Raúl Dubón
reflexión

El pueblo que no cuida a sus ancianos está haciendo, sin saberlo, una promesa sobre su propio futuro: que cuando llegue su momento, tampoco habrá nadie que lo cuide.

No se trata de romantizar la vejez pobre ni de convertir la necesidad en virtud. Se trata de entender que la dignidad en la vejez no se gana con el esfuerzo individual: es un derecho que una sociedad decide garantizar o no.

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Los que nos construyeron

Notas sobre el abandono de los adultos mayores y el contrato roto entre generaciones

"El trato que una sociedad le da a sus ancianos

revela, más que cualquier discurso, lo que realmente valora."

— Simone de Beauvoir, La vejez

La mujer en el semáforo

La mujer vende desinfectantes en el semáforo de siempre. Tiene quizás setenta años, quizás más. El sol de las dos de la tarde cae sobre ella con la misma indiferencia que los autos que esperan el verde sin mirarla. Hay algo en esa escena que deberíamos ser incapaces de normalizar y que, sin embargo, hemos aprendido a ver sin ver: la vejez que trabaja porque no tiene alternativa.

El Censo de Población y Vivienda de 2024 confirmó lo que los demógrafos llevan años advirtiendo: El Salvador tiene cada vez más adultos mayores y cada vez menos jóvenes. El grupo que hoy tiene entre 5 y 20 años llegará a su adultez en un país cuyo sistema de pensiones ya es insuficiente para las generaciones actuales. Dicho de otra manera: hay personas que en este momento están en la escuela primaria y que, si nada cambia radicalmente, no tendrán sistema de retiro cuando envejezcan.

Esta es una crisis que no ocupa titulares. Es demasiado lenta, demasiado difusa, demasiado cómoda de ignorar. El neoliberalismo nos enseñó a pensar en horizontes cortos — el trimestre, el mes, la quincena — y la vejez siempre está demasiado lejos.

Lo que el sistema le hizo al valor de las personas

El modelo económico que ha dominado la región durante tres décadas tiene una manera muy precisa de asignar valor a las personas: a través de su capacidad de producción. Eres valioso en la medida en que trabajas, consumes, contribuyes al crecimiento. Cuando dejas de hacer esas cosas — por enfermedad, por edad, por circunstancia — el sistema no sabe qué hacer contigo. O peor: sabe exactamente qué hacer: ignorarte.

Esto no es un argumento abstracto. Se expresa en datos concretos: la población adulta mayor en El Salvador enfrenta tasas de pobreza más altas que el promedio nacional, escaso acceso al crédito, barreras para acceder a vivienda formal, y pensiones que, cuando existen, no alcanzan para cubrir la canasta básica. Muchos de ellos trabajan porque tienen que hacerlo. La mujer del semáforo no vende elotes porque sea emprendedora: vende porque el Estado y la familia — en ese orden — fallaron en garantizarle una vejez digna.

El sistema de capitalización individual que reemplazó al sistema de reparto solidario en 1998 produjo exactamente lo que sus críticos predijeron: benefició a quienes tenían empleos formales estables y dejó fuera a los trabajadores informales, a las mujeres con trayectorias laborales interrumpidas por la maternidad, a los migrantes que trabajaron sin cotizar. El resultado es una generación de adultos mayores que pasaron su vida trabajando sin acumular suficiente para una jubilación digna — no por irresponsabilidad, sino porque el sistema estaba diseñado para excluirlos.

La deuda que heredamos

Hay una manera de pensar la relación entre generaciones que va más allá de la economía. Las culturas que no han sido completamente colonizadas por la lógica del mercado entienden a los ancianos no como carga sino como repositorio: de experiencia, de memoria, de sentido. El anciano era quien había visto más, quien podía orientar. Su conocimiento no era del tipo que se obtiene en una certificación: era el conocimiento de haber vivido, de haber perdido, de haber sobrevivido.

El neoliberalismo le tiene desconfianza a ese tipo de saber. Prefiere lo que puede medirse, lo que puede escalarse, lo que tiene retorno visible e inmediato. La sabiduría de una abuela que crió cinco hijos en pobreza y los vio crecer con dignidad no aparece en ningún indicador de productividad. Y sin embargo, cualquiera que haya tenido el privilegio de recibir ese cuidado sabe que vale más que cualquier título.

Los adultos mayores construyeron el país que habitamos. Sus años de trabajo, sus impuestos, su esfuerzo, su crianza — todo eso es el suelo sobre el que caminamos. Ignorarlos no es neutralidad: es una forma de traición que cometemos en cómoda ignorancia. Una sociedad que no cuida a sus mayores no está cometiendo simplemente un error de política pública: está rompiendo el contrato intergeneracional más básico que existe entre seres humanos.

El próximo millón que no tendrá sistema

Vale la pena detenerse en esto: el grupo demográfico más numeroso en El Salvador hoy, según el censo de 2024, está en los rangos de edad más joven. Esas personas — los niños, los adolescentes, los que apenas empiezan — serán la fuerza laboral del futuro inmediato (son tres bloques, por eso al final son el más numerosos). Y llegarán a ese futuro en un sistema de pensiones que ya está bajo presión extrema, con una tendencia demográfica que lo hace aún más insostenible.

El fallo no será de ellos. Será nuestro — de quienes hoy tomamos decisiones o nos mantenemos en silencio mientras otros las toman. El problema de las pensiones no es solo un problema de los viejos de hoy: es el problema de todos los que envejecerán mañana. Que aún no lo sintamos en carne propia no lo hace menos urgente; lo hace más traicionero.

Ver a quienes no queremos ver

La escena del semáforo puede mirarse diferente. En lugar de un obstáculo entre el auto y el semaforo, hay una persona con historia, con dignidad, con una vida completa detrás. En lugar de pasarle por al lado, verla. No desde la condescendencia — eso sería otra forma de no verla — sino desde el reconocimiento: esta persona está aquí porque algo falló, y ese fallo nos incluye a todos.

No se trata de romantizar la vejez pobre ni de convertir la necesidad en virtud. Se trata de entender que la dignidad en la vejez no se gana con el esfuerzo individual: es un derecho que una sociedad decide garantizar o no. Y que las decisiones que tomamos hoy — sobre el sistema de pensiones, sobre el cuidado, sobre si miramos o ignoramos a la señora del semáforo — son exactamente el tipo de decisiones que definen qué clase de sociedad somos y qué clase de vejez le estamos preparando a quienes vienen.

El pueblo que no cuida a sus ancianos está haciendo, sin saberlo, una promesa sobre su propio futuro: que cuando llegue su momento, tampoco habrá nadie que lo cuide.

Nota del autor

Esta reflexión es parte de una serie sobre vida cotidiana, solidaridad y los efectos del individualismo en El Salvador. Los datos demográficos mencionados provienen del VII Censo de Población y VI de Vivienda (2024). La crisis del sistema de pensiones AFP es ampliamente documentada por instituciones como el Banco Central de Reserva, FUSADES y organizaciones de sociedad civil.


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