El espectáculo de la necesidad
uando un espacio comercial o un evento masivo organiza condiciones en las que la escasez se encuentra con una oportunidad limitada y una multitud urgente, el desorden que resulta no es una sorpresa: es una consecuencia predecible.
El espectáculo de la necesidad
Notas sobre el sensacionalismo, la crueldad viral y lo que no vemos cuando miramos
"El espectáculo no es un conjunto de imágenes,
sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes."
— Guy Debord, La sociedad del espectáculo
Las señoras y los mangos
La escena circuló rápido: señoras mayores, mujeres de edad, tomando mangos en un espacio comercial con una urgencia que hizo reír a muchos y avergonzar a otros. Los comentarios llegaron como siempre llegan en estos casos: seguros de sí mismos, divertidos a costa de quien no puede defenderse. "¿Por qué hacen eso?", preguntaban, como si la respuesta no estuviera completamente a la vista.
Antes de reflexionar sobre las señoras — quiénes son, por qué están ahí, qué las llevó a ese momento — es necesario reflexionar sobre algo más urgente: el espectáculo mismo. Quién lo produce, para qué, y qué es lo que ese espectáculo deliberadamente oculta.
El negocio del morbo
Existe un tipo de contenido en redes sociales — especialmente en Facebook, aunque también en YouTube y TikTok — que ha encontrado una fórmula muy rentable: aprovechar o crear situaciones de caos, filmarlas, publicarlas, y monetizar la reacción que generan. El KPI de este modelo no es la verdad. No es el periodismo. No es la empatía. Es el alcance, la reacción emocional, el tiempo de visualización.
Esta lógica tiene una racionalidad interna muy clara: el contenido que más reacciones genera es el que activa emociones fuertes. Y las emociones más fuertes disponibles en el espectro humano son el miedo, la indignación y la burla. Una anciana tomando mangos con urgencia activa las tres simultáneamente: la sorpresa, el juicio moral, la sensación de superioridad. Es material perfecto para el algoritmo.
No se trata necesariamente de maldad. Algunos creadores de este tipo de contenido simplemente encontraron un modelo de negocio y lo están explotando con eficacia. Eso es claridad empresarial. Reconocerlo no implica aprobarlo; implica entenderlo, que es el primer paso para no ser manipulado por él. Lo que sí merece una pregunta más incómoda es esta: ¿qué tipo de sociedad produce sistemas en los que monetizar la necesidad ajena y la vergüenza de los vulnerables es un negocio viable, escalable y socialmente aceptado?
Quien crea el caos no puede condenar el desorden
Aquí está el punto que más incomoda, y que merece desarrollarse con calma.
Cuando un espacio comercial o un evento masivo organiza condiciones en las que la escasez se encuentra con una oportunidad limitada y una multitud urgente, el desorden que resulta no es una sorpresa: es una consecuencia predecible. Si la distribución de un bien genera una situación de competencia sin mecanismos de orden, si el diseño del espacio activa la urgencia antes que la calma, lo que sucede después — la prisa, el empuje, el aparente "descontrol" — no es culpa de quienes participan. Es culpa del diseño.
Esta lógica aplica exactamente al contenido digital. Cuando una cámara aparece en un espacio para capturar el caos, o cuando el caos se organiza implícitamente para ser filmado, lo que sucede no es espontáneo: es producido. El video no documenta una realidad preexistente: participa activamente en crearla. Y luego, con la grabación en mano, quien la tiene puede hacer lo más rentable de todo: indignar a la audiencia por el comportamiento que él mismo contribuyó a provocar.
El mecanismo tiene pasos muy precisos: se crea o se aprovecha la condición de escasez y urgencia; se filma el momento en que esa urgencia se expresa en comportamiento; se publica con un encuadre de juicio moral ("qué vergüenza", "miren esto"); se cosecha la indignación de la audiencia en forma de comentarios, compartidas y tiempo de visualización; se monetiza. Las señoras que tomaron los mangos no son el problema de ese proceso. Son su combustible.
El comentario que condena lo que no entiende
Los comentarios que se burlan también merecen atención, aunque diferente.
La persona que escribe "qué vergüenza" desde su teléfono no está haciendo un análisis moral: está ejerciendo una forma de violencia que le resulta completamente gratuita. Desde la comodidad de no estar en esa situación, puede juzgar a quienes sí están. No necesita entender qué llevó a esas mujeres hasta ahí — la pobreza, la necesidad, la oportunidad que no se presenta todos los días — porque entender requeriría empatía, y la empatía exige más esfuerzo que el juicio rápido.
Ignacio Martín-Baró escribió sobre el "fatalismo adaptativo": la tendencia de las poblaciones empobrecidas a ver su situación como natural, inevitable, merecida. Algo análogo ocurre en el otro extremo: el observador que ve la pobreza en acción y la condena como falta de dignidad o de autocontrol, en lugar de leerla como síntoma de algo estructural. Ese observador también está atrapado — no en la pobreza, sino en una forma de conciencia que el sistema le fue construyendo: la creencia de que lo que le pasa a cada persona es resultado exclusivo de sus decisiones individuales, no de las condiciones en que vive.
Desde esa conciencia, una anciana que agarra mangos con urgencia es alguien que "no tiene modales". Desde otra conciencia — la que se pregunta por las condiciones — es alguien que está respondiendo a una necesidad real con los recursos que tiene disponibles en ese momento. La diferencia entre las dos lecturas no es moral: es estructural.
Lo que el espectáculo oculta
El formato del contenido viral está diseñado para una cosa: producir una reacción rápida, intensa y no reflexiva. Esa es exactamente la reacción que el algoritmo premia. Y es, por no coincidencia, la reacción que hace más difícil entender qué está pasando realmente.
Lo que el video de las señoras y los mangos oculta — lo que el encuadre de la burla hace imposible ver — es la pregunta fundamental: ¿por qué esas mujeres están en esa situación? ¿Qué trayectoria de vida, de pobreza, de exclusión, de sistema de pensiones insuficiente, de trabajo informal sin protección, las trajo hasta ese momento? ¿Qué dice de nosotros como sociedad que la urgencia de una anciana sea material de entretenimiento?
Esas preguntas no generan tráfico. No son viralizables. No activan la indignación ni la burla de manera eficiente. Por eso no aparecen en el video. Por eso el video funciona.
Ver diferente como acto de resistencia
Esto no es un llamado a dejar de usar redes sociales. Es un llamado a ver diferente lo que circula en ellas.
Cuando aparezca un video que activa la indignación inmediata — especialmente si involucra a personas vulnerables en situaciones que parecen ridículas o vergonzosas — hay tres preguntas que vale la pena hacerse antes de reaccionar. La primera: ¿qué llevó a estas personas hasta aquí? La segunda: ¿a quién le sirve que yo reaccione con burla o con indignación sin entender el contexto? La tercera: ¿estoy viendo una realidad o estoy viendo una representación diseñada para activar mis emociones?
Esas tres preguntas no hacen que el video desaparezca. Pero convierten al espectador en algo más que un consumidor pasivo del espectáculo. Lo convierten, aunque sea por un momento, en alguien que piensa antes de compartir, que siente antes de juzgar, que entiende que detrás de cada imagen hay una historia que la imagen deliberadamente oculta.
Las señoras de los mangos no son un chiste ni una vergüenza. Son el retrato de algo que deberíamos ser capaces de ver sin reír: la urgencia humana que emerge cuando las condiciones de vida no garantizan lo básico. Que esa urgencia se haya convertido en contenido monetizable es el problema. Que la hayamos consumido sin hacernos ninguna pregunta — eso es el síntoma.
★
Nota del autor
Esta reflexión es parte de una serie sobre vida cotidiana, solidaridad y pensamiento crítico en El Salvador. El concepto de "sociedad del espectáculo" pertenece al teórico francés Guy Debord (1967). El trabajo de Ignacio Martín-Baró sobre psicología social y fatalismo sigue siendo una referencia ineludible para leer la realidad salvadoreña.
¿Qué te pareció?