: es el nombre de lo que está en juego en los conflictos más concretos del capitalismo extractivo latinoamericano.
Sin embargo, las críticas al marco de Hardt y Negri son también las más sistemáticas del debate. Harvey (2003) demuestra con datos geopolíticos que el Imperio desterritorializado que la trilogía postula no tiene existencia empírica: la acumulación capitalista sigue requiriendo control territorial, bases militares, rutas marítimas y acceso a recursos naturales específicamente localizados. La geografía importa, y el capitalismo del siglo XXI lo sabe mejor que sus teóricos. Quijano señaló que la multitud tiene una estratificación racial-colonial que la teoría no tematiza como dimensión co-constitutiva. Dardot y Laval (2009) plantean la pregunta que Multitud no puede responder bien: si la producción biopolítica de lo común es inmanente al trabajo inmaterial, ¿por qué los trabajadores inmateriales no forman espontáneamente movimientos transformadores? La subjetivación neoliberal que produce "empresarios de sí" que compiten sobre lo común en lugar de gestionarlo es la respuesta que falta en la trilogía.
La crítica más profunda al marco de Hardt y Negri no es empírica sino ontológica, y proviene de la misma tradición teórica que ellos invocan: si la multitud tiene potencia constituyente inmanente en virtud de su forma de trabajo, entonces la teoría reproduce exactamente el esencialismo que Laclau criticó en el marxismo clásico, solo que sustituyendo el proletariado por la multitud y el trabajo fabril por el trabajo inmaterial. La promesa de que el sujeto ya está ahí, producido por las condiciones objetivas del capitalismo posfordista, y que solo necesita expresar su potencia para transformar el orden, tiene el mismo problema estructural que la promesa del proletariado como clase universal: no hay ningún mecanismo que garantice que la potencia inmanente se actualice políticamente como transformación, y no como adaptación, cooptación o simplemente reproducción del orden existente con nuevos actores.
4.5 Los tres silencios estructurales del debate europeo
Los tres diagnósticos examinados comparten, más allá de sus diferencias, tres silencios que no son accidentales sino el resultado de su posición de enunciación: todos son textos producidos desde el Norte Global, en respuesta a una crisis que se manifestó primero en el Norte, con categorías producidas por y para sociedades cuya historia colonial está detrás de ellas, no dentro de ellas. El primer silencio es la colonialidad. Ninguno de los tres marcos puede ver que el capitalismo latinoamericano fue racial desde su origen. Para Laclau, la raza es simplemente una de las múltiples identidades que pueden articularse discursivamente. Para Gorz, la "no-clase" es una categoría construida sobre la base del trabajador europeo que salió del fordismo. Para Hardt y Negri, la multitud tiene estratificación racial pero esa estratificación no es co-constitutiva de la categoría sino un dato adicional. Lo que Quijano (2000) demostrará es que la raza no se añade al capitalismo latinoamericano desde afuera —es parte de su estructura desde el siglo XVI, cuando la clasificación racial de la población se convirtió en el criterio de distribución del trabajo y el poder.
El segundo silencio es el territorio. Los tres marcos piensan el capitalismo fundamentalmente desde las relaciones de trabajo —la producción, el empleo, la distribución del tiempo de trabajo. Harvey (2003) demostraría que el capitalismo acumula también —y en América Latina, fundamentalmente— a través de la desposesión de territorios, bienes comunes y medios de vida. La "acumulación por desposesión" —la expropiación de tierras comunales, la privatización del agua, la concesión de territorios indígenas a empresas extractivas— no es un residuo del capitalismo primitivo sino una forma activa y central del capitalismo neoliberal. Esa forma produce sujetos políticos específicos —comunidades indígenas desposeídas, campesinos sin tierra, poblaciones desplazadas por megaproyectos— que no aparecen en ninguno de los tres marcos posmarxistas porque esos marcos no pueden ver el territorio como una relación social de producción en el sentido que lo es en el capitalismo extractivo latinoamericano.
El tercer silencio es la heterogeneidad histórico-estructural. Los tres marcos asumen —en grados diferentes— que el capitalismo produce una realidad social relativamente homogénea. El capitalismo europeo fordista efectivamente tendió hacia la homogeneización de las condiciones de trabajo en las economías centrales durante las décadas doradas. En América Latina, eso no ocurrió. El capitalismo latinoamericano es históricamente heterogéneo: coexisten formas de producción y organización social de distintas épocas —comunidades indígenas con formas de vida no capitalistas, economías campesinas semisubsistentes, trabajo informal urbano, industria posfordista, minería extractiva colonial y agricultura de exportación global— que el capitalismo no homogeneizó sino que articuló de manera desigual y combinada. Zavaleta Mercado (1986) llamó a esta condición "sociedad abigarrada": una formación social donde la modernidad capitalista no borró las formas anteriores sino que las incorporó de manera subordinada y diferenciada. Ninguno de los tres marcos europeos tiene herramientas para pensar esa realidad.
Estos tres silencios tienen consecuencias políticas concretas, no solo teóricas. Un análisis de los movimientos sociales latinoamericanos del siglo XXI que ignore la colonialidad no puede explicar por qué el zapatismo en México, la CONAIE en Ecuador o el COPINH en Honduras formulan sus demandas en términos de territorio, buen vivir y plurinacionalidad en lugar de en términos de clase, democracia radical o multitud. No es que estos movimientos desconozcan el debate posmarxista —es que sus demandas nombran dimensiones de la opresión que ese debate no puede conceptualizar. Un análisis que ignore la desposesión territorial no puede comprender por qué la pregunta por la tierra sigue siendo central en movimientos como el MST brasileño, cuatro décadas después de que Gorz declarara que el proletariado agrario era irrelevante para la política del siglo XXI. Un análisis que ignore la subjetivación neoliberal no puede explicar la dificultad estructural de construir mayorías transformadoras incluso cuando las condiciones objetivas de explotación y despojo son extremas.
5. Discusión: implicaciones para el pensamiento político latinoamericano
Los resultados del análisis comparativo tienen implicaciones directas para el pensamiento político crítico latinoamericano que merecen ser desarrolladas con precisión. La primera implicación es que los tres marcos posmarxistas europeos no pueden ser simplemente "aplicados" a la realidad latinoamericana como si fueran herramientas neutras disponibles para cualquier contexto. Son herramientas producidas desde y para una realidad específica —el capitalismo fordista europeo y su crisis— y su transferencia a otro contexto requiere un trabajo de traducción crítica que identifique qué es generalizable, qué necesita ser modificado y qué debe ser directamente reemplazado por conceptos producidos desde la experiencia latinoamericana. La teoría de la articulación hegemónica de Laclau es generalizable pero necesita ser enriquecida con la colonialidad del campo hegemónico que Quijano y Santos identifican. El diagnóstico de la precarización de Gorz es parcialmente generalizable pero necesita confrontarse con la informalidad estructural latinoamericana. La propuesta de lo común de Hardt y Negri es generalizable pero necesita incorporar la dimensión racial-territorial que la hace irreconocible en el contexto latinoamericano.
La segunda implicación es que los movimientos sociales latinoamericanos del siglo XXI han avanzado, en la práctica, más allá de lo que el debate teórico europeo puede nombrar. El zapatismo construyó formas de autonomía territorial que combinan la demanda de democracia real con la defensa del territorio y la preservación de formas de vida no capitalistas —articulando en la práctica lo que ninguno de los tres marcos puede articular en la teoría. La CONAIE en Ecuador construyó una articulación hegemónica —en el sentido de Laclau— que incorpora la colonialidad como eje estructurador —en el sentido de Quijano— y que tiene como horizonte lo común en formas que trascienden lo que Hardt y Negri pueden imaginar desde su posición de enunciación. El MST en Brasil construyó un sujeto político que no es el proletariado del marxismo clásico ni la no-clase de Gorz ni la multitud de Hardt y Negri: es un sujeto territorial, racialmente complejo, que combina la demanda de tierra con la construcción de formas de vida alternativas al capitalismo agroindustrial.
La tercera implicación se refiere a la relación entre teoría y práctica política. La tradición posmarxista europea, con toda su sofisticación filosófica, tiene una relación extraña con la práctica política concreta: produce conceptos para pensar la política, pero esos conceptos están en su mayoría a un nivel de abstracción que los hace difícilmente traducibles en estrategia. El aporte más práctico de los tres marcos es, paradójicamente, el que formularon con menos pretensiones teóricas: el diagnóstico de la precarización de Gorz ha servido de base para propuestas concretas como el ingreso básico universal, y la noción de lo común de Hardt y Negri ha informado debates sobre la gestión comunitaria del agua, la tierra y el conocimiento que han tenido consecuencias políticas reales. La teoría de la articulación hegemónica de Laclau, siendo la más sofisticada, es también la que más fácilmente puede convertirse en pura ingeniería comunicacional al servicio de cualquier proyecto político, transformador o no.
La cuarta implicación concierne al estatuto del pensamiento producido en América Latina en relación con los debates europeos. El análisis de los tres silencios estructurales demuestra que la incorporación del pensamiento decolonial —Quijano, Santos, Lugones, Mignolo— y del materialismo latinoamericano —Zavaleta Mercado, García Linera— no es un complemento opcional al debate posmarxista europeo sino una corrección estructural. No se trata de añadir una perspectiva regional a un debate ya completo —se trata de reconocer que el debate europeo sobre el sujeto histórico describe parcialmente una realidad que en América Latina tiene dimensiones que solo pueden verse desde adentro. La producción de teoría política crítica en y para América Latina no es una tarea subalterna respecto al pensamiento europeo —es una tarea cuya autonomía intelectual es condición de su adecuación a los problemas que pretende analizar.
6. Conclusiones y agenda de investigación
Este artículo ha demostrado que los tres diagnósticos posmarxistas más influyentes sobre la crisis del sujeto histórico clásico —Laclau y Mouffe, Gorz, Hardt y Negri— comparten tres silencios estructurales que limitan su operatividad analítica para el capitalismo latinoamericano del siglo XXI: la colonialidad como dimensión co-constitutiva del capitalismo en el continente, la especificidad territorial de las formas de desposesión, y la heterogeneidad histórico-estructural que el capitalismo latinoamericano nunca logró homogeneizar. Esa limitación no invalida los marcos —su diagnóstico del agotamiento del proletariado fordista como sujeto histórico clásico es correcto y robusto, sostenido desde ángulos analíticos completamente diferentes. Lo que invalida es su pretensión de suficiencia: la pretensión de que el debate europeo, por sí solo, puede proveer las herramientas teóricas necesarias para pensar los sujetos transformadores en América Latina.
De Laclau y Mouffe, el balance crítico retiene la teoría de la articulación hegemónica como instrumento indispensable: no hay ningún sujeto histórico predeterminado, el sujeto transformador se construye en la práctica articulatoria, y la cadena de equivalencias entre demandas heterogéneas es la forma política de ese sujeto en condiciones de fragmentación. De Gorz, el balance retiene el diagnóstico del agotamiento del fordismo como base material del sujeto clásico, y la pregunta sobre las condiciones materiales de la solidaridad política entre sujetos precarizados como una de las interrogantes prácticas más urgentes. De Hardt y Negri, el balance retiene lo común como horizonte político articulador: la propuesta más concreta y más articulable con las luchas reales de los movimientos latinoamericanos que el debate europeo ha producido. Pero los tres aportes necesitan ser decolonializados, territorizados y heterogeneizados para nombrar lo que el capitalismo latinoamericano produce.
La agenda de investigación que se deriva de este análisis tiene tres líneas prioritarias. La primera consiste en articular la teoría hegemónica de Laclau con las perspectivas decoloniales de Quijano, Santos y Lugones para construir una teoría de la articulación en condiciones de colonialidad: una teoría que pueda especificar cómo el campo hegemónico está estructurado por la colonialidad, qué posiciones de sujeto son disponibles para qué actores, y qué articulaciones son posibles dentro de ese campo estructurado. La segunda línea consiste en integrar el análisis de la acumulación por desposesión de Harvey con la dimensión subjetiva del análisis de Dardot y Laval sobre la subjetivación neoliberal, para comprender cómo la acumulación capitalista produce y destruye simultáneamente sujetos políticos: despojando a comunidades de sus territorios, pero también produciendo subjetividades individualizadas difícilmente articulables como sujetos colectivos. La tercera línea consiste en examinar empíricamente los movimientos latinoamericanos concretos —zapatismo, CONAIE, MST, feminismos plurinacionales— como laboratorios donde estas articulaciones han sido ensayadas con resultados históricos verificables.
El sujeto histórico del siglo XXI en América Latina no es la clase obrera del marxismo clásico, ni el sujeto discursivo del posmarxismo, ni la multitud del capitalismo cognitivo. Es un sujeto complejo, multidimensional e históricamente situado cuya teoría está aún en construcción —y cuya construcción, como ha demostrado este artículo, requiere un diálogo Sur-Sur y un diálogo crítico Norte-Sur que supere la asimetría epistémica en la que el pensamiento crítico europeo sigue produciendo los marcos y el pensamiento latinoamericano sigue recibiéndolos como "perspectivas alternativas". Ese sujeto no espera a que la teoría lo nombre para actuar: ya actúa, en Chiapas y en el Beni, en el Nordeste brasileño y en los barrios populares de Santiago. La teoría tiene la responsabilidad de estar a la altura de su práctica.
Referencias
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