Estructura de clases El Salvador
Este artículo examina la estructura de clases de El Salvador contemporáneo a partir de la relación entre propiedad, trabajo asalariado, autoridad, calificación y posición dentro de la estructura productiva, evitando reducir la clase al nivel de ingreso.
Estructura de clases y posición estratégica del trabajo en El Salvador contemporáneo
Una lectura desde Marx, Lukács y el análisis de clase contemporáneo
José Raúl Dubón Huezo
Sociólogo · Investigación social aplicada
San Salvador, El Salvador · 2026
Resumen
Este artículo examina la estructura de clases de El Salvador contemporáneo a partir de la relación entre propiedad, trabajo asalariado, autoridad, calificación y posición dentro de la estructura productiva, evitando reducir la clase al nivel de ingreso. El enfoque articula la tradición marxista —Marx, Lukács y Hobsbawm— con el análisis de clase contemporáneo, en particular la teoría de las posiciones contradictorias de clase de Erik Olin Wright, y la contrasta con las perspectivas de Weber, Goldthorpe y Bourdieu. Sobre la base de estadísticas oficiales de empleo, producto y estructura empresarial, se argumenta que una economía terciarizada e informalizada como la salvadoreña no es inteligible mediante la sola oposición entre burguesía y proletariado ni mediante la escala baja-media-alta. La fragmentación ocupacional, la expansión del trabajo por cuenta propia de subsistencia y la delgadez del estrato asalariado profesional-gerencial producen una configuración en la que ciertas posiciones subordinadas respecto del capital ejercen, no obstante, funciones de dirección, intermediación o reproducción ideológica. El texto propone una tipología provisional de posiciones de clase y una matriz heurística de poder estructural del trabajo, y discute las condiciones que separan la existencia objetiva de una clase de su constitución como sujeto colectivo.
Palabras clave: estructura de clases; posiciones contradictorias de clase; poder estructural del trabajo; terciarización; informalidad; El Salvador.
Contenido
1. Introducción 3
2. ¿Qué entendemos por clase social? 3
3. Marx: clase, capital y relaciones de producción 4
4. Lukács: posición objetiva y conciencia de clase 5
5. Hobsbawm: formación histórica y transformación de las clases 6
6. Más allá de la dicotomía burguesía-proletariado 6
7. El Salvador: transformación histórica de la estructura económica 7
8. Una economía altamente terciarizada 8
9. Ramas económicas y estructura de la clase trabajadora salvadoreña 9
10. Una tipología de posiciones de clase en El Salvador 10
11. Clase media, profesionales y posiciones contradictorias 12
12. ¿Servidumbre ideológica, clase de servicios o posición contradictoria? 12
13. El poder estructural de los trabajadores 13
14. Clase, conciencia y hegemonía 15
15. Una propuesta de mapa de clases para El Salvador 16
16. Conclusiones 16
Referencias 18
Notas editoriales 20
1. Introducción
Dos personas pueden ganar lo mismo y ocupar posiciones de clase radicalmente distintas. Un supervisor asalariado que organiza el trabajo de cincuenta operarios y un vendedor informal que atiende un puesto en un mercado pueden compartir un tramo de ingreso mensual, pero se relacionan de maneras opuestas con la propiedad, con la autoridad y con el trabajo de otros. La observación es elemental y, sin embargo, buena parte del discurso público y de la estadística social en El Salvador procede como si la clase fuese sinónimo de nivel socioeconómico, es decir, de una escala continua de ingreso o consumo. Este artículo parte del supuesto contrario: que la clase es una relación y no un lugar en una escala, y que comprenderla exige atender a la posición dentro de las relaciones sociales de producción antes que a la magnitud del ingreso.
La pregunta que organiza el texto es cómo puede comprenderse la estructura de clases de El Salvador contemporáneo a partir de la relación entre posición económica, propiedad, trabajo, autoridad, ingresos, ocupación, capacidad de decisión y posición estratégica dentro de la estructura productiva. La pregunta no es retórica. Una economía en la que los servicios aportan alrededor de dos tercios del producto, en la que casi tres de cada diez ocupados trabajan por cuenta propia y en la que la mayoría de los asalariados carece de contrato escrito plantea problemas de clasificación que las categorías heredadas —tanto la dicotomía marxista clásica como la tríada baja-media-alta— resuelven mal.
La tesis del artículo es que la estructura de clases salvadoreña contemporánea no es inteligible mediante una oposición simple entre burguesía y proletariado ni mediante la clasificación convencional en clases baja, media y alta, porque la terciarización, la informalización y la fragmentación ocupacional han producido una configuración en la que numerosos asalariados ocupan posiciones objetivamente subordinadas respecto del capital y, al mismo tiempo, desempeñan funciones de dirección, intermediación, administración o reproducción cultural de las relaciones de dominación. Esta afirmación se examina como hipótesis, no se asume como conclusión, y el análisis se mantiene abierto a que resulte confirmada, matizada o refutada por la evidencia disponible.
La pertinencia del problema no descansa en una declaración de importancia sino en un hecho estructural verificable: la fuerza de trabajo salvadoreña ya no se concentra en grandes unidades industriales, sino que se dispersa en comercio, servicios, transporte, administración, microempresas y actividades informales. Esa dispersión tiene consecuencias directas sobre la formación de intereses comunes, sobre la capacidad organizativa y sobre el poder social y político de las clases trabajadoras. El artículo sostiene que describir esa dispersión sin una teoría de la clase conduce a inventarios ocupacionales; y que aplicar una teoría de la clase sin evidencia empírica conduce a esquemas doctrinarios. Se intenta evitar ambos riesgos.
El texto procede en tres movimientos. Primero construye una discusión conceptual sobre qué es una clase social, apoyada en Marx, Lukács y Hobsbawm y contrastada con el análisis de clase contemporáneo. Después traslada esas categorías a El Salvador, reconstruyendo la trayectoria histórica de su estructura de clases y examinando la evidencia sobre estructura económica, empresarial y ocupacional. Finalmente propone una tipología de posiciones de clase, una matriz heurística de poder estructural del trabajo y una discusión sobre las condiciones que permiten —o impiden— el paso de una clase objetivamente existente a un sujeto colectivo consciente y organizado.
2. ¿Qué entendemos por clase social?
La pregunta por lo que hace que un grupo sea una clase social admite dos grandes familias de respuestas. La primera, de raíz gradacional, entiende la clase como un tramo dentro de una distribución continua de un atributo —ingreso, prestigio, años de escolaridad— y clasifica a las personas por su posición relativa en esa escala. La segunda, de raíz relacional, entiende la clase como una posición dentro de un sistema de relaciones sociales de producción y clasifica a las personas por el vínculo que mantienen con los medios de producción, con el trabajo ajeno y con la apropiación del excedente. La diferencia no es terminológica. En el enfoque gradacional, las clases se distinguen por el cuánto; en el enfoque relacional, por el cómo se obtiene lo que se tiene. Este artículo adopta el segundo enfoque, porque solo él permite explicar por qué dos ingresos iguales pueden corresponder a posiciones sociales antagónicas.
Compartir un nivel de ingreso no basta para constituir una clase, del mismo modo que no basta compartir una ocupación ni ser genéricamente asalariado. La propiedad de los medios de producción introduce una primera línea divisoria, entre quienes viven de la valorización del capital y quienes viven de la venta de su fuerza de trabajo. Pero esa línea no agota el mapa. La autoridad —el control sobre el trabajo de otros— y el control sobre el proceso productivo definen posiciones que no pueden asimilarse ni al capital ni al trabajo simple. Un gerente que no posee la empresa pero que contrata, disciplina y despide ejerce una función de mando delegada; un profesional que monopoliza una credencial escasa dispone de un activo que altera su relación con el mercado y con sus empleadores. La posición de clase resulta, entonces, de la combinación de varias dimensiones: la propiedad, la autoridad organizacional y el control sobre calificaciones o credenciales.
El capital económico no es la única forma de capital pertinente. Bourdieu (1986) mostró que el capital cultural —incorporado como disposiciones, objetivado como títulos, institucionalizado como credenciales— opera como un recurso transmisible que estructura posiciones y trayectorias, y que la clase se reproduce tanto por la herencia de bienes como por la herencia de disposiciones. Esta observación no sustituye el análisis de las relaciones de producción, pero lo complementa: permite entender por qué las fracciones asalariadas con alto capital cultural desarrollan estilos de vida, expectativas y afinidades políticas que las distinguen del resto de los asalariados sin dejar de ser, en sentido estricto, vendedores de fuerza de trabajo.
Conviene distinguir con precisión clase de estatus y clase de poder político. Weber (1922/2002) separó analíticamente la situación de clase —determinada por las probabilidades de vida en el mercado— de la situación estamental —determinada por el honor social y el estilo de vida— y del partido —la asociación orientada a la obtención de poder. La distinción es útil porque advierte contra la reducción de la clase a la mera posición de mercado y contra la suposición de que una posición de clase se traduce mecánicamente en una identidad estamental o en una opción política. Una persona puede pertenecer objetivamente a la clase trabajadora, cultivar un estilo de vida de clase media y votar por opciones que favorecen al capital, sin que ninguna de esas tres cosas contradiga a las otras: pertenecen a órdenes distintos.
De aquí se sigue que clase, estrato, grupo ocupacional y categoría socioeconómica no son sinónimos. El estrato es un segmento de una escala; el grupo ocupacional agrupa por la naturaleza de la tarea; la categoría socioeconómica combina ocupación e ingreso con fines descriptivos o estadísticos; la clase, en el sentido relacional aquí adoptado, designa una posición dentro de las relaciones de producción. La posibilidad de que existan posiciones estructuralmente contradictorias —posiciones que participan simultáneamente de rasgos de más de una clase— es precisamente lo que el análisis contemporáneo ha tenido que teorizar, y lo que se desarrolla en las secciones siguientes.
3. Marx: clase, capital y relaciones de producción
En Marx la clase no se define por el ingreso ni por la ocupación, sino por la posición en las relaciones de producción, esto es, por la relación con la propiedad de los medios de producción y con la apropiación del excedente. El capitalista es tal porque posee medios de producción y compra fuerza de trabajo para valorizarlos; el proletario es tal porque, desposeído de medios de producción, no tiene más mercancía que su fuerza de trabajo. La relación entre ambos no es de mera desigualdad distributiva sino de explotación: el plusvalor surge de la diferencia entre el valor que la fuerza de trabajo produce y el valor de su reproducción (Marx, 1867/1975). Reducir esta relación a una brecha de ingresos equivale a suprimir su contenido específico.
Sería un error, sin embargo, atribuir a Marx una sociología de dos clases puras. Su obra reconoce posiciones intermedias y fracciones. La pequeña burguesía —pequeños propietarios que trabajan sus propios medios de producción— aparece como una posición que combina rasgos del capital y del trabajo y que Marx consideraba sujeta a una tendencia a la diferenciación entre quienes ascienden a la burguesía y quienes descienden al proletariado. La distinción entre trabajo productivo e improductivo introduce una segunda complejidad: no todo asalariado produce plusvalor, y las funciones de vigilancia, contabilidad y circulación ocupan una posición particular dentro de la división del trabajo del capital colectivo.
La dinámica de concentración y centralización del capital modifica continuamente esta estructura. La competencia empuja a la acumulación, la acumulación a la concentración de capitales en menos manos y la centralización a la absorción de unos capitales por otros; el resultado es la separación creciente entre la propiedad y la gestión, y la aparición de un personal asalariado encargado de administrar capital ajeno. Esta observación de Marx anticipa el problema que ocupará al análisis de clase del siglo XX: cómo clasificar a quienes, sin ser propietarios, dirigen la valorización del capital.
Marx también distinguió entre la clase como posición objetiva y la clase como sujeto político. En El dieciocho brumario (1852/1974) analizó a los campesinos parcelarios como una masa que comparte condiciones de existencia sin que de ellas surja una comunidad ni una organización nacional: forman una clase en la medida en que su modo de vida los separa de otras clases, pero no la forman en la medida en que no desarrollan intereses comunes ni representación propia. Esta tensión entre la clase que existe por su posición y la clase que se constituye por su acción es el punto en el que el análisis de Marx se prolonga en el de Lukács.
4. Lukács: posición objetiva y conciencia de clase
Lukács (1923/1969) formuló con rigor la distinción entre la clase en sí y la clase para sí, y añadió un concepto decisivo: el de conciencia atribuida o imputada. La conciencia de clase no es, para Lukács, la suma de las opiniones empíricas de los individuos que ocupan una posición, sino la respuesta racional que correspondería a esa posición si sus ocupantes comprendieran plenamente su situación dentro de la totalidad social. La distancia entre la conciencia psicológica efectiva y la conciencia imputada es, en sí misma, un objeto de análisis: mide el grado en que una clase reconoce o desconoce su propia posición.
El concepto de cosificación explica parte de esa distancia. En el capitalismo, las relaciones sociales entre personas adoptan la forma de relaciones entre cosas, y esa forma se impone a la conciencia como si fuera un dato natural del mundo. La cosificación no es un error individual corregible mediante información, sino una estructura de la experiencia que hace aparecer como natural y eterno lo que es histórico y transitorio. De ahí que la conciencia adecuada de la propia posición de clase no se siga automáticamente de ocupar esa posición: requiere atravesar la apariencia cosificada hacia la comprensión de la totalidad.
De aquí se deriva la tesis metodológica central de este artículo: la posición objetiva de clase, la conciencia de clase, la identidad política y el comportamiento electoral son órdenes distintos que no deben confundirse. Una persona puede ocupar una posición proletaria y carecer de conciencia proletaria; puede tener conciencia de su explotación y, sin embargo, no identificarse políticamente con una organización de clase; puede identificarse con ella y votar de otro modo por razones coyunturales. Tratar cualquiera de estos niveles como si determinara mecánicamente a los demás produce diagnósticos erróneos, sea en la forma del optimismo que espera de la posición una política, sea en la del desconcierto ante trabajadores que no actúan como su posición prescribiría.
El paso de la posición a la acción está mediado. La Figura 1 representa esa cadena de mediaciones como una secuencia de transiciones contingentes: la posición estructural configura una experiencia laboral, la experiencia perfila intereses materiales, los intereses pueden o no traducirse en conciencia, la conciencia puede o no cristalizar en organización y la organización puede o no desembocar en acción política. Cada flecha es una transición que puede fallar, y las mediaciones —la cosificación, la ideología, la hegemonía— operan precisamente en esos pasos. El esquema no afirma que la posición sea irrelevante; afirma que no es suficiente.
Figura 1. Cadena de mediaciones entre posición objetiva de clase y acción política. Elaboración propia a partir de Lukács (1923/1969) y Gramsci (1971).
5. Hobsbawm: formación histórica y transformación de las clases
Si Marx y Lukács ofrecen las categorías, Hobsbawm ofrece la advertencia histórica: las clases no son estructuras dadas de una vez, sino formaciones que se hacen y rehacen en el tiempo. En Labouring men (1964) y Worlds of labour (1984), Hobsbawm estudió cómo la clase obrera se constituyó a través de la industrialización, la proletarización, la formación de oficios, la aristocracia obrera y la organización sindical, mostrando que la unidad de una clase es un logro histórico y no un supuesto teórico. La trilogía sobre el largo siglo XIX —The age of revolution (1962), The age of capital (1975) y The age of empire (1987)— y su historia económica de Gran Bretaña (Hobsbawm, 1968) sitúan esa formación en el marco de las transformaciones del capitalismo.
La perspectiva histórica de Hobsbawm converge con la distinción, hoy corriente en el análisis de clase, entre estructura de clases y formación de clases. Thompson (1963) llevó esta idea a su expresión más radical al sostener que la clase no es una cosa sino una relación que sucede históricamente, un acontecimiento antes que una estructura. Sin adoptar íntegramente esa formulación, conviene retener su núcleo: que la existencia de una posición de clase no garantiza la existencia de una clase organizada, y que el análisis debe distinguir el mapa de las posiciones del proceso por el cual sus ocupantes llegan —o no— a reconocerse como un colectivo.
Para el caso salvadoreño, la lección de Hobsbawm es doble. Por un lado, obliga a leer la estructura ocupacional actual como el sedimento de una trayectoria: la terciarización y la informalización no son estados naturales sino resultados de transformaciones históricas del capitalismo local. Por otro, previene contra el economicismo que esperaría de la mera existencia de una clase trabajadora numerosa la existencia automática de un movimiento obrero. La expansión del sector servicios, la fragmentación de las unidades productivas y la erosión de los grandes centros de trabajo alteran las condiciones históricas de la formación de clase, y esa alteración debe analizarse, no darse por resuelta.
6. Más allá de la dicotomía burguesía-proletariado
El problema de las posiciones intermedias generó, entre las décadas de 1970 y 1980, un extenso debate sobre las fronteras de clase. Poulantzas (1976) sostuvo que los asalariados que realizan trabajo improductivo, de supervisión o de tipo mental-ideológico no pertenecen a la clase obrera sino a una nueva pequeña burguesía, definida no por la propiedad sino por su función en la división del trabajo y por su orientación ideológica. Carchedi (1977) propuso una distinción complementaria: el nuevo estrato medio asalariado desempeña a la vez la función global del capital —control y vigilancia del proceso de trabajo— y la función del trabajador colectivo, y su posición de clase depende del peso relativo de ambas funciones.
Barbara y John Ehrenreich (1979) acuñaron la noción de clase profesional-gerencial (professional-managerial class) para designar al conjunto de trabajadores asalariados de tipo mental cuya función principal, en el marco de la división del trabajo, es la reproducción de la cultura y de las relaciones de clase capitalistas. La categoría es directamente pertinente para este artículo, porque nombra con precisión el fenómeno que otros describen de manera intuitiva como servidumbre ideológica: un conjunto de asalariados que no poseen medios de producción y cuya tarea consiste, sin embargo, en administrar, legitimar y reproducir las relaciones de dominación.
La formulación más sistemática del problema es la de Wright (1985). Frente a las dificultades de asignar una clase a gerentes, supervisores y profesionales asalariados, Wright —junto con Luca Perrone— propuso el concepto de posiciones contradictorias de clase: localizaciones que participan simultáneamente de más de una clase fundamental. En su reformulación posterior, apoyada en la teoría de la explotación de Roemer (1982), Wright definió a estos grupos como simultáneamente explotados, por no poseer los medios de producción, y explotadores, por controlar activos de organización y de calificación o credenciales. La estructura de clases queda así definida por tres ejes: la propiedad de medios de producción, el control de activos organizacionales y la posesión de activos de calificación.
Estas propuestas marxistas o postmarxistas dialogan con la sociología no marxista de la estratificación. El esquema de Goldthorpe, base de la clasificación de Erikson, Goldthorpe y Portocarero (Erikson & Goldthorpe, 1992), distingue las posiciones por el tipo de relación de empleo antes que por la propiedad, y define una clase de servicios caracterizada por una relación de servicio —confianza, carrera, autonomía— por oposición al contrato de trabajo típico del obrero (Goldthorpe, 1982). Aunque su fundamento teórico difiere del marxista, el esquema identifica el mismo problema empírico: la existencia de un amplio conjunto de asalariados cuyas condiciones de empleo, autoridad y expectativas los separan del proletariado manual.
Este artículo no sustituye el marco relacional por el gradacional ni el marxista por el weberiano; los emplea como contrastes que fortalecen el análisis. De la convergencia de todas estas tradiciones se retiene una conclusión operativa: para clasificar a un asalariado no basta constatar que vende su fuerza de trabajo; hay que examinar si posee autoridad sobre el trabajo ajeno, si controla activos organizacionales, si dispone de credenciales escasas y qué función cumple en la reproducción de las relaciones de producción. Estas dimensiones —y no el ingreso— guían la tipología que se aplica a El Salvador.
7. El Salvador: transformación histórica de la estructura económica
La estructura de clases salvadoreña actual es el sedimento de una trayectoria de larga duración cuyo primer gran ordenamiento fue la economía agroexportadora cafetalera. Entre las reformas liberales de las décadas de 1870 y 1880 y la primera mitad del siglo XX, la expansión del café reconfiguró la propiedad de la tierra, transformó relaciones comunales en relaciones semisalariales y salariales en el campo, y consolidó una oligarquía agroexportadora cuyo poder descansaba en la articulación de la producción, la exportación y el crédito (Menjívar, 1980; Colindres, 1977). La imagen popular de las catorce familias simplifica un bloque oligárquico más amplio, pero capta un rasgo real: la extrema concentración de la riqueza y del poder político en un núcleo reducido de propietarios (Paige, 1997; Williams, 1994).
Sobre esa base agraria se desarrolló, a mediados del siglo XX, un proceso limitado de industrialización por sustitución de importaciones, favorecido por el Mercado Común Centroamericano, que amplió el proletariado urbano y las capas medias sin desplazar el predominio agroexportador. La crisis de ese modelo, la aguda desigualdad en la estructura de la tierra y el cierre de los canales de participación política desembocaron en la guerra civil de las décadas de 1980 y comienzos de 1990 (Dunkerley, 1988), un conflicto cuyo trasfondo era, en parte sustancial, un conflicto por la estructura de clases y por la propiedad.
Los Acuerdos de Paz de 1992 abrieron una fase de reformas de mercado, privatizaciones, liberalización financiera y comercial y, en 2001, dolarización. La oligarquía tradicional se reconfiguró: el eje de la acumulación se desplazó de la tierra y el café hacia las finanzas, el comercio y los servicios, y el capital salvadoreño se transnacionalizó mediante su integración en circuitos regionales y globales (Robinson, 2003). La continuidad en la concentración de la riqueza coexistió con un cambio profundo en su base sectorial: de una burguesía agraria a grupos económicos diversificados con fuerte presencia en la banca, el comercio y los servicios.
A esta transformación se sumaron dos fenómenos que marcan la estructura social contemporánea: la migración masiva y las remesas, que hacia 2023 equivalían a cerca de una cuarta parte del producto interno bruto (FUNDE, 2024, con datos del BCR), y la terciarización de la economía. La participación del sector servicios en el producto pasó de alrededor del 49 % en 1990 a cerca del 58 % en 2020, en un proceso de transformación estructural descrito como lento y estancado en su segunda mitad (Growth Lab, 2024). El resultado es una economía en la que el empleo se ha desplazado del campo hacia el comercio y los servicios, sin que la industria absorbiera esa transferencia, y en la que la informalidad se convirtió en un rasgo estructural más que en una anomalía transitoria.
8. Una economía altamente terciarizada
La afirmación de que El Salvador posee una economía altamente terciarizada se sostiene empíricamente. Según datos de cuentas nacionales de base reciente, el sector servicios aporta alrededor del 66 % del producto, la industria cerca del 27 % y el sector agropecuario en torno al 6 %. Dentro de los servicios, las mayores participaciones corresponden al comercio interno, con cerca del 14 %, las actividades inmobiliarias y la administración pública, con alrededor del 8 % cada una, los servicios financieros y de seguros, con cerca del 7 %, y la educación, con alrededor del 5 %; dentro de la industria, la manufactura concentra cerca del 18 % y la construcción alrededor del 6 % (véase Figura 2). El consumo de los hogares representa la mayor parte del gasto, en torno al 85 % del producto, lo que refleja el peso de las remesas y la debilidad relativa de la inversión.
Estas cifras deben leerse con una precaución metodológica. Las participaciones sectoriales recientes provienen de una compilación basada en información del Banco Central de Reserva, mientras que la serie histórica de terciarización procede de estimaciones de cuentas nacionales que pueden emplear una clasificación algo distinta; por ello, la comparación entre el 58 % de 2020 y el 66 % reciente debe tomarse como indicativa de una tendencia y no como una medición homogénea. La dirección del proceso, sin embargo, es inequívoca y coincide con el diagnóstico de que alrededor de tres cuartas partes del crecimiento reciente provienen de sectores no transables —servicios y comercio— antes que de actividades exportadoras de mayor complejidad (Growth Lab, 2024).
La terciarización no es solo un dato económico; tiene consecuencias directas sobre la estructura de clases. Cuando una parte significativa de la fuerza laboral deja de concentrarse en grandes unidades industriales y se dispersa en comercio, servicios personales, transporte, plataformas, microempresas y actividades informales, se erosionan las condiciones que históricamente favorecieron la formación de clase: la concentración física de trabajadores, la homogeneidad de la experiencia laboral y la visibilidad del antagonismo con un empleador identificable. La fragmentación productiva multiplica las posiciones de clase y dificulta que sus ocupantes reconozcan intereses comunes, un punto que las secciones siguientes desarrollan a partir de la estructura ocupacional.
Figura 2. Composición sectorial del producto interno bruto, El Salvador (dato reciente). Fuente: elaboración propia con datos de cuentas nacionales de base BCR (compilación). Los porcentajes son aproximados y están sujetos a revisión metodológica.
9. Ramas económicas y estructura de la clase trabajadora salvadoreña
La distribución de la población ocupada por categoría ocupacional revela una estructura del trabajo muy alejada del modelo del gran asalariado industrial. Según la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples, alrededor del 56 % de los ocupados son asalariados —cerca del 43 % permanentes y del 13 % temporales—, en torno al 28 % trabajan por cuenta propia, cerca del 6 % son familiares no remunerados, alrededor del 4,5 % son empleadores o patronos y un porcentaje similar se ocupa en el servicio doméstico (EHPM, según BCR; la desagregación nacional detallada corresponde a la EHPM 2018). La Figura 3 presenta esta distribución. El dato relevante para el análisis de clase es que casi cuatro de cada diez ocupados no son asalariados en sentido estricto: son cuentapropistas, familiares no remunerados o pequeños empleadores.
La condición de los asalariados dista de la protección típica del empleo formal. De cada cien personas ocupadas como asalariadas, alrededor de cuarenta y ocho declaran haber firmado un contrato de trabajo, y la gran mayoría —cerca del 86 %— se ocupa en el sector privado frente a un 14 % en el sector público (EHPM 2022, BCR). La informalidad es un rasgo estructural: la propia encuesta sitúa la informalidad urbana en torno al 38 %, mientras que estimaciones que incluyen la ocupación no protegida en su conjunto la elevan a alrededor del 70 % (CEPAL, citado en prensa nacional, 2026). El sector informal genera, además, cerca del 21 % del producto (BCR, 2024). En materia de ingresos, la EHPM de 2025 indica que alrededor del 84 % de los ocupados percibe, en promedio, menos de 435 dólares mensuales, cifra apenas superior al salario mínimo del comercio (BCR, 2025).
El universo empresarial es coherente con esta estructura. Un levantamiento de la Comisión Nacional de la Micro y Pequeña Empresa, con apoyo de la Dirección General de Estadística y Censos y del Banco Central de Reserva, identificó alrededor de 317.795 unidades económicas entre microempresas, pequeñas empresas y emprendimientos (CONAMYPE, 2021). La enorme mayoría de estas unidades son microempresas de baja productividad, con frecuencia de un solo trabajador o de base familiar, lo que explica el peso del trabajo por cuenta propia y del trabajo familiar no remunerado en la estructura ocupacional.
La división de la economía salvadoreña en ramas no responde a una enumeración arbitraria, sino que se constata a partir de un clasificador oficial que ordena jerárquicamente la actividad económica del país. El instrumento vigente es la Clasificación de Actividades Económicas de El Salvador, revisión 4.0 (CLAEES 4.0), que toma como referencia la Clasificación Industrial Internacional Uniforme, revisión 4 (CIIU Rev. 4), elaborada por Naciones Unidas y adaptada nacionalmente (DIGESTYC/ONEC, 2022). Conforme a esta estructura, la CIIU Rev. 4 organiza la actividad económica en 21 secciones, 88 divisiones, 238 grupos y 419 clases, niveles a los que la CLAEES añade subclases de alcance nacional. Es sobre esta segmentación —y no sobre una cifra única de rubros— que se identifican las ramas de la economía salvadoreña, base a partir de la cual se analiza la composición de la clase trabajadora.
De todo lo anterior se sigue una precaución analítica que este artículo considera decisiva: no debe confundirse sector económico con clase social. Un mismo sector contiene posiciones de clase heterogéneas. En el comercio coexisten grandes propietarios y accionistas, gerentes y administradores, asalariados formales, vendedores informales, cuentapropistas, repartidores y trabajadores familiares. La Tabla 1 sintetiza, para los principales sectores, el peso relativo en el producto y en el empleo, la forma predominante de trabajo y una valoración heurística de su posición estratégica, precisamente para mostrar que el sector es una unidad de la estructura económica, no de la estructura de clases.
Figura 3. Distribución de la población ocupada por categoría ocupacional, El Salvador (EHPM 2018, según BCR). Elaboración propia.
Tabla 1. Matriz sintética de la estructura económica salvadoreña por sector
| Sector / rama | Peso en el PIB | Empleo | Formalidad predominante | Tipo de trabajo predominante | Posición estratégica (heurística) |
|---|---|---|---|---|---|
| Agropecuario | ≈ 6 % | Alto (≈ 15 % de ocupados) | Baja / informal | Cuenta propia y jornaleros | Media-baja |
| Manufactura (incl. maquila) | ≈ 18 % | Medio | Mixta | Asalariado; alta sustituibilidad | Media |
| Construcción | ≈ 6 % | Medio | Baja / informal | Asalariado temporal y jornaleros | Media |
| Comercio | ≈ 14 % | Alto | Baja / informal | Cuenta propia, vendedores, asalariados | Media |
| Transporte y almacenamiento | n.d. | Medio | Mixta | Asalariado y cuenta propia | Alta |
| Servicios financieros y seguros | ≈ 7 % | Bajo | Alta / formal | Profesional-administrativo asalariado | Alta (sistémica) |
| Administración pública | ≈ 8 % | Medio | Alta / formal | Asalariado público | Alta (servicios esenciales) |
| Educación y salud | ≈ 5 % (educ.) | Medio | Mixta | Profesional y técnico asalariado | Alta (servicios esenciales) |
| Otros servicios e informal | n.d. | Alto | Baja / informal | Cuenta propia y servicio doméstico | Baja |
Nota. Los pesos en el PIB provienen de cuentas nacionales de base BCR (aproximados). Las columnas de empleo, formalidad y posición estratégica combinan datos de la EHPM con valoración analítica del autor; “n.d.” indica dato no disponible en la fuente pública consultada. La posición estratégica es una estimación heurística, no una medición.
10. Una tipología de posiciones de clase en El Salvador
Con las dimensiones establecidas —propiedad de medios de producción, autoridad organizacional y activos de calificación— es posible proponer una tipología provisional de posiciones de clase para El Salvador. La tipología no es una clasificación estadística cerrada sino un mapa conceptual cuyas categorías deberían operacionalizarse con los microdatos de la EHPM; su valor es ordenar la heterogeneidad ocupacional en posiciones definidas por relaciones y no por tramos de ingreso. La Tabla 2 resume las posiciones, su relación con los medios de producción y con la autoridad, la categoría teórica de referencia y una aproximación empírica cuando la evidencia disponible lo permite.
En la cúspide se sitúa la gran burguesía —propietarios y accionistas de grupos económicos diversificados en banca, comercio, industria y servicios—, un núcleo reducido cuya posición se define por la propiedad y el control del capital. Inmediatamente debajo, y sin poseer el capital, se ubican los directivos y altos gerentes que administran la valorización de capital ajeno: una posición contradictoria por excelencia, explotada respecto de la propiedad y a la vez ejerciente de una autoridad delegada sobre el trabajo. La pequeña burguesía propietaria —los empleadores o patronos, alrededor del 4,5 % de los ocupados, y una parte de los cuentapropistas con local— combina propiedad de pequeños medios de producción con trabajo propio.
El estrato de profesionales y técnicos asalariados ocupa una posición contradictoria de otro tipo: no posee medios de producción ni, en general, autoridad de mando, pero controla activos de calificación y credenciales que alteran su relación con el mercado y con sus empleadores. Es la posición que Poulantzas asignaría a la nueva pequeña burguesía y que Wright describiría como localización contradictoria basada en activos de calificación. Por debajo se extiende el proletariado formal —asalariados con contrato y cobertura, minoría dentro del conjunto de asalariados— y, mucho más numeroso, el proletariado informal: asalariados sin contrato ni protección, ocupados en microestablecimientos o en condiciones precarias.
Dos posiciones adicionales son características de la estructura salvadoreña. La primera es la enorme masa de cuentapropistas de subsistencia —cerca del 28 % de los ocupados—, que no debe confundirse con la pequeña burguesía: la mayoría no acumula capital ni emplea trabajo ajeno, sino que despliega una estrategia de supervivencia bajo la forma jurídica de la independencia. La segunda es el conjunto del servicio doméstico y de los familiares no remunerados, posiciones de máxima subordinación y mínima autonomía, atravesadas además por relaciones de género. Portes y Hoffman (2003) mostraron que estructuras de clase como esta —con un proletariado informal masivo y un estrato de micro-emprendedores de subsistencia— son un rasgo distintivo de América Latina en la era neoliberal, y no una peculiaridad salvadoreña.
Tabla 2. Tipología provisional de posiciones de clase en El Salvador
| Posición de clase | Medios de producción | Autoridad / calificación | Categoría teórica de referencia | Aproximación empírica |
|---|---|---|---|---|
| Gran burguesía / grupos económicos | Propiedad y control del capital | Máxima | Burguesía (Marx) | Núcleo reducido; no medible en EHPM |
| Directivos y altos gerentes | No poseen; gestionan capital ajeno | Alta autoridad delegada | Posición contradictoria (Wright); función del capital (Carchedi) | Fracción de asalariados del sector privado |
| Pequeña burguesía propietaria | Pequeños medios propios | Media; emplea trabajo ajeno | Pequeña burguesía (Marx) | ≈ 4,5 % empleadores |
| Profesionales y técnicos asalariados | No poseen | Activos de calificación/credencial | Nueva pequeña burguesía (Poulantzas); localización contradictoria (Wright); PMC (Ehrenreich) | Estrato formal delgado (finanzas, adm., educ., salud) |
| Proletariado formal | No poseen | Baja; con contrato y cobertura | Proletariado (Marx) | ≈ 48 % de asalariados con contrato |
| Proletariado informal / precarizado | No poseen | Muy baja; sin protección | Proletariado informal (Portes–Hoffman); precariado (Standing) | Informalidad urbana ≈ 38 %; total ≈ 70 % |
| Cuenta propia de subsistencia | Medios mínimos; sin acumulación | Autonomía formal, subordinación real | Proletariado informal / micro-emprendedores | ≈ 28 % de ocupados |
| Servicio doméstico y familiares no remunerados | No poseen | Mínima; subordinación de género | Trabajo reproductivo subordinado | ≈ 4,4 % doméstico; ≈ 6 % familiares |
Nota. Elaboración propia. Las aproximaciones empíricas provienen de la EHPM y del Censo 2024 (BCR) y deben validarse mediante operacionalización con microdatos. Las categorías teóricas se ofrecen como referencias, no como equivalencias exactas.
11. Clase media, profesionales y posiciones contradictorias
El término clase media merece una crítica específica, porque su uso indiscriminado mezcla posiciones estructuralmente distintas bajo una etiqueta que sugiere homogeneidad. Cuando se habla de clase media suelen amalgamarse criterios heterogéneos: un nivel de ingreso intermedio, un patrón de consumo, un nivel educativo superior, una ocupación no manual, cierta seguridad económica y, a veces, la propiedad de pequeños activos. Ninguno de esos criterios coincide necesariamente con los demás. Un docente asalariado, un pequeño comerciante propietario y un gerente que administra capital ajeno pueden compartir el rótulo de clase media y ocupar, sin embargo, posiciones de clase incompatibles: uno vende su fuerza de trabajo con una credencial escasa, otro posee medios de producción, el tercero ejerce autoridad delegada sobre el trabajo.
Esta imprecisión no es inocua. Al tratar como una sola clase a posiciones que se relacionan de modo distinto con la propiedad y con la autoridad, el concepto de clase media oculta antagonismos y afinidades reales. La demostración es la que abre este artículo: dos personas con ingresos similares pueden ocupar posiciones de clase radicalmente diferentes, y la escala de ingreso —el criterio que sostiene la noción corriente de clase media— es precisamente el que no permite distinguirlas. Por eso la tipología de la sección anterior descompone lo que el término clase media agrega, y localiza a los profesionales y técnicos asalariados como una posición contradictoria específica, no como el centro de una escala.
En El Salvador, además, el estrato asalariado profesional-gerencial formal es delgado. La estructura ocupacional muestra una mayoría de asalariados sin contrato, una masa de cuentapropistas de subsistencia y un núcleo relativamente reducido de profesionales y técnicos con empleo formal, concentrado en las finanzas, la administración pública, la educación y la salud. Esta delgadez tiene una consecuencia analítica importante: la función que en los capitalismos avanzados cumple una amplia clase profesional-gerencial —administrar y reproducir las relaciones de clase— no puede recaer en El Salvador sobre un estrato igualmente amplio, porque tal estrato no existe con ese tamaño. Ello obliga a preguntar por otras vías de reproducción de la hegemonía, cuestión que aborda la sección siguiente.
12. ¿Servidumbre ideológica, clase de servicios o posición contradictoria?
La hipótesis de partida planteaba la posible existencia de una burguesía social de servidumbre o servidumbre ideológica de la burguesía: sectores asalariados que, sin ser propietarios, defienden intereses que no coinciden con su posición económica inmediata y actúan como agentes de reproducción de la dominación. El examen conceptual conduce a una conclusión matizada. El fenómeno es real, pero no exige acuñar una categoría nueva: está ya teorizado por las posiciones contradictorias de clase de Wright (1985), por la función del capital que Carchedi (1977) atribuye al estrato medio asalariado y por la clase profesional-gerencial de Ehrenreich y Ehrenreich (1979). Introducir un término inédito sin mostrar la insuficiencia de estos añadiría confusión, no precisión. La expresión servidumbre ideológica, además, arrastra una connotación moralizante que el análisis debe evitar.
La pregunta correcta no es por qué ciertos trabajadores son engañados, formulación que supone una conciencia verdadera traicionada, sino qué mecanismos económicos, culturales, institucionales y políticos explican que sectores subordinados se identifiquen con intereses de clases superiores o actúen como agentes de reproducción de la dominación. Entre esos mecanismos figuran la aspiración de movilidad social, la identificación simbólica con las élites, la ideología meritocrática que interpreta la posición como resultado del esfuerzo individual, el individualismo que disuelve la experiencia colectiva y, de manera destacada en el contexto salvadoreño, la ideología del emprendimiento, que redefine al trabajador precario como empresario de sí mismo y desplaza la aspiración desde el derecho laboral hacia el negocio propio.
La especificidad salvadoreña reside en cómo se distribuye la función de reproducción de la hegemonía. En los capitalismos avanzados, esa función descansa en buena medida sobre una amplia clase profesional-gerencial. En El Salvador, donde ese estrato formal es delgado, la reproducción ideológica de las relaciones de clase opera por dos vías complementarias. La primera es un estrato profesional-gerencial concentrado en las finanzas, el comercio, la administración pública y los medios, que ocupa posiciones contradictorias y cuya orientación tiende a alinearse con el capital. La segunda, cuantitativamente más relevante, es la difusión de la ideología del emprendimiento entre la masa de cuentapropistas: casi tres de cada diez ocupados desarrollan su actividad bajo la forma de la independencia, y esa forma jurídica favorece una identificación con la figura del pequeño propietario antes que con la del asalariado, aun cuando su situación material sea de subsistencia.
Este planteamiento se apoya en la noción gramsciana de hegemonía (Gramsci, 1971): la dirección intelectual y moral de una clase sobre el conjunto de la sociedad no se ejerce solo mediante la coerción ni solo a través de una capa de intelectuales, sino a través del sentido común, es decir, de las categorías con que los subordinados interpretan su propia experiencia. La ideología del emprendimiento y la meritocracia son, en este sentido, elementos de un sentido común que reproduce la hegemonía sin necesidad de una clase profesional-gerencial numerosa. La reproducción de la dominación, en una estructura fragmentada e informalizada, se descentraliza: no requiere tantos administradores del capital como difusión de las categorías con que la mayoría se piensa a sí misma.
La respuesta a la hipótesis inicial es, por tanto, la siguiente. No hay una burguesía social de servidumbre en sentido de una nueva clase; hay posiciones contradictorias de clase —directivos, profesionales, técnicos— cuya función objetiva incluye la reproducción de la dominación, y hay un mecanismo hegemónico difuso —la ideología del emprendimiento y la meritocracia— que cumple esa función de reproducción a través de la propia masa subordinada. La categoría clase de servicios de Goldthorpe capta parte del primer fenómeno; las posiciones contradictorias de Wright lo capturan mejor; y ninguna de las dos, por sí sola, capta el segundo, que es propiamente hegemónico y no clasificatorio.
13. El poder estructural de los trabajadores
El análisis de clase se completa con una dimensión que las clasificaciones socioeconómicas suelen omitir: el poder estructural del trabajo. La pregunta no es solo cuánto gana un trabajador, sino qué ocurre si su sector deja de trabajar. Wright (2000) distinguió el poder asociativo —el que proviene de la organización colectiva, sindicatos y partidos— del poder estructural —el que proviene de la posición del trabajador en el sistema económico. Silver (2003) precisó esta segunda forma diferenciando el poder de negociación de mercado, derivado de la escasez de una calificación, del poder de negociación en el lugar de trabajo, derivado de la ubicación en un punto estratégico del proceso productivo, capaz de interrumpir cadenas enteras. Womack (2007), en la tradición hispanoamericana, elaboró el concepto de posición estratégica para designar esa capacidad diferencial de interrupción según el lugar que se ocupa en el entramado técnico de la producción.
Sobre esta base es posible construir, con fines heurísticos, un Índice de Posición Estratégica del Trabajo (IPET) que ordene los sectores según su capacidad potencial de interrupción económica. El índice no es una medición estadística robusta —los datos disponibles no permiten construir una escala validada— sino un ordenamiento analítico que combina la sustituibilidad de la fuerza de trabajo del sector, su grado de dependencia intersectorial, su capacidad de paralizar cadenas de suministro, movilidad o servicios esenciales, y su concentración territorial y empresarial. La Tabla 3 presenta esta matriz para los principales sectores salvadoreños, con la advertencia expresa de que sus valores son ordinales y provisionales.
La aplicación del índice revela una paradoja central de la estructura de clases salvadoreña. Los sectores más numerosos —comercio informal, cuenta propia de subsistencia, agricultura— tienen un poder estructural bajo: su trabajo es altamente sustituible, está disperso y su interrupción no paraliza cadenas críticas. En cambio, sectores relativamente reducidos en número de trabajadores —transporte y logística, energía y servicios públicos, puertos y aduanas, telecomunicaciones, banca y finanzas— disponen de un poder estructural alto, porque su interrupción afecta la movilidad, el suministro, las exportaciones y el funcionamiento sistémico de la economía. La maquila de exportación ocupa una posición intermedia: concentra trabajadores y afecta las exportaciones, pero la alta sustituibilidad de su fuerza de trabajo y la amenaza de relocalización debilitan su poder de negociación en el lugar de trabajo.
La paradoja se agrava al cruzar el poder estructural con el poder asociativo. Los sectores con mayor poder estructural potencial no son necesariamente los más organizados; y las mayorías numéricas informales, que carecen tanto de poder estructural como de poder asociativo, concentran la mayor parte de la fuerza de trabajo. El resultado es una estructura en la que el número y el poder no coinciden: la clase trabajadora es una mayoría demográfica cuya capacidad de ejercer poder social depende de segmentos estratégicos minoritarios y de una organización que la informalización dificulta. Esta disociación es, quizá, el rasgo más consecuente para pensar la política de clase en El Salvador.
Tabla 3. Matriz heurística de poder estructural del trabajo (IPET) por sector
| Sector | Nº de trabajadores | Sustituibilidad | Dependencia intersectorial | Capacidad de paralización | Poder estructural (heurístico) |
|---|---|---|---|---|---|
| Transporte y logística | Medio | Media | Alta | Alta (movilidad y suministro) | Alto |
| Energía y servicios públicos | Bajo | Baja | Muy alta | Muy alta (servicios esenciales) | Alto |
| Puertos y aduanas | Bajo | Baja | Alta | Alta (exportaciones/importaciones) | Alto |
| Banca y finanzas | Bajo | Media | Alta | Alta (funcionamiento sistémico) | Alto |
| Telecomunicaciones | Bajo | Baja | Alta | Alta (comunicaciones) | Alto |
| Administración pública, salud y educación | Medio | Media | Media | Media-alta (servicios esenciales) | Medio-alto |
| Maquila de exportación | Alto | Alta | Media | Media (amenaza de relocalización) | Medio |
| Comercio formal | Alto | Alta | Media | Media-baja | Medio-bajo |
| Comercio informal y cuenta propia | Muy alto | Muy alta | Baja | Baja (actividad dispersa) | Bajo |
| Agricultura de subsistencia | Alto | Alta | Baja | Baja | Bajo |
Nota. Elaboración propia a partir de Wright (2000), Silver (2003) y Womack (2007). Los valores son ordinales y heurísticos, no mediciones; su función es ordenar sectores para el análisis, no cuantificar poder. Requieren validación con datos de empleo sectorial y de encadenamientos productivos.
14. Clase, conciencia y hegemonía
Las secciones anteriores permiten retomar, con contenido empírico, la distinción de Lukács entre la clase en sí y la clase para sí. La estructura ocupacional salvadoreña describe una clase trabajadora que existe objetivamente y que constituye una mayoría demográfica; pero la existencia objetiva no equivale a la constitución como sujeto. El paso de una a otra está mediado por la experiencia laboral, por los intereses que de ella se derivan, por la conciencia que puede o no formarse, por la organización que puede o no cristalizar y por la acción que puede o no seguirse. En una estructura fragmentada, informalizada y dispersa en microunidades, cada una de esas mediaciones encuentra obstáculos específicos.
La informalidad opera como un obstáculo estructural a la formación de conciencia y de organización. El trabajador informal carece de un empleador estable frente al cual definir un antagonismo, de un centro de trabajo donde coincidir con otros en su misma situación y de un marco legal que reconozca su condición de asalariado; el cuentapropista de subsistencia, además, se piensa a sí mismo bajo la categoría del pequeño propietario. En estas condiciones, la experiencia cotidiana no produce espontáneamente la percepción de intereses comunes, sino su fragmentación en trayectorias individuales de supervivencia. La cosificación de la que hablaba Lukács se combina aquí con una dispersión material que dificulta incluso la coincidencia física de los subordinados.
La hegemonía completa el cuadro. Retomando a Gramsci (1971), la dirección intelectual y moral de las clases dominantes no requiere el consentimiento explícito de los subordinados, sino la difusión de un sentido común que haga aparecer el orden existente como natural. La ideología del emprendimiento, la meritocracia y el individualismo funcionan como componentes de ese sentido común, y su eficacia es mayor precisamente donde la estructura del trabajo favorece la interpretación individual de la propia situación. La cuestión de si la clase trabajadora salvadoreña puede pasar de una existencia objetiva a una acción colectiva no se resuelve, entonces, en el plano de la estructura económica, sino en el de las mediaciones que separan la posición de la conciencia y la conciencia de la organización.
15. Una propuesta de mapa de clases para El Salvador
La síntesis conceptual de este artículo puede enunciarse como un mapa de posiciones antes que como una escala. En un extremo, una gran burguesía reducida, propietaria de grupos económicos diversificados y transnacionalizados. En una zona de posiciones contradictorias, los directivos y altos gerentes que administran capital ajeno y los profesionales y técnicos asalariados que controlan credenciales escasas. En una zona de propiedad pequeña, los empleadores y una parte de los cuentapropistas con local. Y en la base, ancha y fragmentada, un proletariado formal minoritario, un proletariado informal masivo, una enorme masa de cuenta propia de subsistencia y las posiciones de máxima subordinación del servicio doméstico y del trabajo familiar no remunerado.
Este mapa no es una fotografía sino una hipótesis de trabajo que ordena la evidencia disponible. Sus fronteras son porosas y sus categorías requieren operacionalización con los microdatos de la EHPM para pasar de un esquema conceptual a una clasificación estadística verificable. Su valor no reside en la precisión numérica —que no puede alcanzarse con las fuentes agregadas aquí utilizadas— sino en mostrar que la estructura de clases salvadoreña es más compleja que la dicotomía burguesía-proletariado y más informativa que la tríada baja-media-alta, y que las posiciones que importan para la política de clase son relacionales y estratégicas, no simplemente tramos de ingreso.
16. Conclusiones
La pregunta inicial indagaba cómo comprender la estructura de clases de El Salvador contemporáneo a partir de la relación entre propiedad, trabajo, autoridad, ingresos, ocupación y posición estratégica. La respuesta que este artículo sostiene es que esa estructura no se reduce a la oposición entre burguesía y proletariado ni a la escala baja-media-alta, sino que se organiza en un conjunto de posiciones definidas por su relación con los medios de producción, con la autoridad y con los activos de calificación. La terciarización, la informalización y la fragmentación ocupacional han producido una configuración en la que numerosos asalariados ocupan posiciones subordinadas respecto del capital y, a la vez, ejercen funciones de dirección, intermediación o reproducción ideológica de la dominación.
La hipótesis de una servidumbre ideológica resultó parcialmente confirmada y reformulada. El fenómeno existe, pero no exige una categoría nueva: se explica mediante las posiciones contradictorias de clase y la clase profesional-gerencial, complementadas por un mecanismo hegemónico difuso —la ideología del emprendimiento— que, en una estructura de mayoría cuentapropista e informal, distribuye la función de reproducción de la dominación a través de la propia masa subordinada. La delgadez del estrato profesional-gerencial formal salvadoreño desplaza el peso de la reproducción hegemónica desde una clase administradora hacia el sentido común de la independencia y del mérito.
El análisis del poder estructural reveló una disociación decisiva entre número y poder: las mayorías informales carecen de poder estructural y asociativo, mientras que sectores minoritarios —transporte, energía, puertos, finanzas, telecomunicaciones— concentran una capacidad de interrupción que la informalización no erosiona. La capacidad de la clase trabajadora salvadoreña para convertirse de clase objetivamente existente en sujeto colectivo depende, por ello, tanto de esos segmentos estratégicos como de las mediaciones —conciencia, organización, hegemonía— que la estructura fragmentada dificulta.
Este trabajo tiene límites que definen su alcance y su continuación. Es un diagnóstico conceptual sustentado en fuentes agregadas; sus tipologías y su índice de posición estratégica son heurísticos y requieren operacionalización con los microdatos de la EHPM y con datos de encadenamientos productivos para adquirir estatuto de clasificación verificable. Varias cifras provienen de reportes de prensa que citan al Banco Central de Reserva y deben validarse contra las tabulaciones primarias. La agenda que se abre es, por tanto, doble: construir una clasificación de clase operacionalizada sobre los microdatos disponibles y estudiar empíricamente las mediaciones que separan la posición de la acción. El argumento aquí ofrecido pretende ser discutible en sus conclusiones y sólido en su construcción: teóricamente fundado, metodológicamente cauto y empíricamente documentado.
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