Hay una diferencia fundamental entre un país que crece y un país que se desarrolla. El crecimiento mide cuánto produce una economía. El desarrollo mide cómo vive su gente. En El Salvador, esa diferencia tiene rostro, historia y estructura.
Durante los próximos diez días vamos a publicar una serie que examina uno de los fenómenos más determinantes y menos discutidos en la vida pública salvadoreña: la concentración extrema de la riqueza, su origen histórico, los mecanismos que la reproducen, y el impacto que tiene sobre la vida cotidiana de la mayoría de la población. No se trata de un ejercicio de resentimiento ni de un llamado a la envidia social: se trata de entender, con rigor empírico y honestidad intelectual, cómo se distribuye el poder económico en este país y por qué esa distribución importa para todo lo demás.
La concentración de riqueza en El Salvador no es un accidente ni una condición natural. Es el resultado acumulado de decisiones históricas, estructuras de producción, marcos legales y relaciones de poder que han favorecido sistemáticamente la acumulación en pocas manos. Desde la economía del café en el siglo XIX hasta la reconversión financiera de los años noventa, el hilo conductor ha sido siempre el mismo: un modelo económico que premia la posesión del capital sobre el trabajo, que privatiza las ganancias y socializa las pérdidas, y que ha encontrado en el Estado un aliado más frecuente que un árbitro.
A lo largo de esta serie exploraremos quiénes son los grandes grupos económicos del país, cómo se formaron y cómo operan; qué dice la evidencia sobre el grado de concentración; cómo funciona el sistema fiscal y por qué tiende a cobrar más a quienes menos tienen; qué relación existe entre el poder económico y la captura institucional del Estado; y qué consecuencias tiene todo esto sobre el empleo, la salud, la educación y las posibilidades reales de movilidad social. Mañana, Publicación 2.